FERNANDO AMAYA*
“Se van con el Padre Lona”, nos dijo Evelia aquella mañana de vapor y calma en Laborío, un barrio grato y antiguo de Tehuantepec. He de compartirles el propósito del viaje: el Padre Lona Reyes iba a hacer entrega de documentos importantes, relacionados con la tenencia de la tierra, a los campesinos de San Juan La Jarcia. El acto formaba parte de una homilía a cielo abierto, pues los campesinos habían logrado su acreditación como posesionarios de sus bienes con la mediación de Lona Reyes ante las autoridades agrarias del Distrito.
“Aunque Paco y tú se van en la camioneta que va a trasladar a las monjas, quienes participarán en el oficio que se ofrecerá a Dios por el logro conseguido”, precisó Evelia, ya en el plan de tomar nuestras cosas y abordar la camioneta cerrada, para pasar con ella por las monjas a la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán, ubicada en el corazón tradicional y devoto de el legendario Tehuantepec.
De esa manera nos sumamos a la comitiva de el Padre Lona, a efecto de lo que ya les he compartido, en un lugar distante aproximadamente a tres horas de nuestro punto de partida. Quienes han hecho la ruta de Tehuantepec a Oaxaca, habrán de saber que el recorrido no es regular, y se hace sobre terreno más o menos plano y poco curveado hasta un puente que les pone a la orilla de una pequeña comunidad de nombre curioso: Marilú.
Atrás ya han quedado Jalapa del Marqués y el acceso a Tequis.
Después del puente de Marilú empieza una subida no muy pronunciada y de curvas todavía amplias y poco riesgosas, pronto ve uno Reforma, ya en territorio yautepecano. Y empieza la bajada (y la mareada) un poco antes de ese sitio de no muy buena memoria llamado El Manguito. Enseguida, por el flanco izquierdo, el acceso a San Juan la Jarcia, antes de El Camarón, que es mitad de camino.
Es aquí en donde los recuerdos se vienen a mí como en ráfaga y me dibujan el momento del ingreso al lugar ya dicho, la presencia del Padre Lona en un espacio abierto ubicado al centro del pueblo (Plaza Cívica y Cancha de básquet, quizá), delimitado por el edificio municipal y la iglesia hacia los costados, y por el inicio de las casas de adobe y teja en los extremos. Mi curiosidad adolescente percibió ahí un ambiente de emoción y alegría, un poco al margen del hecho, puesto que nuestro cometido sólo consistió en hacer el traslado de las religiosas, esperarlas y devolverlas al punto de partida.
Por supuesto que, al final de aquella especial homilía, el terrenal banquete del gusto también nos incluyó a nosotros, un riquísimo mole y una modesta limonada fueron el sustento de la misma. Después de aquello, el Padre Lona vino a recomendarnos el retorno con las monjas y en tono de familiar camaradería se despidió de nosotros, a modo de atender algunos pendientes en la Comunidad.
Ya con todos a bordo, Paco enfiló la camioneta hacia la salida, y todo parecía marchar sobre hojuelas cuando, antes de lograr nuestro propósito, fuimos interceptados por un grupo de hombres armados que se bajaron de sus transportes para impedirnos el paso.
Entre gritos y maldiciones nos hicieron bajar de la camioneta, asegurándonos que eso era todo y que nos dispusiéramos a morir sin más ni más.
Sobre todo, con Paco fueron agresivos, a grado tal que solo la súplica de una de las monjas evitó que, el que parecía jefe de ellos, lo siguiera cacheando con la pistola tildándolo de madrina y soplón.
En medio de aquel fragor de amenazas y amagues, una de las religiosas haciendo acopio de valor exclamó: “¡Por favor, venimos con el Padre Lona!”. Aquel nombre, hizo recular un poco a los malhechores aquellos que pronto me hicieron recordar a El Manguito, y a sus innumerables atracos y asaltos. El que seguía asumiendo la postura de jefe le dijo al más tosco de todos: “Llévate al chamaco, ve al pueblo y cerciórate de que lo que dice esta bruja sea cierto, sino al regreso te lo truenas y nosotros hacemos aquí lo mismo con estos”.
Desandamos el trecho que nos llevó hasta el centro de la población y, al percatarse el individuo que me escoltaba que Lona Reyes se encontraba ahí, emprendimos el retorno a paso ligero sin volver la vista ni hacer altos.
El individuo aquel notificó a su presunto jefe sobre lo visto y, de inmediato, nos apresuraron a abordar la camioneta, todavía entre exclamaciones groseras y el consabido no vuelvan a poner los pies por aquí y hasta nunca.
Paco, avezado chofer, tomó con aplomo el volante y encaminó la unidad hacia la salida, por decir, como en un resuello que expulsamos todos, casi al mismo tiempo, al tomar la carretera principal ya en plan de retorno. Sin hacer comentarios al respecto, Paco y yo íbamos atentos al camino, mientras escuchábamos un suave murmullo a nuestras espaldas, eran las voces de las monjas que, rosario en mano, celebraban así la hora del ángelus y el milagro de nuestra sobrevivencia.
*Fernando Amaya es poeta, cantautor y narrador oaxaqueño.