FERNANDO AMAYA*
Le prometí a Selene subir a su pueblo a llevarle serenata. Tenía que ser algo muy especial, nada más por el hecho de ser. La admiración y el aprecio no se resumen en costos o en saldos a favor o en contra. Pero, en mi partida de brisca con Parra, ocurrieron hechos que sólo tienen cupo en la cabeza de un demiurgo de los ofrecimientos y los halagos.
Me habló primero de un elefante; más, durante un tiempo considerable, hicimos nuestros cálculos y los costos de renta de un paquidermo nos iba a dejar insolventes ya de por vida, para estos tiempos en que se hacen urgentes el agua de coco y las tortillas de maíz pizcado en su tránsito de elote a mazorca.
¿Un camello? Nos lo imaginamos y pasamos momentos de feliz asombro yendo en la búsqueda de el tal camello hasta ese territorio ajeno y distante de Los Cabos. Checamos primero el costo, supe que me alcanzaba muy bien con una mensualidad, aunque me la pasara a puro fideo y salpicón en los días siguientes. Desde esa certeza, empezamos a calcular los costos del permiso para mover a esa especie de caballo gigante y lomudo a estos territorios de surf y pesca deportiva.
-Va a llamar tanto la atención -me comentó Parra, -que hasta vamos a estropearle a los surfers y a los picudos sus fiestas en octubre.
El comentario no causó ningún efecto en mí, y ya me hacía fletando una transportadora para bajar a nuestro espécimen del desierto en la zona de Zicatela, mínimo. El plan estaba funcionado a la perfección con un solo detalle, el tramo de La Paz a Mazatlán se tuvo que hacer en ferry, con la consecuente escena peliculesca de contar con una bestia simpática a bordo, a la que incluso se le dotó de un nombre para la compra de su pasaje. En las prisas por registrarlo le pusimos Drome, pues nunca resolvimos la diferencia que hay entre un camello y un dromedario; a pesar de saber que el primero posee dos jorobas y el segundo una sola. En fin, Drome poseía la zona hendida en la que nuestro mariachi idóneo se montaría para cumplir con su cometido.
Por supuesto que pensamos en un caballo para resolver nuestra urgencia de transporte; pero, tanto Parra como el que escribe este informe, llegamos a la conclusión que un caballo en la zona carecía de atractivo, pues ya había tantos caballos como peces en el mar. Con todo, no pierdan de vista al equino, porque en la composición final de nuestro relato volverá a aparecer no sólo como elemento decorativo. Es más, elefante, camello y caballo asoman en el finiquito de una serenata con mariachi, flores y fanfarrias.
Intentamos emparejar nuestras ideas para decidir sobre qué montura iría Parra al pueblo de Selene para, de mi parte, ofrecerle serenata. Estuvimos valorando con respecto al medio de transporte adecuado por su perfil de afromestizo extrovertido, capaz de encapillarse su saco con detalles vistosos y su sombrero copudo y de ala extensa. Lo ideal hubiera sido el elefante; sino el camello, por lo menos un caballo árabe pura sangre.
Nunca supimos cómo es que llegaron las tres monturas al pueblo aludido; el caso es que, en el acceso ya estaban disponibles y listas para facilitarnos el servicio. Optamos por el camello, por vistoso y porque su rareza iba a sentar un precedente en los usos del área en acciones para tal fin. Aunque este no es el final de esta historia, debo referirme a que llegamos al lugar de nuestro cometido con el auxilio, por supuesto, de un GPS, llevando una bocina guindada de uno de los lomos del camello, para cubrir el requisito del sonido que debería acompañar el canto de nuestro ejecutor de mañanitas.
Como en todo hecho guiado por el entusiasmo y la voluntad, al parecer le atinamos al lugar buscado; entonces, las mañanitas, las flores y los halagos se ofrecieron ahí. De los medios para el transporte, no supimos dónde quedaron, o si los dueños legítimos los recuperaron, para petrificarse en aquella planicie entre cerros, como patronos confiables y seguros. Tal vez la misma Selene nos pueda contar si sabe de ellos; haríamos con Parra nuestra ofrenda para agradecerles su beatitud, su protección y su compromiso.
*Fernando Amaya es cantautor, narrador y poeta originario de a costa oaxaqueña.