DR. ISMAEL ZAMORA-TOVAR*
ZAPOPAN, Jal. (sucedióenoaxaca.com/vía UAG).- Las transformaciones educativas contemporáneas se desarrollan en un contexto marcado por la aceleración tecnológica, la estandarización de resultados y la creciente incorporación de sistemas de inteligencia artificial (IA) en los procesos de enseñanza y aprendizaje. En México y en otros países, las reformas educativas han tendido a privilegiar la eficiencia, la medición del desempeño y la adquisición de competencias funcionales, con el riesgo de reducir la educación a un proceso técnico de capacitación y certificación. En este escenario, el estudiante aparece con frecuencia como usuario o recurso humano, y el docente como facilitador u operador de dispositivos pedagógicos.
Frente a este panorama, en ese trabajo se sostiene la tesis fundamental: educar inicia con H, es decir, con una comprensión adecuada del ser humano. Antes de decidir métodos, tecnologías, currículos o políticas públicas, resulta imprescindible responder a la pregunta antropológica que toda educación presupone: ¿quién es el ser humano que educamos y hacia qué tipo de vida puede y debe orientarse su formación? Esta pregunta constituye el fundamento ontológico, epistemológico y ético de toda práctica educativa, incluso —y especialmente— en contextos de alta tecnificación.
Desde esta perspectiva, educar no puede reducirse a transmitir información, desarrollar habilidades instrumentales o producir resultados medibles. Educar es una acción humana compleja, personal y social, orientada al perfeccionamiento integral de la persona. Solo desde esta comprensión es posible evaluar críticamente las prácticas educativas actuales y recuperar el sentido formativo de la educación.
1. Definición de educación: acción recíproca de ayuda al perfeccionamiento humano
Una comprensión rigurosa de la educación exige partir de su definición. Altarejos y Naval (2000) señalan que:
La educación es la acción recíproca de ayuda al perfeccionamiento humano, ordenado intencionalmente a la razón, y dirigido desde ella, en cuanto que promueve la formación de hábitos éticamente buenos (p. 45).
Esta definición sitúa explícitamente a la persona humana en el centro del proceso educativo. La educación es una acción, no un objeto, una relación interpersonal y una ayuda orientada al crecimiento integral del sujeto. Su finalidad no se agota en la adquisición de conocimientos o habilidades, sino que apunta a la formación de hábitos intelectuales y morales que perfeccionan al ser humano en cuanto tal. Desde aquí se comprende la tesis central de esta conferencia: educar inicia con H porque sin referencia explícita al ser humano como sujeto y fin, la educación se vacía de sentido.
2. Rasgos constitutivos de la acción educativa
Para que una actividad pueda calificarse como propiamente educativa, debe reunir ciertos rasgos esenciales (Altarejos & Naval, 2000):
(1) Es una acción personal y recíproca, que implica la relación entre educador y educando.
(2) Integra enseñar y aprender, bajo la estructura básica de que alguien enseña algo a otro.
(3) Posee carácter formativo, pues el aprendizaje educativo supone crecimiento de las potencias, no mera acumulación de información.
(4) Está ordenada a la razón, ya que sin mejora de la racionalidad no hay educación propiamente dicha.
(5) Es ayuda y asistencia, donde el educador acompaña los dinamismos internos del educando, agente principal de su propia formación.
Estos rasgos permiten distinguir la educación de prácticas como el adiestramiento técnico o la simple transmisión de datos, y fundamentan una concepción no instrumental de la enseñanza.
3. Posibilidad y necesidad de la educación: fundamentos antropológicos
La educación es posible y necesaria debido a dos factores antropológicos fundamentales. En primer lugar, la plasticidad humana: el ser humano nace inacabado y abierto a múltiples posibilidades de actualización. A diferencia de los animales, su desarrollo no está determinado instintivamente, sino que requiere mediaciones educativas. En segundo lugar, la naturaleza social de la persona: las potencias humanas, lenguaje, racionalidad, moralidad, solo se desarrollan en convivencia con otros.
