Las obras que hoy se presentan dialogan con esa misma pulsación: la de lo que resiste, lo que vuelve, lo que se rehace desde la comunidad. Cada pieza es un pequeño acto de restitución simbólica, un modo de nombrar de nuevo aquello que la historia quiso borrar. Y al reunirnos, al mirar juntos, al escuchar estas palabras antiguas, hacemos algo más que inaugurar una muestra: abrimos un umbral.
Hoy nos reunimos para abrir un espacio donde la imagen, la memoria y la palabra vuelven a encontrarse.
En el Diccionario del Zapoteco Antiguo de los Valles Centrales, impreso en 1898 por la Secretaría de Fomento del gobierno porfiriano, aparecen dos palabras que hoy regresan como vestigio y como llamado: nizooxooba y nizayizooba . Son palabras que no vienen a corregirnos, sino a recordarnos que la memoria no está muerta: está enterrada, esperando ser pronunciada de nuevo.
Nuestra gente no decía mezcal —ese nahuatlismo que significa “maguey cocido”— sino nizayizooba . Y al decirlo hoy, aquí, en Etla, en medio de esta exposición colectiva LOOHVANA, no estamos haciendo arqueología: estamos activando una lengua que “aún habita la memoria de la tierra” . Estamos devolviendo al territorio una parte de sí mismo.
Que esta exposición sea entonces un espacio para recordar que el arte no sólo representa: reactiva.
La memoria, cuando se pronuncia en colectivo, vuelve a ser territorio.