FERNANDO AMAYA*
Por donde le busque, aquí todos somos García. Desde el más guapo hasta el más feo; desde el más pobre hasta el más rico. García hasta el que más; el loco y el juicioso; el torpe y el ligero. Así busque usted todos los pros y los contras en semblantes y actitudes, pero todos somos García aunque nadie lleve ese apellido.
Pero todos somos García, sospecho que hasta los acahuales y las parotas, los estorninos y las pichuacas, son García. García con ge mayúscula, indicaba la tía Prudencia quien, a despecho de los demás, llevaba el apellido dobleteado como la palabra yoyo o el nombre de un famoso cantante nunca pasado de moda.
Proviene de Garcí, nombre medieval prácticamente borrado hasta de los buscadores que actualmente se usan para hallar lo impensable. Entonces, es el único apellido que vale por sí, sin afiliarse a un patrón obligado para ser patronímico o por lo menos topónimo. En mi solar todos somos García, aunque prevalezca el López, otro patronímico sin patrón que corre descalzo por las arenas del idioma de Lope y Garcí.
Es común en nuestros ranchos y aldeas tomar el apellido por nombre; por eso entre Lopez y Garcías te verás tarde que temprano, y hasta frente a la sorpresa de un Smith o de un Davis, por equívoco o por el simple gusto de llamarse así. Incluso a nombres inverosímiles como Anivrev, impuesto a un chicuelo al que se le ocurrió nacer precisamente el 20 de noviembre en un pueblo de la Costa, o al impopular Hitler, asentado en el acta de una simpática y apreciable dama de una villa del Istmo.
En cuanto a la heráldica de estos nombres, dos lobos en el emblema de López nos hacen saber que el apellido en mención deriva de lupus que es lobo en latín; la correspondencia es justa ahí; no así en García, donde debería aparecer un oso (como en el Björn de los daneses), pero aparece una garza, como si esta fuera el origen del nombre, aun cuando no se tratara de la divina; o del garzón, que a la vez se confunde con mocetón o efebo.
Heráldicas aparte, estos apellidos son ilustres por acompañar nombres notables a lo largo de la historia de la literatura, desde su principio hasta su actualidad. Empecemos por mencionar a Lope de Vega, El Fénix de los ingenios; enseguida a López Portillo y Rojas, autor de la insuperable novela realista La Parcela. Con respecto al otro apelativo, quizá podamos resumir con el autor de Cien años de soledad su cualidad de apellido bienhadado, dejando ahí la mención para no incluir a otros personajes que nada tienen que ver con la literatura y quizá muy poco con distinciones y lauros.
Cuando hablo del pueblo al cual pertenezco, me refiero a Oaxaca, a todas sus regiones culturales y geográficas. No les quepa duda, en este pueblo incomparable y único todos somos familia; pues estamos ligados a un patrón genético común.
Desde la segunda mitad del siglo diecinueve, empezó la emigración de nuestras familias desde las haciendas y fundos de los valles centrales; las razones, la emancipación que trajeron consigo la Independencia, la Reforma y la Revolución; obvio, con sus consecuencias funestas unas, pero halagüeñas otras. Por una parte, huir de las hambrunas y las epidemias; por otra, contar con la libertad para ir en busca del sustento, la propiedad y su cobijo. Ese vaivén migratorio que no cesa y sigue alimentando la heredad de quienes somos su motivo y consecuencia. Sin lugar a dudas, existe, en menor o mayor medida, rechazo a la idea antes expuesta, pues los seres humanos nos congratulamos más con nuestra pertenencia al lugar en donde nos descubrimos muy vivos y ya hechos, que a la probabilidad o certeza de un origen que se nos antoja lejano y sin importancia. En mi caso, prefiero que nos veamos, los oaxaqueños, sino como hermanos, al menos como parientes que se aprecian y respetan; pues no tiene beneficio alguno heredar inquinas y rechazos a quienes nos sucederán una vez que nuestro ciclo de vida quede cerrado.
Sé de cierto que provengo de los García por el lado paterno, pues mis bisabuelas Fermina y Canuta lo llevaban como primer apellido; así, mis abuelos paternos lo llevaron como segundo apellido: Alberto Luis García e Ignacia Altamirano García; ellos de San Juan Lachigalla y de San Esteban Amatlán que se asentaron en El Rincón Ejutla, de donde provienen todos los Altamirano habidos y por haber en el planeta Oaxaca. En cuanto a los López, por argumento de mi madre, supe que somos consanguíneos, sin saber donde empieza y donde termina tal consanguineidad pues, antiguamente, los nuestros eran muy dados a cambiarse de apellido por causas hasta pueriles, como el hecho de no ser objeto de burla si tal apellido derivaba en apodo casual. Por el lado de mi madre si sé que emparento con los Díaz, los Jiménez y los Gómez, pues tales apellidos vienen consignados en las actas de nacimiento de mis abuelos maternos, con todas sus letras asonantes y consonantes. Por lo demás, algún oficial civil nos cambió el Luis por el Ruiz, por considerar que más que apellido es nombre. Para con los Luis y Altamirano, ya he escrito más de una égloga; aún me falta el apunte de honor para Pedro Amaya Díaz, mi abuelo materno quien, como miembro de la Defensa Agraria de su pueblo, fue ultimado por la mano cobarde de un achichincle al servicio del cacique de turno, figura lamentable que tal parece, no deja de aparecer en la vida social y política de nuestro terruño querido. Habría que recordarles a estos nefastos mandones, que somos familia en Oaxaca, que sentimos cada pérdida humana pues en ese hecho también se derrama nuestra sangre.
Termino esto con la exclamación que profirió mi tío abuelo Jacinto Luis, después del consabido silbido, cuando lo subieron a ver Oaxaca desde el cerro del fortín: ¡Que lo gran parió tú, pinche, sí que es grande mi pueblo!
*Fernando Amaya es poeta, cantautor y compositor oaxaqueño.