FERNANDO AMAYA*
La Reina de Saba se despertó esa mañana con un gusto agridulce en los labios, pues se había soñado poseída por el rubio vengador de Itaca. El hijo de David roncaba despatarrado en una estera contigua pues no alcanzó a treparse en el lecho nupcial después de haberse atorado, esa noche, todo el vino que le fue posible.
Humanos, falibles, vulgares, nuestros personajes ostentaban el poder como en un disturbio de prebendas desbocadas, no obstante, el discurso de probidad y esmero volcado lo mismo en las arenas que en los tabernáculos. Fiados tal vez de la voluntad de un Dios inasible, sus vidas magnánimas fluían en un estercolero de afanes malquistados y de ficciones ímprobas y sospechosas.
La de Saba rogaba al Cristo de sus conjeturas volver a encontrarse con aquel rubio histórico, malhadado y homicida que, en el dos mil seis de otra era, bañó de sangre las landas y dehesas de su pueblo atávico.
Empero, el hijo de David había diseñado una estrategia, factible pero discreta, para evitar que su consorte dolosa se le escapara (en el tiempo) a hacer de las suyas, alentando el furor de su cuerpo y la obsesión de su alma con otros varones distintos al que la letra de un contrato le había destinado.
A diferencia de Mesalina que decretó el foso urbano de la ciudad como sitio de antros y lupanares, nuestra reina sombría hizo de cada vivienda un lugar de desfogue y deleite a donde ella concurría buscando en cada rincón los brazos del domador de caballos, las piernas espaciosas y graves del vencedor del león de Nemea y, sobre todo, la virilidad apabullante del vecino de Itaca, vencedor de todas las batallas absurdas y denigrantes.
Y el hijo de David ya con la vida entrada en años, rumiando su desdicha en los rosedales, en las albuferas, en los capitolios y hasta en las banquetas, bebiendo horchata de uva machacada, ya resignado a ser reivindicado dos siglos después por una mente de gran inventiva que lo pasó de ser un gusarapo mantecoso a rey de reyes, emperador de emperadores, y toda la felonía que un chismoso es capaz de inventar.
Lo que siempre le ocultaron al hijo de David, y si lo supo lo pasó por alto, es que la famosa reina de sus desmanes no era la proclamada emperatriz del mediodía, sino una simple barbajana oriunda del puerto de Umbría, en donde su padre, el más oscuro mercader de hachís y opio, comerciaba con los beréberes que los traían de más al sur, en donde la vida se depreciaba para que su hetaira preferida asumiera el papel de jueza despiadada y sayona sanguinaria. Aparte, le ocultaron que era una componenda de atractiva fémina, porque sus encantos se debían más a la superposición de planchetas de caucho ahí donde se advertía la necesidad. Cuando lo descubrió no le quedó más que asumir toda la mentira pues en su papel de rey no podía admitir que se había dejado engañar.
El superviviente de las sirenas obligaba, cada vez que le venía el deseo, a los tripulantes de la nave invicta a descender por todo el Tirreno, a fin de encontrarse con la lasciva falsa reina, y consumar la unción carnal con las desproporciones que el caso ameritaba. En un arrebato de locura, se llevó las chuletas de la odalisca en mención, y tuvo que comisionar al imbatible Áyax a restituir las prendas, antes que el suicidio hiciera presa de él por otros motivos.
El hijo de David enloqueció de poder frente al exabrupto, y mandó a desterrar finalmente a la impostora. Con la ausencia de la azarosa connivente, el celebrado autor de uno de los cantos de amor inmarcesibles vivió asido a la derrota como lo hacen los mortales comunes, los que no figuran en historias ni leyendas ex profeso. De la mundana y heteróclita criatura no se volvió a saber más; hay quienes aseguran haberla visto bajar hacia el hades de la perdición infinita, clamando por su inolvidable doncel de placeres, ataviada con la desnudez de los antros y lupanares que insistió en reivindicar como lugares de consuelo sacro. En los tiempos venideros será borrada hasta de la bitácora de los impíos, por sus actos de francachela y carnestolenda en donde no limitó sus abusos y veleidades. Era el fin.
*Fernando Amaya es poeta, cantautor y narrador originario de la costa oaxaqueña.