Fortín de las Flores, Veracruz, se convirtió en una de las ciudades más importantes de mi vida.
De la ciudad no recuerdo gran cosa, las calles iluminadas por farolas, los charcos que deja la lluvia; no mucho.
Tenía un río.
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En mi recuerdo tengo la imagen de la lluvia y la de un hombre que lee poemas en la sala de cabildos.
En aquella ciudad conocí a Eusebio Ruvalcaba.
Terminada la lectura, Eusebio me enseñó el secreto para saber la vida nocturna en el sitio al que se llega por vez primera: bajo la lluvia, con todo el aplomo del mundo, alzó la mano, detuvo un taxi, se acercó a la ventanilla saturada de gotas y preguntó:
__ ¿Podría llevarnos al mejor burdel de la ciudad?
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Las cosas que no sabemos nos hacen perder el sueño.
¿Quién guía el rebaño de dudas antes del alba?
El tropel de dudas que arrebatan el sueño.
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Lo decía Eusebio. ¿Qué debo hacer ante lo que ignoro y me aterra? Dejar que pasen las bestias y que se disipen en el aire sus demandantes mugidos, dejar que se deshaga la hora del polvo, encontrar acomodo en el camino hasta que en el aire que respiro la música crezca en contra del silencio. El miedo, mientras madura lo verde entre los árboles del patio, tendrá su tiempo contado.
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Saber que nuestro miedo tiene final resulta básico (aunque esto, algunas veces, esto nunca lleguemos a saberlo)
¿Cómo me paro ante el pliego de papel en blanco?
No lo sé, pero descubro que logro hacerlo.
Antes de iniciar la pieza, mucho antes de prepararlos materiales, limpiar el banco, los trapos, la mesa y los pinceles; de disponer los botes de pintura, escucho música y pienso en las palabras que mencionaron mis muertos. En ellas encuentro que mora el valor, la dicha (me sumerjo en esa imagen de la alegría eterna, la dichosa imagen de la gente que amamos y ya no está con nosotros, y encuentro que guarda todo el valor, toda la dicha, el arrojo, que un hombre puede anhelar y descubro esto: la alegría de los finados es la única verdad cierta con la que contamos en esta vida, porque la encontramos demostrable.
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Eusebio era un hombre de bromas.
Un día, en una llamada telefónica, me dijo:
_ Necesito que me envíes un poema sobre la música, que hable cuando la música se marcha. _ Claro, -dije-, cuenta con el poema.
Nunca me dijo el destino de su petición, el maestro asumía que la poesía sirve para el necesitado, para enamorar a una mujer, iniciar la plática con los amigos; para estar solo en una cantina, etc. Eusebio nunca me dijo que ese material iba a ser incluido en la antología que preparaba con Víctor Roura, dedicada a poeta que dejó de escribir porque el crimen organizado asesinó a su hijo (si me hubiera dicho que mi material aparecería junto al trabajo de Juan Gelman y José Emilio Pacheco, nunca lo hubiera escrito, me cagaría de miedo).
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_ ¿Quién morirá primero? Noche, San Martín por la Secundaria. Salgo al patio, hablo con la vista puesta en el cielo de Monte Albán: _ Quiero que me entierren en Oaxaca.
Entiendo que estas palabras eran los modos de un escritor, del hombre que trabaja con palabras.
Las dice, las nombra como si desconociera el significado de lo que dice y solo deseara, en ese momento, disfrutar el placer de escuchar sus propias palabras, morderlas.
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Para mí que Eusebio Ruvalcaba nos daba clases de literatura al asumir que no era nuestro maestro de literatura, que era nuestro amigo.
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Con cierta frecuencia viajé a CDMX a visitarlo.
Luego del saludo, sus primeras palabras construían la imagen del relato y él lo sabía; decía cosas como esta:
_ Anoche me sacaron de las luchas de aguilita.