Estos rasgos confirman que la educación no es un añadido cultural opcional, sino una exigencia estructural de la condición humana (Altarejos & Naval, 2000). Educar significa ayudar a desplegar las posibilidades propias de un ser racional, libre y social.
Sentido etimológico de educar: educare y educereEl término educar proviene de una doble raíz latina que expresa la complejidad del fenómeno educativo. Educare alude a criar, nutrir y formar, destacando la acción orientadora del educador; educere significa sacar o conducir hacia fuera, refiriéndose al desarrollo de las capacidades internas del sujeto. Esta doble raíz evita tanto el autoritarismo como el espontaneísmo, y permite concebir la educación como una ayuda respetuosa del dinamismo personal del educando.
5. Principios ontológicos: la primacía del ser sobre el hacer
Desde el realismo ontológico defendido por Gilson (2005), el ser precede al conocer y al hacer. Aplicado a la educación, este principio implica que el educando es una persona antes que un conjunto de desempeños o resultados medibles. Cuando esta primacía se pierde, la educación se orienta exclusivamente al rendimiento y a la producción. En cambio, una educación fundada ontológicamente concibe la formación como actualización del ser y reconoce la dignidad irreductible del estudiante.
6. Principios epistemológicos: verdad, conocimiento y autoridad educativa
Toda educación presupone una concepción del conocimiento. Desde la tradición realista, conocer no es construir arbitrariamente significados, sino entrar en contacto con la realidad y con la verdad. Negar esta posibilidad conduce al relativismo epistemológico y debilita la autoridad educativa. El docente no es un mero facilitador, sino un mediador responsable del acceso al conocimiento verdadero, cuya autoridad (auctoritas) se funda en el saber y en su reconocimiento (Gilson, 2005; Altarejos & Naval, 2000).
7. Principios éticos: virtud, libertad y vida buena
Como advierte MacIntyre (2007), toda educación es inevitablemente moral. Educar implica formar hábitos, disposiciones y criterios de juicio. Una educación que renuncia explícitamente a la formación ética no es neutral, sino irresponsable, pues deja al educando sin criterios para discernir los fines de su acción. La educación, entendida como práctica moral, introduce al sujeto en bienes internos y en narrativas de sentido orientadas a la vida buena.
8. El rol del profesor: guía del perfeccionamiento humano. El profesor no es solo un transmisor de información, sino un guía del crecimiento intelectual y moral del alumno. Enseñar es una actividad productiva cuyo fin es que el otro aprenda verdaderamente. El maestro se distingue porque su misión es hacer accesible el saber a otros. Para ello ejerce autoridad y potestad, necesarias para ordenar el aprendizaje y garantizar la convivencia. A través del lenguaje: lógico, retórico y poético el docente comunica también su amor por la verdad y suscita en el alumno el deseo de un obrar feliz.
9. El rol de las instituciones educativas y el enfoque ecológico del desarrollo. Las instituciones educativas constituyen el marco social donde se sistematiza la ayuda al crecimiento humano. Desde el enfoque ecológico del desarrollo humano, Bronfenbrenner (1979, 1994) sostiene que el desarrollo personal resulta de la interacción entre el individuo y diversos sistemas interrelacionados: familia, escuela, comunidad e instituciones sociales más amplias. Integrado con la antropología personalista, este enfoque permite comprender que, aunque la persona es sujeto libre y responsable, su desarrollo efectivo depende de la calidad de los contextos educativos que median la actualización de sus potencias.
En este sentido, la escuela actúa como colaboradora necesaria de la familia, que posee el derecho preferente en la educación de los hijos. Ambas instituciones configuran entornos decisivos para el desarrollo intelectual, moral y cívico de la persona.
10. Educación, autodeterminación y motivación humana.
La Teoría de la Autodeterminación desarrollada por Ryan y Deci (2000, 2017) aporta un marco empírico relevante para comprender las condiciones que favorecen el desarrollo humano desde dentro del sujeto. Según estos autores, la satisfacción de tres necesidades psicológicas básicas: autonomía, competencia y relación; es condición para la motivación intrínseca y el crecimiento personal.
