FERNANDO AMAYA
“Y te la doy desde ahorita, Jesús, para que el mero día no me salgas con que no te la aprendiste”, le dijo el maestro Emiliano a Chuchín. Éste cogió el libro y copió el poema en su cuaderno, aquel día, de los primeros del mes de enero. “Pero me vas a ayudar con los [alemanes]”, me dijo aquel campeón de natación, que no equiparaba su valiosa afición con los gajes del estudio.
Así, durante casi dos meses escuchamos, en los pasillos del dormitorio, el repaso de Chuchín con aquel inicio que se volvió memoria colectiva apoyada por los ademanes que improvisé al nivel de la muy particular comprensión de nuestro esforzado nadador. “En los montes del sur Guerrero un día”, proclamaba Chuchín, extendiendo más allá de sus costados, de forma alterna, sus manos de tritón emblemático.
Una semana antes del catorce de febrero, el maestro Emiliano le requirió aquella tarea de aprendizaje, y Chuchín salió airoso con la complacencia del grupo que también sintió como suya aquella declamación venturosa. Pero llega el día clave, aún la memoria de Guerrero prevalecía por encima de la de San Valentín. El patio colmado, y todos con la expectativa del suceso, “En los montes del sur Guerrero un día”, escuchamos una primera vez y vimos la mano haciendo el abanico correspondiente; cuando esperábamos escuchar el resto del poema con emotiva aspiración, volvimos a oir varias veces el primer decasílabo con su correspondiente ademán.
Ya también aturdido y molesto por el resultado, todos, desconcertados por el hecho, escuchamos a modo de justificación la voz de Chuchín cerrando el programa: “Chingue a su madre, se me olvidó”. A lo lejos, Emiliano arrugaba el entrecejo como en un gesto de entre fastidio y resignación. No lo puedo asegurar, pero presiento que toda la escuela asumía la misma actitud de nuestro maestro de español; con la excusa para Jesús Silva, quien nunca dejaría de ser (para todos) el campeón de cien metros de nado libre, pecho y mariposa.