FERNANDO AMAYA*
Fueron esos años de la experiencia de vida, los más interesantes y los más recordados. La energía de esa veintena, la disposición para hacer recorridos y desplazamientos por todo el corredor de la Costa Oaxaqueña, desde Huatulco hasta Putla, acompañando al Supervisor de la Zona de Secundarias Técnicas que abarcaba ese trayecto con una veintena de escuelas bajo su responsabilidad. Toño Jaimes se llamó, el compañero y jefe a la vez, treintañero y ya con una experiencia laboral sólida y vasta. No evito decir que, en un día aciago y sombrío, una mano inescrupulosa nos lo arrebató sin darle la humana posibilidad de pelear por su vida. Quizá en otra reseña retome la historia de Toño, sus glorias y quebrantos, ahora me concentro en compartirles una experiencia que vivimos con él en Poza Verde, Municipio de Jamiltepec.
Hojeando un magnífico libro de Adolfo Rodríguez, llamado La Costa de Oaxaca ayer y hoy, vine a comprobar una idea que desde hace buen tiempo me da vuelo en la testa: los oaxaqueños somos un pueblo migrante, en el sentido correcto de la palabra, pues hemos hecho recorridos de ida y vuelta por todas las regiones físicas de la Entidad, a tal grado que el trato de “primo” o “pariente” que nos damos, no es tan solo un referente de afecto amistoso, sino la veracidad de estar unidos, con toda certeza, por lazos sanguíneos. El texto de Adolfo nos refiere con veracidad lo antes, dicho pues subsume lo investigado por otros oaxaqueños estudiosos como Basilio Rojas y Fco José Cervantes. Desde la encomiendas, hasta las fincas, trapiches y haciendas ha habido una constante verbena de familias buscando el sustento y la sobrevivencia.
Por esta área de la Poza Verde, La Tuza, El Charquito, llegaron colonos del Estado de Guerrero, personas de la Mixteca Alta e incluso españoles, alemanes y estadounidenses. Algunos permanecieron, pero la mayoría emigró al no encontrar condiciones para prosperar con el producto que se obtuviera de la actividad agrícola y ganadera.
El circunloquio que precede a estas líneas, es a propósito de abordar una mínima semblanza del personaje clave en esta memoria sucinta. Le llamaban el Tío Barrena, quien, según nuestra apreciación, era el tutor de la Comunidad, y ejercía una especie de patronazgo a partir de proveer de trabajo a sus pobladores, con el cultivo de limón, su empaque y utilidad en la producción del aceite de este cítrico, para lo cual contaba con una fábrica atendida por hombres y mujeres del lugar referido.
Después de varios intentos para consolidar el establecimiento de una Secundaria en Poza Verde, por fin se aterrizó el propósito con la colaboración del Tío Barrena, quien donó el terreno y costeó la construcción de las palapas que funcionaron como aulas provisionales. Estamos hablando de principios de los 90s época en que tomamos parte en la cimentación administrativa de Escuelas en otras localidades de la franja costera, como en Copalita, Benito Juárez, Apango, Comala, Barrio de la Cruz y Cerro Gordo. En todas se logró el propósito con la participación de las Comunidades y con el apoyo de personas distinguidas que dieron su aporte en dinero en efectivo o en especie.
Lo compartido en las primeras líneas es para perfilar la presencia física del Tío Barrena, un tipo con rasgos inequívocos de la negritud, pero también de español en linea directa. Quienes lo conocían nos compartieron ese dato y nos invitaron a hacerle una visita de cortesía a su casa, de buenas proporciones y con barda y portón como corresponde a la casa de una persona pudiente, pero nada ostentoso ni excluyente. Y he aquí que nos hicimos presentes en la casa del Tío Barrena, para agradecerle su buena disposición y colaboración para lograr que la Secundaria se inaugurara como un espacio al servicio de la Comunidad.
Un tanto en serio pero en broma, nos dijo que lo había hecho de todo corazón, pero que ahora teníamos que corresponderle permaneciendo el fin de semana con él sin salir a ninguna parte. Entonces, los cuatro que formábamos el equipo del buen Toño Jaimes, vimos con sorpresa como mandó cerrar el portón de madera con pasadores y candados, quedando nosotros prácticamente aislados del exterior, sin la mínima posibilidad de escapatoria. En un gesto de apuro volteamos a ver a Toño, y sólo nos respondió con una sonrisa esbozada para darnos a entender que nada grave estaba pasando, y que lo que convenía era seguirle el juego a nuestro inesperado captor. “Que nada les preocupe”, nos dijo Barrenas, “lo que gusten beber y comer, nada más pídanlo, que toda esta gente está aquí para atenderlos”.
Nos sentamos en unos equipales y sillas que estaban ahí a la mano, y decidimos entre beber cerveza fría o una bebida a la cual le llamaba “espiritual”, que me hizo recordar a una pócima que nos embutía mi abuela para sacarnos de de la anemia perniciosa cuando se nos daba por comer solo limón con sal; sólo que este espiritual se preparaba con leche recién ordeñada que nos ofrecía uno de los asistentes en un perol de aluminio de los más grandes, el complemento era aquel famoso brandy de cajita de nombre presidencial, del cual nos mostraron una bodeguita repleta en las inmediaciones de aquella casa que ocupaba el equivalente a dos manzanas de cualquier pueblo o ciudad. Pa’ pronto, al paso, cogió a una gallinota desprevenida y mandó hacerla en sopa, con un sabor que hasta la fecha me deleita el gaznate de la memoria.
No les miento, opté por las cervezas, porque aquel bebestrejo inusual no acabó de convencerme aún cuando suponía una francachela sin resaca ni otros efectos secundarios. Alguien le dijo que dos de los ahí presentes tocábamos guitarra y cantábamos, por lo que permitió que el amigo Benja Dionicio fuera por las guitarras que tenía en su haber. Por suerte al Tío Barrena le gustaban los boleros, así que casi agotamos el repertorio entre sorbos mayúsculos de cebada y brandymilk. Aquella velada histórica empezó un viernes por la tarde, y el domingo después de mediodía, con los fusibles ya opacos, nos despedimos efusivamente de nuestro anfitrión, quien mandó descorrer los cerrojos del portón de acceso a su amurallada vivienda. En aquellas prisas, una guitarra del amigo Benja caminó con nosotros y se esfumó en el camino, motivo por el cual nos comprometimos y cumplimos con su reposición.
Dejo también como bien informado que el sitio referido ya no responde al nombre de Poza Verde, sino se llama José María Morelos, municipio de Santa María Huazolotitlán, distrito de Jamiltepec. Les comparto la portada del libro que me hizo hacer este reconocimiento a la ayuda valiosa de nuestros amigos de Morelos, a su buena disposición y amable gentileza.
Fernando Amaya es poeta, narrador y cantautor oaxaqueño