Bajo la sombra de un árbol
Y al compás de mi guitarra
Canto alegre este huapango
Porque la vida se acaba
Y quiero morir cantando
Como muere la cigarra
Raymundo Pérez Soto
– ¡Traigo una lumbalgia tremenda!
La voz de Silvia María se escucha fuerte y clara a través del teléfono, como si no estuviera pasando por ese dolorosísimo trance donde el cuerpo parece quebrarse en cada movimiento.
– La doctora ya me inyectó algo para calmar el dolor. Mañana canto en Puerto Escondido. No puedo faltar.
– Si no tienes inconveniente, te busco mañana en Puerto Escondido, quiero conversar contigo para el libro Talento femenino oaxaqueño.
– Ay amiga, muchas gracias. Nos comunicamos mañana.
– Creo que Puerto Escondido es el lugar idóneo para conversar. Una vez me dijiste que la mitad de tu corazón está en la costa oaxaqueña.
– Es cierto amiga, allá trabajé once años. Es cierto, la mitad de mi corazón está en la Costa.
Con más de ocho décadas de vida, más de sesenta dedicadas al canto, Silvia María es considerada “La Voz de Oaxaca». En cada uno de sus conciertos contagia la vitalidad y entusiasmo que le acompañan en otras tantas tareas que realiza como promotora cultural.
Tras realizar la prueba de sonido, tres horas antes de su concierto en la explanada de la Universidad del Mar en Puerto Escondido, se dirige al comedor “La Juquileña”. Le acompañan Carlos, su sobrino y representante; el espléndido guitarrista y cantautor Héctor Díaz, y el chofer que le asignaron sus anfitriones, autoridades universitarias.
Una vez leí, de su amigo y colega Fernando Amaya, que “uno no se puede imaginar a Silvia María sin el desasosiego que siempre la ha caracterizado. Quienes la apreciamos no le queremos de otra forma, porque sería pedir que las aguas inquietas de un río no corrieran con el ahínco con que discurren en su largo camino hacia el mar”.
Ahora que la acompaño, previo a su concierto, percibo esa personalidad inquieta, nerviosa, que manifiesta casi en todo momento. Ansiosa, pide que nos apuremos a comer. Mientras ordenamos, hace un repaso en voz alta del atuendo que portará; de su peinado, esas dos trenzas perfectas que la identifican; los zapatos, el repertorio, su guitarra, el escenario, el público, el calor, sus acompañantes, las luces, sus anfitriones. Además, platica algunos pasajes de su vida desde los cinco años, cuando su abuela le enseñó a tocar la guitarra, y recuerda cómo fue su primer y único encuentro con el compositor Álvaro Carrillo, siendo ella una adolescente.
Sin más dilaciones, Silvia María ordena frijoles fritos con tasajo asado y agua de jamaica, que al parecer es el platillo que lleva menos tiempo preparar.
– Pide, pide tú también porque tenemos el tiempo encima –me urge.
Yo me engullo una empanada de amarillo, un molito delicioso elaborado con chile guajillo. Al lado de nuestra mesa, un negro interpreta una cumbia con una armónica y un güiro.
– Platícame, ¿Cómo está el dolor de tu espalda?
– Ayer, a las once de la noche, me inyectó la doctora y me dijo: el efecto le va a durar de 24 a 48 horas para que pueda caminar. La doctora piensa que el origen de la lumbalgia puede ser el estrés.
– ¿Cómo te sientes ahora, lista para el concierto? –le pregunto observándola cómo apura el tasajo.
– Todo perfecto. No puedo comer mucho porque voy a cantar y no me puedo arriesgar a que me venga un eructo.
– ¿Qué horas son? –le consulta a Carlos, su sobrino.
– Ten calma, el concierto empezará a las cinco, a esa hora abrirá Fernando Amaya, unos 25 minutos tal vez, y luego vas tú. Tenemos tiempo suficiente –le responde Carlos en un esfuerzo por serenarla.
– ¡Ay! Estoy arrepentida del vestido que traje, me va a dar un calorón. Traje un vestido muy bonito, teñido con caracol púrpura, pero voy a sudar mucho.
De retorno a la Universidad, donde es la huésped de honor este 7 de diciembre, Silvia María se dirige a su habitación para tomar una ducha y salir hacia el escenario a mostrar las credenciales que la respaldan como una indiscutible embajadora de la música mexicana.
Los rayos del sol calientan las 200 sillas dispuestas para el público y el escenario. Vuelan los zanates de una palmera a otra. Se siente un calor abrasador. Todo está listo para el concierto que dará inicio en cuanto el sol empiece a descender en el horizonte.
Abre Fernando Amaya. Sus letras suenan amables, cordiales, directas, propiciando una atmósfera parecida a de una tertulia entre amigos. Cierra con una chilena de su autoría y el público lo despide con fuertes aplausos.
Sube Silvia María al escenario donde la guitarra espera con ansias a su ejecutante. Carlos le ayuda a escalar los peldaños de madera, sus tacones resuenan, toma la guitarra, la abraza, saluda con una caravana al público y se acomoda en su silla. Envuelta en un vestido púrpura, teñido con tinta del caracol que anida en los riscos de la costa oaxaqueña, Silvia porta además una hermosa sonrisa. A su derecha se encuentra el guitarrista y cantautor Héctor Díaz, su fiel acompañante por muchos años.
La trayectoria musical de Silvia María, que se ha extendido por Europa, Suramérica y los Estados Unidos, en ese orden, ha transcurrido emparejada con su trabajo en el servicio público, en el ámbito cultural. De 1987 a la fecha, ha desempeñado varios cargos dentro de la Dirección General de Culturas Populares. Once años laboró en Puerto Escondido. Está a punto de jubilarse.
Pero de la música, de esa no se retira. Silvia María hace honor a una de sus mejores interpretaciones, la del huapango “La cigarra” de Raymundo Pérez Soto. Ella dice que quiere morir cantando, como mueren las cigarras.
Puerto Escondido, Oax. diciembre de 2025.
*Este texto forma parte del libro en proceso «Talento Femenino Oaxaqueño, crónicas personales de 10 artistas «, que cuenta con el apoyo del Sistema de Apoyo a la Creación y Proyectos Culturales de ña Secretaría de Cultura #¨PECDA2025