La arqueología constituye
la única vía de acceso al presente.
GIORGIO AGAMBEN|
Creación y anarquíaLa obra en la época de la religión capitalista
Si, cierto es. Utilizo como seudónimo el nombre de mis amigos y maestros a la hora cierta del hipérbaton. Sin salir de casa, hago uso de criminales y madrugadas para otorgar un toque de realismo a mis narraciones.
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¿No existe suficiente mal en mis entrañas? La maldad en la báscula nunca arroja cifras exactas. Escribo de mi escritura. Tengo el talento del ciudadano común, no se requiere más para mirar el viento. Pero, ya lo dijo el sabio Ramón y Cajal, toda ciencia sólo requiere del talento medio porque se hace para los hombres y no para los Dioses.
Afilo la espada con el roce de otros filos. Me pregunto su se adquieren o no certezas por contagio. ¿A qué contradecir lo que se indica el camino? Firmo mis escritos con las iniciales de mis amigos que ya cuentan con algo de fama. S. Secreto, por ejemplo.
¿Por qué habría de saberse la calidad literaria de alguna página por el nombre del autor? Todos queremos ser Dante, pero nunca llegar a pasar por el infierno.
S. Secreto. Interrumpen mis pensamientos los zancudos. Así es esto de los esfuerzos del solo entre las cosas mínimas. No soy el mismo de ayer. Sin embargo, ayer fui capaz de concluir mi idea, expresarla. Que no sea hoy el mismo no quiere decir que el esfuerzo realizado ayer lo arroje al cesto de la basura.
Plagio me plagio, yo soy otro. Si, cierto es. Uno debiera presentar los escritos con nombre propio. Mientras escribo estos ataques a mí mismo me lleno de todo tipo de gases. Hacedías. Porfirio Díaz. Acedo. Toda digestión resulta un acervo, una acumulación del pasado. Principalmente la lectura.
El pasado se descompone con el tiempo, ventosea. Ya lo hizo Palinuro de México, el hombre tuvo como anhelo el ser máquina para no ser atacado por zancudos y sentimientos, el final. Iniciemos la combustión interna levantando las piernas y acercando el mechero. El producto será una gran flama de colores.
Llegaremos a la noche del Juico Final iluminados por las flamas que brotan de nuestro culo.
Toda confesión es un relato. Hagamos el relato, iluminados por la combustión del gas butano que se acumulan en nuestras tripas. Los juicios realizados en la oscuridad carecen de sustento. Hagamos del culo un mechero.
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Si, cierto es. Soy un bueno para nada. En la adolescencia me preguntó mi madre qué quería ser en la vida. Por salir del paso, por tener una respuesta, dije: escritor. ¿Con qué herramienta trabaja el escritor?, preguntó mi madre. Yo, adolescente y mostrenco, muy moderno respondí: con una máquina de escribir.
Al día siguiente en la mesa junto al desayunó amaneció una blanca máquina de escribir portátil. Si, cierto es. Lo que más me gusta en esta vida es andar por ahí abriendo la boca, sin rumbo, sin hora. Si, cierto es.
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Mi madre, indígena analfabeta me enseñó el amor a los libros.
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Para sostener la primera mentira, aquella de que yo quería ser escritor, leía a todas horas, en todas partes; mucho.
En la familia me preguntaban cosas, sobre todas las cosas: el tiempo, la compostura de la radio portátil, política, economía, la producción por hectárea del maíz sembrado en secas. Para todo cargaba yo respuesta, las respuestas.
Porque nunca se conformaban con una sola. Ahora escribo con un lápiz encontrado en el patio, lo desenterré y afilé su punta. En mi cabeza permanece la blanca máquina portátil que compró mi madre para enderezar mi vida. De noche, cuando no puedo dormir, escribo en mi cabeza hojas y hojas, un muy largo texto de manera imaginaria.
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En la adolescencia, para que nadie descubriera la mentira, memoricé el teclado de la máquina portátil. La disposición de las letras. Ante los ojos azorados de mi madre realizaba veloz la escritura. Desde la adolescencia tuve conciencia de las cosas, escribir me protegía. Sabía que mi madre pediría que leyera lo que había escrito. Lo hacía, ella sumaba sus comentarios a lo que yo imaginaba en el momento. Y yo leía, inventaba, sacaba historias y narraciones de aquella máquina portátil.
Y así cobré habilidad.
Si, cierto es.
“Pecar y hacer penitencia, y vuelta a empezar”.