FERNANDO AMAYA*
En cuestión de minutos cundió la alarma, Cabeza se hallaba poseído. Fue su hermana Vita quien lo halló alzando las manos y gritando a todo pulmón: “¡Que nos devuelvan las tierras, que nos devuelvan las tierras!”. Ve tú a saber a qué tierras se refería si nuestra posesión común era sólo de arena y agua. En fin, vinieron, por petición de Vita, otros miembros de la familia a apoyarnos con el caso del poseído, pero era tanta su fuerza que se zafaba de quienes intentaban controlarlo, se zafaba la bragueta, mostrándole el pájaro al mar, abriendo la boca de forma desorbitante.
Después nos contó que alucinó con que todo el mar le entraba por la boca y hacía un grandioso esfuerzo por orinarlo para que no le fuera a reventar la vejiga. Así, la tía Pera empezó una serie de rosarios a favor del alma del poseído, para que el mal espíritu se fuera y se acabaran las penas, tanto de él como de los demás. Como en todo rosario, se sirvió café por cubetas y pan por canastas, así como tamales y hubo quienes hasta compartieron pasta de frijol embarrada sobre tortillas más chongas que tlayudas, pero comida al fin, quien le hace mala cara ya bien entrada la noche.
Por el segundo día de rosarios tia Pera mandó parar el ejercicio y pidió una misa de conciliación con la parroquia más cercana, todos nos fuimos a responder las peticiones a favor de Cabeza, a modo de que algún ángel bajara a expulsarle el demonio que lo estaba haciendo delirar ya de manera preocupante. Y nada. Cabeza seguía montado en su macho de ganarle al mar la apuesta de llenarlo y solo tenía un leve sosiego cuando bajaba la marea.
Así como ocurre con las altas mareas, pasó por ahí una vieja amiga de Cabeza, Giordana, si no mal recuerdo y fue quien nos salvó de aquel apremio hasta cierto punto sofocante, puesto ya habíamos decidido reclamar aquella posesión para cuatro de nosotros a fin de que Cabeza pudiera descansar. “Déjense de cosas”, nos dijo Giordana, “tráiganme la mayor cantidad de leche que puedan y hasta un embudo, hay que hacer que Cabeza largue lo que se embuchó, y asunto arreglado”.
Así es que nos fuimos por varios bidones de leche y estuvimos toda la noche ayudando a Giordana a hacérsela pasar a Cabeza a través del embudo. En mi vida he visto a alguien tomar tanta leche para salir del apuro; pero esa vez Cabeza batió récord tragándose mínimo tres bidones de leche, uno tras otro. Tal como lo predijo Giordana, al siguiente día nuestro poseso casi se hallaba desposeído o desviajado, o vaya a saber usted qué cosa. En una semana, Cabeza retornó a los ánimos y a la vida, trayéndonos a todos por ese mismo camino de recuperación y alegría.
Algunos años después, pasó cerca de la mesa en donde bebíamos cerveza Cabeza y yo, un gringo astroso que se hacía llamar Gringorio, ya que su nombre verdadero era Gregory o Gregorio, dejó a nuestro alcance una especie de ficha pequeña con un dibujo alusivo al perro Pluto. Cabeza tomó con la mano aquella cosa en apariencia inofensiva, y la apachurró con el pie sobre el suelo pedregoso. “Esa mierda no, ñero”, me dijo, “esa mierda no”. Asentí comprensivo y seguimos con nuestras “viquis”echando los dados y cuenteando animosos y contentos.
*Fernando Amaya es poeta, narrador y cantautor originario de la costa oaxaqueña.