Estas categorías pueden interpretarse como expresiones operativas de dimensiones antropológicas más profundas. La autonomía remite a la autodirección responsable; la competencia, a la actualización real de las potencias; y la relación, a la sociabilidad constitutiva de la persona. Desde esta integración, la educación aparece como un proceso que debe crear contextos institucionales y pedagógicos que sostengan la agencia personal y la formación de la libertad.
11. Educación, tecnología e inteligencia artificial: medios subordinados a la persona.
El desarrollo tecnológico, y en particular la incorporación de sistemas de inteligencia artificial, plantea desafíos y oportunidades para la educación contemporánea. Desde el marco aquí asumido, la IA no redefine qué es educar ni puede ocupar el lugar del sujeto educativo. La IA puede procesar información y asistir tareas, pero no conoce la verdad ni forma hábitos morales.
Su uso educativo solo es legítimo cuando se subordina a fines antropológicos claros: apoyar el aprendizaje, liberar tiempo docente para el acompañamiento personal y favorecer la autonomía del educando. Cuando la IA sustituye el esfuerzo cognitivo o debilita la relación educativa, deja de servir a la educación y se convierte en un factor de deshumanización. Incluso en la era de los algoritmos, educar sigue iniciando con H.
12. Educación, libertad y vocación humana.
La educación es ayuda al crecimiento irrestricto de la persona. A través de la formación de hábitos y virtudes, el ser humano adquiere dominio de sí y se hace verdaderamente libre. La libertad es tanto punto de partida como culminación de la tarea educativa. Desde una perspectiva personalista, educar es ayudar a cada persona a realizar su propia vocación, tratándola siempre como fin y nunca como medio (Sanguineti, 2007).
En un contexto marcado por la automatización del conocimiento y el uso creciente de sistemas de inteligencia artificial, la formación del juicio racional adquiere una relevancia decisiva. Si educar inicia con H, entonces ninguna tecnología puede sustituir la tarea propiamente humana de comprender, deliberar y buscar la verdad. Enseñar a pensar se convierte así en un criterio antropológico para evaluar el uso educativo de la tecnología: la IA es legítima solo en la medida en que fortalece la autonomía racional del estudiante y no cuando la reemplaza o la debilita.
Conclusión
La educación solo cumple su función social y formativa cuando parte de una comprensión clara del ser humano como persona. Hemos sostenido que educar inicia con H porque toda práctica educativa, curricular, pedagógica o institucional, presupone una determinada idea de quién es el estudiante y hacia qué fines debe formarse. Cuando esta idea se reduce a criterios técnicos o económicos, la educación pierde su sentido humano y ético.
Los fundamentos ontológicos, epistemológicos y antropológicos aquí desarrollados muestran que el estudiante no es un recurso ni un destinatario pasivo de servicios educativos, sino un sujeto digno, educable y responsable. Desde esta base, la educación no puede limitarse a transmitir competencias, sino que debe orientarse a la formación integral de la persona, incluyendo su capacidad de búsqueda de la verdad, deliberación moral y participación social.
La integración de los enfoques de desarrollo humano refuerza esta tesis al evidenciar que el desarrollo personal ocurre en contextos institucionales concretos y requiere condiciones educativas que favorezcan la autonomía responsable, el desarrollo de capacidades reales y la calidad de las relaciones humanas. En consecuencia, la responsabilidad educativa no recae únicamente en el individuo, sino también en las estructuras escolares y en las políticas que las configuran (Bronfenbrenner 1979, Ryan & Deci 2000)
Para el sistema educativo mexicano, estas conclusiones implican un criterio claro de evaluación: toda reforma, innovación o política educativa debe preguntarse explícitamente si fortalece o debilita la formación de la persona. Allí donde se descuida esta pregunta, los esfuerzos técnicos resultan insuficientes y, en ocasiones, contraproducentes. En síntesis, educar inicia con H no es una afirmación simbólica, sino un principio rector para el diseño educativo. Colocar al ser humano en el centro no es un obstáculo para la calidad o la eficiencia, sino la condición necesaria para una educación con sentido, justicia y futuro.
*El Dr. Ismael Zamora-Tovar es Coordinador del Modelo Educativo de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG)