FERNANDO AMAYA*
Luz Cero y Miss Tiko sosteniendo un impermeable para que no se mojen tus tortas. Ellos mismos azuzando a los perros para que no den cuenta de tus tortas de forma inesperada. Después Miss Tiko sobre una bicicleta pregonando tortas y Luz Cero con un cesto por la playa vendiéndolas. Sería interesante, al final del día, saber quién vendió más y quién menos.
Más tarde todos juntos tomando cerveza artesanal en un negocio de la Cruz Pequeña… Ni pedo, yo pagando un quiñón de chela… y Miss Tiko pidiendo una más para la calor. Luz Cero como no tiene ni idea de la diplomacia, negándose a entregarte el varo de las tortas, aduciendo que estaban en mal estado y que mejor las fue a tirar en un contenedor ahí por Baja Mantenimiento. Miss Tiko entregándote cincuenta pesos porque en su cuenta esa fue toda tu ganancia, lo demás es el pago de su trabajo y el desgaste de su bicicleta. Tú, diciéndoles que está bien y convocándonos para el próximo fin de semana. Aduciendo que la ganancia va a ser para reponer mis quinientos varos; si no, con cincuenta y me adeudan cuatro cincuenta. Al final, estás mejor con Miss Tiko porque por lo menos te entrega cincuenta pesos que en tu ajetreada economía suenan como un apunte verosímil de una ganancia estratosférica. En cuanto a Luz Cero, lo peor de todo no es que sus cuentas sean igual a conjunto vacío, si no que haga menosprecio de tus habilidades culinarias, que tienen primero que ver con la calidad de los ingredientes y demás productos sin los cuales no habría tortas ni alboroto. Sólo un punto a favor de la lady, algo protuberante que asoma cuando se monta en la italika que la lleva hasta las Habillas y de ahí a Cerro Chino.
Después del caso de las tortas, Chevo Ríos tomó un atajo para llegar a su auto clase diaria de zangoloteo. Ropa ligera, tenis tirando a viejo y el pelo sin peinar por aquello de la proyección aeróbica de sus ejercicios. Nadie predijo que aquel baile de Chevo, con el tiempo, pasaría a ser un festejo territorial en donde se mostrarían otros bailes con sus propios ademanes y gesticulaciones. Menos pudieron predecir que la argucia dancística de Ríos fuera a dar a un lugar en donde las tortas y demás emplastos, son el pecado menor para un hambre no saciada. Chevo pasó de tortero a coreógrafo; Luz Cero de vendedora ambulante (en territorio) a ejecutante glamorosa de la danza de las tortas; Miss Tiko abandonó tal empresa y siguió de tortero por las calles vaporosas de un centro turístico antes en auge y ahora en decadencia.
Fue tu sueño, algún día, aparecer en la nómina de Baja (Mantenimiento), para portar un overol verde con su correspondiente casco. Al no ver cumplido ese sueño, optaste por tu negocio de tortas y por el baile como arte de apertura y concomitancia. Pero nadie impidió que, en el acceso a la zona de la empresa referida, socorrido por tu bicicleta, llegaras a ese pulimento diario de los pasos que, una centuria después, harían el deleite de pocos y extraños con la imitación de tu coreografía, tu vendedora de tortas, repartidor en bicicleta, y tú mismo ataviado con ínclitos ropajes extraídos de la memoria furtiva a la que los estoicos llaman cultura.
Y bien, nunca te llegaste a enterar que toda la invención de remedos coreográficos, vinieran de donde vinieran, tuvieron que ver con tu “baile de las tortas”, al que también tus amigos le llamaron “de las tortugas”, o “de las chabolas”, por el parecido que tienen con los cobertizos machihembrados en donde concilian vigilias y sueños los protagonistas de la Guelatzaga, honrosa butifarra útil para sobaquearse entre turistas y oriundos. Espero no te complique la vida esta nota pésima; y recuerda que, si no cae ni para los chicharrines, tenemos la opción de ir a reclinarnos ante el Santísimo o de sobarle la panza al Buda playero que tenemos por vecino.
*Fernando Amaya es poeta, narrador y cantautor originario de la costa oaxaqueña.