DONALDO BORJA*
De pronto… “apareció la luna suspendida entre las nubes y nos inundó con su claridad plateada de forma tan repentina e intensa que nos sentimos perturbadas” … Dirá, Sofía Kovalévskaya, al final de Memorias de Juventud, donde narra el retorno a Vítebsk después de un período en el frío Petersburgo. Aquel carruaje tirado por caballos, rompiendo la tempestad del invierno, abrirá un nuevo panorama, a la pequeña cuyo nombre se inmortalizará en el Teorema de Cuachy-Kovalévskaya.
Los viajes como una necesidad imperiosa en los seres humanos, se han tornado obligatorios para la subsistencia. Desde la aparición de los primeros seres vivos en la tierra —hace millones de años—, el movimiento ha representado la pervivencia de una especie en relación a otra. La salida de la Eva mitocondrial de África —presupuesto de la humana moderna hembra del género homo sapiens—, lanzó a ese nuevo género hacía una ruta novedosa que terminó con el poblamiento de todo el globo. Los viajes son movimiento puro que transforman, incluso acercándonos a la muerte.
Existe una historia, parte de la hagiografía de Santo Tomás de Aquino, que menciona que camino al Concilio de Lyon, en el año de 1274, el santo viajaba en el lomo de un buey, y al pasar por un área boscosa, una rama golpeó la cabeza de Tomás. Días después, murió. Más aún, existe una creencia sobre el patrono de los transportistas: San Cristóbal. El arte se ha encargado de pintar a este santo como un peregrino, con bastón en mano, alforja y en hombros a un niño que es Jesús. Cabe —como simple mención a la letanía de los viajes— invocar a San Judas Tadeo, Santa María del Buen Camino o al Apóstol Santiago, para proteger a quien emprende una salida o un peregrinaje.
La importancia de los viajes, en la historia de nuestro estado, siempre fue una prioridad. Desde la aparición de los trenes de carga y pasajeros, hoy recuperados por la actual administración —y nada excepto de accidentes mortales. Entre los medios de transporte, fuera de los llamados “urbanos” —los cuales han causado la muerte de múltiples ciudadanos—, los siguientes en la lista negra y que ponen a prueba la intercesión de los santos protectores son: los “taxis foráneos”.
Entre la actitud déspota —reflejo de la educación familiar y decisión personal—también, es posible percibir la poca educación vial de quienes por ganarse unos pesos más, elevan tarifas, rebasan los límites de velocidad, compiten entre ellos, ofertan un servicio deplorable en unidades que casi se van cayendo a pedazos, ocasionan accidentes mortales e infestan las calles y carreteras de una multiplicidad de autos que reflejan a un enjambre embravecido. Y si bien, no son todos los taxis foráneos quienes tienen dicho sambenito, si se ven afectados los buenos choferes.
Entre la impunidad de un gobierno que no resuelve un simple problema por ¿los sindicatos? Han sido los usuarios quienes han pagado al coste, incluso con su vida y lágrimas, la falta de regularización de las unidades oficializadas y de los que se presentan como “piratas”. Cabe recordar el accidente del pasado 19 de enero de 2026, donde una unidad de los taxis foráneos de San Pablo Huixtepec, por la imprudencia y la alta velocidad se terminó saliendo de la carretera en las inmediaciones de Zimatlán de Álvarez, dejando un saldo de dos personas fallecidas y otros heridos. Y si se retoman otros accidentes de la misma índole, saldrán en embestida poniendo en entre dicho el servicio que ofrecen con destino a la muerte.
Del mismo modo, los transportes foráneos que van rumbo a Etla, se ven en la misma situación. Choferes cuyo fin es llegar lo más pronto posible. Cabe señalar a modo de anécdota la ocasión en la que tomé uno de estos taxis con ruta Etla-Central de Abastos, donde el chofer, una persona de la tercera edad, manejaba de manera frenética e imprudente. Sabemos que caminamos hacía la muerte, pero, algunos tenemos, todavía, el anhelo de vivir. En repetidas ocasiones se le dijo que bajará la velocidad, a lo cual contestaba que nos podíamos bajar si queríamos. No solo manejaba con el exceso ya mencionado, sino que contestaba su celular muy al estilo de la asistente de Miranda Priestly del Diablo viste a la moda. Llegando casi al crucero de Brenamiel-San Jacinto Amilpas, por poco se impacta con un automóvil particular, lo que llevó hacer caso al consejo del conductor: bajarnos. Quizá, esto haya pasado a más de alguno.
El deseo de viajar o de transportarse de un lugar a otro, no se equipara con el deseo de morir. En ocasiones, el transporte público es causante de muchas desgracias que terminan con pérdidas familiares. En otras más, son causa de disgustos por la mala atención de quienes conducen las unidades. ¿Culpa de quién es? ¿De los usuarios por subirse a una de esas unidades con un destino incierto? ¿o de los dueños de las concesiones que piensan en ganar y no procuran regularizar sus unidades y dar una buena capacitación a sus empleados? Entre que estos dilemas se resuelven, nuestra necesidad de transporte sigue siendo limitada. Pero, de algo se puede estar seguro: que después de todo viaje, la vida ya no se ve igual. Al menos, ese pensamiento se evoca cuando ya con los pies en la tierra fuera de un taxi foráneo, das gracias por sobrevivir a un viaje que casi te lleva a ver a Dios cara a cara.
Donaldo Borja estudió la licenciatura en Filosofía en el Instituto de Estudios Superiores Tomás de Aquino (IESTA) y actualmente estudia la Licenciatura en Historia en la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ). Ha publicado cuentos, ensayos y artículos. Ha traducido algunos poemas del poeta Óscar Oliva del español al latín. Ha participado en el programa colectivo Carruaje de Pájaros en la radio de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH) de 2016-2018. Fue coordinador de la prensa escrita en el Centro Internacional de Prensa (CIP), durante la visita del Papa Francisco a México 2016. Creador y director del programa de Radio y Podcast Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO). Ha sido profesor los niveles básico, media superior y superior.