Para Minerva Reyes
Al poeta, como a todo el mundo, le gusta caminar sobre cadáveres.
Como todo el mundo el poeta lleva los ojos puestos en el camino, con los oídos alertas a la mínima situación del peligro. Por eso llama su atención el canto de las aves, el paso de las sombras, la risa del arroyo.
El poeta, como todo el mundo, camina sobre territorios minados como lo hacen vagos y pendencieros, la gente que anda de noche (no es que el poeta diga atravesaré los campos sembrados de cadáveres, no, no. No. El poeta, como lo hace todo el mundo, se gana el sustento diario fuera de casa, sentado frente al escritorio).
Para llegar a su trabajo camina por calles limpias hasta llegar al bloque de oficinas donde deja, como todo mundo, el pellejo.
El poeta habita la ciudad antigua sembrada de cadáveres, donde los huesos para tomar color salen al balcón; se asoman por la tapa abierta de las alcantarillas, compran boletos para entrar al cine, conducen autos veloces o gritan fuerte tras el vidrio de las oficinas, mientras nadie los escucha.
En días claros el poeta logra, como todo el mundo llegar sano y salvo a su escritorio El poeta, como todo el mundo, muere por las extrañas palabras que vienen en los diccionarios, resbala por hondos precipicios, pierde la vida y renace frente a frases utilizadas por el mercado de la publicidad en campañas políticas.
El poeta, como todo el mundo, elige las frases breves compuestas por palabras opositoras que sostienen que lo breve es dos veces bueno (a condición de que se aplican a destiempo).
El poeta, como todo mundo, guarda largos periodos de silencio. En la infancia, una persona respetable le enseñó el por qué las personas deben hablar hasta el momento en que sean escuchadas.
Bien lo recuerda.
Los años de su adolescencia los pasó mudo, frente a una copa de mezcal de mezcal; meditabundo.
Para evitar preguntas sobre el silencio se tornó violento; al paso del tiempo, se quedó solo como un perro, con un montón de cosas qué decir dentro de su cabeza.
En los años de madurez supo que debía trabajar para ganarse el sustento. Las palabras que traía en su cabeza resultaron suficientes para instalar un pequeño comercio con los que tienen la obligación de expresarse, como gobernantes y legisladores, gente que carga el gusto por decir mentiras.
El poeta observó una amplia gama de posibilidades para trabajar con la gente mañosa. Las palabras aprendidas en el silencio de su adolescencia resultaron la inversión inicial, los mentirosos profesionales se sintieron dichosos y la situación terminó en buen negocio para el poeta; el trabajo del poeta producía frases honestas, oraciones sentidas, cargadas de verdad.
La pequeña empresa prosperó.