ARACELI MANCILLA ZAYAS
El territorio alguna vez contemplado, deja huella. Recorrido con atención, se cumplen los hallazgos. Quien observa se aventura. Sus decisiones cambian lo que mira. Lo visto se compacta en una selección intransferible, hasta que llega el momento de mostrarla. Es largo el camino de mirar para codificar, almacenar y, finalmente, recuperar lo recibido. En Memorias del paisaje García Agustín lleva a cabo este itinerario a ras de suelo. Desde ahí, lo que fija el recuerdo se vincula con el agua, el aire, el fuego y la tierra, elementos que conforman el mundo desde una visión alquímica. Entre terreno y cielo transita lo
distinguido por la memoria. En el camino, los dibujos al grafito y las pinturas al óleo de este conjunto de obras no son representaciones literales ni describen únicamente lo visto. Ha operado un proceso de transfiguración que integra el universo vegetal, a los insectos y animales presentidos, con el cosmos. La perspectiva del artista no se detiene en montañas y lontananza. Dejando a un lado la línea del horizonte, su dictado es el acercamiento; lo que está a la mano; el encuentro directo con la hierba y las biznagas que brotan, como senos, de la tierra. Nopales y magueyes hacen comunidad entre árboles de guaje y pochotes suspendidos en el aire. El campo alberga semillas que se agrandan en la superficie. Aves refugiadas en la floresta se reconocen entre lo micro y lo macro. Ceiba y agave son constelaciones del firmamento. Surge una nopalera submarina. Lo escondido se anima y emerge en colores vibrantes, rotundos. O se muestra con la sensualidad del blanco y negro. De pronto irrumpen formas en la línea sutil de ciertos dibujos del Lejano Oriente. El naturalista, más que el botánico que hay en el creador, no se contenta con el trazo de lo inmediato, indaga también en sus intersticios: en cualquier instante una palma se convertirá en arácnido; las frágiles plantas, a punto de ser arrasadas por el calor, transmutarán en insectos voladores al sacudir el viento flores y hojas. Una voluntad de mutación y mimetismo caracteriza estas piezas. Entre óleo y grafito, el entorno incita a imaginar lugares, situaciones. Como una memoria que se revela para sugerir otra, presta a descubrirse.
Texto de sala de la poeta Araceli Mancilla sobre la exposición «Memorias del paisaje» del maestro García Agustín.