216500494_357125136035570_1432852827445550470_n

Lluvia de agosto / Blog literario En la puerta del horno

Fotografía: FB/CIELO SUR

Llega la hora de ofrecer palabras que intentan arrimar consuelo, solidarias; tiempo en que se levantan historias para apurar la esperanza de que este día terminará y que mañana será otro día de mejores noticias.

Antes de la lluvia sonó Paquito (Tico¡Tico¡, Chesky Records YOU CAN HEAR THE DIFERENCE, 1989, New York), el clarinete dulce, tropical: lluvia de agosto.

Con el agua puesta en el patio -antes de las primeras gotas corrí por la ropa del tendedero- me puse a leer Imagen e Idea, Fundación del arte en el desarrollo de la conciencia humana, de Herbert Read (Fondo de Cultura Económica, México, Tercera Reimpresión, 1975). Con las lluvias de agosto recuerdo imágenes de adolescencia, allá, en barrio Santa María, Tehuantepec; agosto carga con el periodo vacacional de verano, mis hermanos mayores estudiaban en CdMx, volvían a casa cargados de historias y libros. La historia que cuento es simple, la de un adolescente que habitó un pueblo sin librerías ni bibliotecas. Agosto, con sus aguaceros repentinos, me trae la acción lectora, lluvia violenta y petricor; aguacero y tardes, madrugadas con café y libros. El cielo de Santa María iluminado de luces, cohetes, las detonaciones de fiesta por Asunción de María, la patrona; fiestas de agosto, amenizadas por El Negro laido y su Gran Combo (hay una sola forma de bailar la Sandunga, en agosto, en Santa María).

Mediados de agosto, aguacero y lecturas, San Martín por la Secundaria, Mexicapam con el cielo donde vuela el triste tañer de campanas, el llamado a velorio. Frente a Monte Albán en agosto no hay fiesta, hay llanto y muerte.

En 1953 Herbert Read fue invitado a dar las conferencias Charles Eliot en la Universidad de Harvard, con el tiempo reunió esos papeles en el libro que hoy cito; Read eligió el tema porque era una teoría “hasta cierto punto revolucionaria”, en las primeras líneas reconoce que Conrad Fiedler, “sus olvidadas obras”, fueron el embrión de lo expuesto en Harvard; también, al inicio, dice la filosofía de las formas simbólicas, de Cassirer, “toda función auténtica del espíritu humano encarna una fuerza formativa, original”.

Mi hermano mayor, Miguel Ángel, en unas vacaciones de agosto me contó la película que pudo ver en la ciudad, la de un barco que naufraga, La aventura del Poseidón; con la lluvia de agosto, en San Martín, agosto 16, puedo recordar su voz, mi hermano Miguel Ángel, finado ya, sus palabras, puedo ver su rostro mientras cuenta la película, el mar que imaginé al ritmo de sus palabras; la tripulación del viejo navío. Tehuantepec era un pueblo de dos cines, el Gisela y el Tehuantepec -ambos sin techado, rústicos asientos- que exhibían cintas con dos o cinco años de retraso con respecto a la ciudad capital.

Dice Read: “El arte, el mito, la religión, el conocimiento ‘todos viven en mundos especiales de imágenes, que no sólo reflejan lo empíricamente dado, sino que más bien lo producen de acuerdo con un principio independiente’”.

Las lecturas del pubescente, el niño flaco como palo de escoba, feo, leía y fijó el clima, la temperatura del Istmo de Tehuantepec en sui memoria (cada relato forma la atmósfera de Santa maría, mi barrio); nada habrá como el sudor que corre por la nuca mientras se lee. Tarde en San Martín, la gente muere por COVID-19, los servicios de Salud recomiendan extremar cuidados ante el incremento de contagios, hospitalizaciones.

Sólo entro en agosto cargados de imágenes de fiesta y familia (de mis cuatro hermanos sólo me queda uno; los otros me aguardan, en compañía de padre y madre).

Read retoma a Cassirer, “cada una de estas funciones del espíritu humano crean sus propias funciones simbólicas y estas formas tienen el mismo rango como producto del espíritu humano. Ninguna de estas formas puede ser simplemente reducida a las otras o derivarse de ellas; cada una muestra una forma especial de ver las cosas, en el cual y por el cual constituye su propio aspecto de ‘realidad’”.

En Tehuantepec con las lluvias de agosto, nube de zancudos; madrugadas calurosas, transpiración, insaciables zancudos, insaciables ojos lectores. Zumbar. “Apaga la luz, vas a perder la vida”, decía mi madre. Ahora que escribo la frase que decía mi madre recuerdo que en una ocasión el filólogo Carlos López, de Editorial Praxis, me dijo una madrugada de corrección de pruebas para Teoría de la desgracia, el libro de poemas: “traes un español del siglo XIII” -yo le respondí, traigo el español que escuché en el vientre de mi madre, intocada por la letra.

Llueve en agosto, a mediados.

San Martín por la Secundaria, lluvias de agosto, etc. Dice Read: “Si la imagen precede siempre a la idea en el desarrollo de la conciencia humana, como yo afirmo, no sólo debemos volver a escribir la historia de la cultura, sino que también debemos revisar los postulados de nuestras filosofías”.

La lluvia cae, lenta; las gotas repiten tu nombre, Agosto.

¿Cómo volver a levantar las palabras?, hay tantos muertos.

San Martín por la Secundaria, nos mira Monte Albán, el sitio de las piedras antiguas, que se levanta entre el olor a copal, el estallido de cohetes que llaman a velorio; escribo y recuerdo las imágenes de agosto -barrio Santa María, engalanado para las fiestas de nuestra reina. La tarde corre, con lluvia levanto las imágenes del pasado, al escribir siento el deseo de acompañar en la sana distancia a viudas y huérfanos, familiares, amigos que esperan noticias a las puertas del hospital, del cementerio, bajo la lluvia de agosto.



There are no comments

Add yours