Escribo porque escribo; sí, levanto el relato.
De las tres formas que presenta Genette para definir la palabra relato, escribir lo que otro dice, reproducir; dos, el relato que designa a la sucesión de acontecimientos, reales o ficticios, que son objeto del discurso, y sus diversas relaciones de encadenamiento, oposición, de repetición; elijo quedarme con la tercera, la más antigua, que define al relato como un acontecimiento, no ya el que se cuenta sino el que consiste en que alguien cuente algo: el acto de narrar tomado en sí mismo; de esta tercera definición puedo afirmar: escribo mientras duerme Catalina, a media mañana, en el sillón, sobre mis piernas.
La gata despierta, muerde, araña; huraña araña. Tiene razón, a nadie agrada que, a media mañana de sábado, le interrumpan el sueño. Pero el relato ya desatado, voy por las 134 palabras, mañoso y pendenciero reclama su espacio, su tiempo. Su asiento. Y, en ese momento aparece el tercer elemento que reclama espacio en el texto, los zancudos.
Paul Auster decía que dos son los elementos que se requieren para escribir, tiempo y recursos para hacer la vida. La postura, en su tiempo, fue revolucionaria. Las sociedades, las capitales culturales del mundo sostenían que, muy siglo XVIII, lo único que requerían los escritores era conectar con la musa. Ya con la división del trabajo, luego de la Revolución Industrial, en las ciudades los escritores empezaron a exigir “salario”.
Escribir era un “trabajo”, dijeron. En algunos lugares levantaron sindicatos de escritores, periodistas. Sí, pero ¿quién paga por garabatos? Los señores editores sostenían que escribir era parte del ocio.
Hay modas que nunca llegan a Oaxaca, lo tengo claro. A Oaxaca llegué a trabajar en el periodismo en 1986, El Imparcial pagaba 5.00 pesos la colaboración. Por estos días que nos inunda el problema de la falta de comprensión lectora en alumnos que egresan de la primaria, recuerdo los días del siglo pasado. Cuando a uno le gustaba recorrer las bibliotecas de la ciudad o de las poblaciones urbanizadas y observar las pastas gastadas de tu propio libro.
El oaxaqueño lee, se podía afirmar en esos tiempos. ¿Qué nos pasó? Algo hicimos mal como ciudadanos, algo se hizo mal o se dejó de hacer como gobierno. Los hijos, las hijas de aquellas lectoras, lectores, ya no comprenden el lenguaje escrito -de alguna manera creo que somos menos seres humanos, perdimos facultades de nuestra especie.
¿Qué hacer? Los municipios de Oaxaca entramos a un callejón oscuro, hay acechanzas, las próximas autoridades no comprenderán ni lo que significa su nombre. Escribir es aplicar un tiempo, algunos recursos; comprender la lectura será una forma especial, personal, de construir nuestro tiempo. Tal vez ahora los jóvenes tengan otras habilidades. El mundo digital les aporta tiempo y espacio, inmediatez. Que se atiendan con su tiempo, es su derecho (yo intentaré arreglármelas con los restos de un tiempo mío).
Catalina está aplastada por mi espalda y se mueve, reacomoda, se mueve. Intenta liberar sus oprimidas caderas. Al sentir el movimiento de su pequeño cuerpo bajo mi espalda me siento, pongo el trasto de las palabras sobre el recogebrazos. Con la nueva posición nos liberamos todos, Catalina, el relato y yo. Pero no contamos con las negras intenciones de los zancudos la mañana de sábado, en los Valles Centrales.