FERNANDO AMAYA*
Calculas el tiempo de espera para abordar el próximo autobús de Puerto Escondido a Santa Elena, y decides hacer el viaje en Micro; ese simpático transporte que tose a cada rato para desalojar pasajeros a lo largo del camino y para atiborrarse de otros. Optas por treparte a él cuando consideras que es mejor librarte del pulso soportable de la lluvia avanzando los también moderados kilómetros que te separan de tu destino. Una vez sentado en ese estado neutro que descarta la comodidad pero que también la hace extraña, es casi un acto ritual ver venir al mozalbete en desafío de requerirte el pasaje; por cubrir las formas inquieres el costo y él, muy seguro de sí, te afirma que treinta pesos.
Allá vas en el Micro sospechando las lejanías y proximidades, y trazando el reducido mapa de tu arribo. No sabes a ciencia cierta porque has decidido este viaje, o lo sabes y por cautela no te lo confiesas abiertamente. Entonces decides dejarlo en una crónica de pasajeros adormilados que, como impulsados por un resorte, van saliendo de su sopor para pedir la parada en el lugar que les corresponde. Oyes nombres conocidos, y junto a ellos algunos nuevos que intuyes se trata de modificaciones emergentes a tu mapa ordinario. Entre ellos: Zanjón, que no sabes si se refiere a una zanja grande abierta ha poco por ese sitio, o a un apócope de San Jonás, nada imposible en la forma de nominar sitios por estos lares. Hay uno en particular que te mueve el tapete de la gramática: El Garrocha; primero reflexionas que puede ser un error de pronunciación a cuenta del hablante, una vez que entiendes que en la lengua que deberías hablar no existe distinción de género; más cuando se opera el descenso del paisano en cuestión, ves clarito un letrero que hace mención del lugar en los términos de la enunciación desconfiada. Como para ti es casi un acto de reivindicación transportarte por esa planicie aledaña a tus mares preferidos, obvias algún posible inconveniente en ese viaje que termina cuando llegas a Santa Elena y no te quedas ahí, sino te sigues de largo.
Decides que Agua Blanca se puede quedar en donde está, con sus miradores insumergibles y sus minúsculas caletas, con su oferta de ostras deliciosas y robustas. Tilzapote, Cuapinole y Barra del Potrero se desvanecen al cruzar el puente de Cozo. Una iguana dócil se acurruca al pie de los pilotes que sostienen la armadura del paso. Enseguida el acceso a Santo Domingo de Morelos, comunidad zapoteca costeña, lo pasas de largo con la memoria de algún partido de basquet o de alguna reunión sindical. Ahí nomás pasando la ligera hondonada, el traqueteo del micro te pone en terrenos de Escobilla, famosa por sus arribos de tortuga golfina y por las carreras que pegaban quienes hurtaban sus huevos en tiempos pasados que no fueron mejores.
Ahora hay una conveniente actividad comunitaria para proteger al quelonio y a sus, hasta cierto punto, frágiles desoves. El transporte azota por tres veces sobre los puentes sucesivos de Escobilla, para tomar dos segmentos de recta por los que arribo a Ventanilla y después a Macahuite. Así como va ya estoy en Lagartero, a diez minutos de donde tengo la primera opción de arribo. Quiero decir que, a partir de Barra del Potrero, empiezo a contar las congregaciones o rancherías que perteneces al área de Bienes Comunales de Tonameca, y desde Santa Elena propiamente al Municipio; es sólo un dato aportado a la ligera, me faltaría mencionar un sinnúmero de poblados ubicados tierra adentro, cuyos nombres fluctúan entre Agostadero y Frutilla. Justo vas pasando el puente Popoyote, cuando estos pensamientos te abandonan, merced a una sacudida que el micro sufre cuando el chofer toma una curva, al salir del puente zafando con poco cuidado, el freno y el clutch. Tu idea del mundo se complementa sin abandonar el bosquejo de las comunas asentadas al borde de la laguna y cerca del mar: Chacahua, Samaritán y Ventanilla, piensas, cuando el micro pasa la Unión en dirección ya de librar los topes de Sn Isidro, el del Palmar, donde se hace más presente y visible el bajo grande, el de los humedales a veces seguros, a veces temporales. El Venado, San Antonio, ya los piensas como un hecho consumado, después de que tu corazón dio rienda suelta a su ambición de libertad.
Más adelante, Rincón Alegre, el Coco, la Florida, el acceso a Tonameca, Coatode y el otro Samaritán ya en terrenos de Pochutla. Cuando te apeas en el crucero de Sn Antonio, no sabes en realidad qué recorrido hiciste, o si para nada te moviste del lugar referido, y tu viaje solo consistió en evocar por segmentos los aspectos de una ruta inacabada e incompleta. Con lo que sí no especulas es que, antes de que diluvie soledad por estos páramos y yerbales, tú habrás pasado por más veces sobre sus caminos imaginarios o reales, como lo haces por estas líneas que solo tenían la desairada afición de referir un recorrido probable iniciado en Puerto Escondido y terminado en Sta. Elena. Los sosiegos y los apremios de mi sangre forman esta ruta, así como sus recuerdos y olvidos: hermanos del alma.