FERNANDO AMAYA
Si usted alarga la vista, verá que el camino se prolonga hacia el poniente y desaparece después de una loma, no muy pronunciada, donde florece un macuil arroyero de flores pintadas de guinda. En breves minutos, por ese sitio, verá usted asomar la figura esbelta y desgarbada de un hombre que arrastra un madero largo, acomodado sobre su hombro izquierdo, y colocado sobre de él un machete despuntado y de hoja ya muy manchada por el salitre y el óxido. Es Tío Chico que fue a la leña y que no regresa con un atado de esta, sino con el palo que ya hemos mencionado.
A fuerza de tanto repetirse, la escena es un ejercicio de imaginación atribuible a los moradores de Playa Caracol que, al abordar la ruta, la asocian a Tío Chico y su leño, el único que acarrea desde que los lugareños tienen memoria. Las tantas veces que ha florecido el macuil, son las mismas en las que aparece Tío Chico acarreando su leño y, se me olvidaba, batallando con la manga de su camisa que se le desarremangaba por el hecho de lidiar con su leño y con la colocación de su machete.
Pero vayamos al juicio de este runrún que pareciera tratar sobre la especulación del Tío tirando de un troncho de guamuche, simple y llanamente. Pero no, ahora hay que preguntarnos qué papel cumple el arbusto desrramado y sacado de algún guamil, a la orilla del camino, y no de monte adentro como corresponde a un campirano con la antigüedad y experiencia que toca a nuestro personaje. Por qué no cortó ese palo por lo menos en tres pares para asumir el transporte de una carga de leños, como lo hace cualquiera, sin gran ciencia, en los paraderos de Playa Caracol. Y es aquí donde lo vemos al Tío Chico colocando tres piedronas sobre el piso llano y común de su rancho, para meter el largo leño ahí, encender el fuego y poner a coser el nixtamal cada tarde en la rutina insalvable y constante de su albergue modesto.
Aunque ya no es materia de esta pamema, muchos se estarán preguntando por qué el Tío Chico no montó un brasero de templete con cuatro pequeños horcones y un poco de barro colorado tan abundante en las proximidades, o por qué no cavó, directo en el suelo, un cañoncito para sambutir su morillo ahí, justificando la falta de brasero.
No le demos más largas al asunto, gente, lo importante de este menjurje es que la comuna, a partir del desempeño de Tío Chico, ya tuvo un argumento para calificar las tareas como ingeniosas y útiles o como indolentes y prácticas, a partir de un brasero muy personal y un personaje como Tío Chico a quien, todos aseguran, se le verá, para el resto de la vida, hacer el recorrido, aún en ausencia, desde el sitio donde pesca su leño, hasta donde lo echa al piso para prender su brasero.