DONALDO BORJA*
Arthur Rimbaud, el Poeta Maldito, en Una temporada en el infierno, cierra aquel poema, con una frase que pareciera de forma irónica la vida de un maestro, a su letra dice: “Vayan para ti, a quien tanto le gusta que el escritor no tenga facultades descriptivas o instructivas, estas pocas y repugnantes hojas de mi cuaderno de condenado”. Y ¿Qué posible relación habría entre Rimbaud y aquellos que se dedican a la educación? La respuesta se revienta por sí sola: la labor educativa se convierte en una “Temporada en el infierno.”
De Dante al Salón de Clases
Casi al despuntar el alba, sin más maquillaje que las ojeras de la noche, el cuerpo lastimoso de aquel que cuida a un puñado de niños, en ocasiones adolescentes y si se apuran, a algunos que entran en la juventud —olvidándose, en ocasiones, de los suyos— se levanta de las manos de Morfeo y se precipita a preparar casi a infortunios, unas cuantas cosas para aguantar una jornada sin Virgilio en las zonas más dantescas de la misma humanidad. Hoy, quizá la fiebre febril del desempleo o las angustias terribles de la mediocridad burocratizada, llevan a romantizar una profesión casi equiparada al peligro de ser periodista o cura.
En el salón de clases suceden múltiples cosas, desde aquellos alumnos cuya atención de los padres es casi nula hasta las ideas de muerte impulsadas por abusos sexuales, acoso o simple deseo, llevado por la separación de los tutores. Ante esa escena casi infernal, el docente, escuálido de espíritu, infusionado con ideas “positivas” se arroja a un mundo de lastimados, casi paralíticos y si se presta el concepto: discapacitados del alma. Pero, ¿Qué podrá hacer aquel que ni su alma repara? ¿Aquel cuyas tareas laborales rebasan a las mismas instituciones? ¿Qué puede hacer aquel cuyos derechos, ahora, se han visto casi lastimados, como sus alumnos, por aquellos que deberían protegerlos? Y no está demás. Hay docentes que salen a las calles a protestar, a gritar, y ocasionar disturbios que se convierten en un desgaste simbólico de aquellas luchas de los años 70, 80 y 90, y que ahora, se presta para memes y risas. ¡Ah! Los maestros se han convertido en los leones domados de un sistema que cada día los agobia más.
Dante, caminaba por el infierno dirigido por Virgilio. Pasaban los niveles y los atroces castigos eran sumamente fuertes que penetraban en el alma del poeta florentino. El salón de clases, ya no protege. Es la tierra de nadie, donde el abuso se acalla, y las ilusiones de juventud, de los que pretenden enseñar se agobia y termina en el consumo de su persona por el sistema burocrático que los arroja al cansancio y el tedio, figurado en una frase como: “hagan la actividad de la página 20 a la 70”.
Los dos bloques
Al finalizar la Segunda Mundial, el mundo quedaba enclavado en dos bloques: el capitalismo y el comunismo. En el plano de la docencia, se pueden distinguir dos bloques casi de hormigón: los maestros de escuela pública y los de escuela privada. En términos simples, el mejor “pagado” es de las escuelas públicas, mientras que el de las privadas, se conforma en ocasiones con sus 80 pesos que vale su conocimiento. Si le va bien, le pagan un alto salario, pero la demanda laboral rebasa, en ocasiones, sus fuerzas.
Dentro de los bloques en pugna están en un bando los padres de familia: los que apoyan y reconocen la labor docente, y la que sin más ideas que las de vomitar palabras frente a un alumnado, con mano en la cintura, critican a los maestros. ¡Claro! Muchos maestros, dejan mucho que desear. Pero, entre todo esto. El peligro que se ocasiona es la gran justificación de las faltas de respeto, de la irresponsabilidad y, sobre todo, el ejemplo moral que los alumnos reciben de sus padres. Aquí caben esas frases llenas de nostalgia: “En mis tiempos todo era diferente”, “si le contestabas al maestro, te daba un coscorrón”, hoy, te echan a la fiscalía y a derechos humanos, aunque sea para espantar.
En una educación tan desvalorada, ser docente es una tarea de aquellos que, sometidos a los malos tratos y a las malas pagas, se intentan asumir como un faro en medio de las tinieblas. Ser maestro no es jugar a la escuelita, es educar y sacar lo mejor de cada alumno para la vida. Dice el Evangelio de Mateo, que por sus frutos los conocerán. Dime quién te educó y te diré cómo andas.
Donaldo Borja estudió la licenciatura en Filosofía en el Instituto de Estudios Superiores Tomás de Aquino (IESTA) y actualmente estudia la Licenciatura en Historia en la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ). Ha publicado cuentos, ensayos y artículos. Ha traducido algunos poemas del poeta Óscar Oliva del español al latín. Ha participado en el programa colectivo Carruaje de Pájaros en la radio de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH) de 2016-2018. Fue coordinador de la prensa escrita en el Centro Internacional de Prensa (CIP), durante la visita del Papa Francisco a México 2016. Creador y director del programa de Radio y Podcast Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO). Ha sido profesor los niveles básico, media superior y superior.