Es frecuente encontrar en Siberia
deportados que se ocupan
en la enseñanza de la niñez.
FIODOR DOSTOIEVSKI | Memorias de la casa muerta
Por la carretera que viene del puente de fierro, que atraviesa el Río Tehuantepec (Guigo Roo Guisi), antes de llegar a la Y que divide el camino hacia Oaxaca y de Salina Cruz, corre el viento fuerte que viene del mar y llega hasta el campo de pelota, el Campo Rojo, y sube hasta rebotar contra el cerro de barrio Lieza, que vuelve, hace la vuelta en el cerrito donde los niños que empinan lúgubres papalotes (pandorgas). El viento se entretiene con las pandorgas para luego volver contra la Y.
La madre, que habla a sus cinco hijos, tiene experiencia de narrar adquirida en las tardes en que escuchó la radio de bulbos la transmisión de la radionovela Chucho el Roto, que en punto de las seis de la tarde carga de silencio la calurosa atmósfera.
Si vienes del puerto de Salina Cruz hacia el puente de fierro (el otro camino viene del Panteón Dolores hacia el Centro de la ciudad) te encontrarás con el puente que cruza por el arroyo Basa Guya. La carretera cruza por el puente que sostiene su peso en la estructura de rojos ladrillos, que forman el túnel por donde avanzan las apretadas aguas.
Por esa carretera corre el urbano, avanza hacia Tagolaba, pasa por la parada conocida como El 18 y se aleja hacia las tierras campesinas, que se extienden a orillas del río. El camión hace parada enfrente del taller de radio servicio Nacho, el evangelista.
Unos metros antes de la parada 18, a un costado de los escalones que descienden a la vivienda de Nacho, se levanta el poste de Teléfonos a la entrada de un patio con su árbol de grisiña, que esconde con sus ramas la casa de material de una sola planta, con portón y ventanas con protecciones de acero.
Frente a la grisiña, ramas de hojas verdes aterciopeladas, el árbol de morro de tronco oscuro, siniestro, las diminutas hojas cruciformes levantan la leyenda que atemoriza a los niños.
__ Ese árbol lo hizo el Diablo, y Dios -dijo la madre__. Cuando hizo el mundo, al terminar su obra, el sábado, Dios decidió tomar un descanso.
Se puso a dormir. El Diablo que estaba atento, rojo de pura envidia, corajes, al ver a Dios dormido sin perder tiempo se puso a trabajar en su obra.
El producto de sus manos salió como sus entrañas, negro, con el tronco y ramas nudosos. Las ramas largas, sin hojas, secas.
Dios, al despertar, miró con sorpresa aquel espanto. Para corregir su descuido, había hecho el mar y los peces de colores, los ríos, las hermosas montañas, el bosque de pinos, las aves, sufrió tristeza por aquella fealdad.
Como mínima muestra de sus disculpas por su cansancio, hizo las hojas para aquel árbol en forma de cruz, cuatro pétalos unidos que brotan sin tallo de las negras y nudosas ramas.
Los niños guardan la imagen de lo narrado por su madre, no pueden imaginar cómo con aquellas palabras su madre da orden al mundo que miran, las palabras pronunciadas antes de la merienda, del café con leche y pan.
La historia del ladrón Chucho el Roto se perderá en la conversación familiar antes de que termine la tarde, a la hora en que la radio local suspende sus transmisiones, pero, permanecerá en la memoria de los pequeños el relato de la madre.
Entrada la noche el benjamín de aquella narradora -un niño flaco, cabellos largos ensortijados- pierde el sueño. En su cabeza se levanta el miedo a las sombras que produce el paso de la luna por el patio.
-0-
Amamos los sonidos escuchados por la tarde, a la hora en que se realiza en cambio de la luz a la oscuridad.
Esos sonidos serán nuestros, quedarán en la memoria como viejos los noticieros radiofónicos, las radionovelas.
Se puede afirmar que la narración tiene por origen una atmósfera de sombras, cierta inquietud que nos conmueve hasta perder el sueño, que nos lleva a zozobras, a estar despierto en la oscuridad.