Antonieta Rivas Mercado y otros (c. 1927)

Henestrosa: «Pasé del huarache al Florsheim; de la manta al casimir»

HE LOGRADO EMBAUCAR A MUCHOS

III DE VI

Yo andaba con mis amigos y caminábamos mucho. Tomábamos vino de la peor suerte. Como dice Vasconcelos: bebíamos por pobreza y por tristeza, y cuando me despedía de mis amigos a las dos o tres de la mañana, ellos iban a su casa y yo a buscar una banca de algún jardín abandonado para dormir y al día siguiente presentarme como si nada.

Pero un día, una señora llamada Antonieta Rivas Mercado oyó hablar de mí -porque yo desde muy temprano he luchado por hacer creer a la gente que soy inteligente y he logrado embaucar a muchos. De modo que esta señora había oído hablar de un joven Henestrosa muy brillante, muy culto, muy sabio y quiso protegerme, pero no sabía cómo hacerlo. Su amigo el pintor Manuel Rodríguez Lozano le contestó un día en que ella dijo: “quiero ayudar a Andrés, pero no se cómo». Hace usted muy bien, señora, en tomar sus precauciones, porque si ese pobre indio se da cuenta de que usted lo quiere proteger y lo quiere amparar no va a regresar nunca.

Y un día la señora me preguntó: ¿Qué hace usted cuando se va de aquí? Porque yo iba a su casa a ayudarla a trabajar. ¿Qué hace usted cuando se va de aquí al cuarto para las dos de la tarde, cuando va a servirse la mesa? Me voy a mi posada a comer. No es cierto, iba yo a comer tacos gratis a La Ópera, famoso bar que está en la esquina de la calle 5 de Mayo y Filomeno Mata.

Otro día me preguntó: ¿Qué hace usted cuando sale de aquí al cuarto para las diez de la noche? Voy a mi posada. ¿Dónde es su posada? Calle de Libertad 130, altos ocho. ¡Mentira! Mi posada era el cine Máximo donde yo dormía cuando salía el público. Ella lo sabía pero fingía que me creía.

Otro día me dijo: yo tengo muchas vecindades y tengo inquilinos que están al día, otros que lo están menos, otros que deben mucho y otros que no pagan nada, no soy partidaria del desahucio. ¿Por qué no me ayuda usted a poner en orden a mis inquilinos? A los que pagan que estén al día, a los que pagan con algún retardo que procuren pagar con más oportunidad y a los que no se puede pues ni modo, ver cómo desocupan, porque el viejito Ortiz -así se llamaba su administrador- ya está muy viejo y desatiende.

¿Por qué no lo ayuda usted? Aquí está el cárdex -cárdex, una palabra que no prosperó, una palabra intrusa, de pochos-, usted me rinde cuentas a la hora de la comida: están al día fulano, fulano y fulano, debe poco fulano. ¿Por qué no hace usted una cosa? Vaya en persona a hablar con cada uno. Ya había teléfono pero no era el procedimiento. Y con eso, luego me decía: quédese a comer. Pero si voy muy lejos, me están esperando, le decía. Ella sabía que no era cierto. A veces yo aceptaba.

Mire usted, Antonieta Rivas Mercado era la aristocracia de la inteligencia, de la elegancia, de la finura, de la cultura; una mujer que hablaba idiomas: inglés, francés, italiano y pasaba de un  idioma a otro como si nada; sabía bastante latín, bastante griego; una mujer subyugadora. Sentaba en su mesa a los secretarios de Estado comenzando por el presidente de la república. Yo me sentaba ahí. A veces me decía: ayúdeme usted a reconstruir las conversaciones de la mesa, hágame usted los apuntes después. Bonita trampa y yo me quedaba.

Comían muy poco en las casas ricas; ahora se hartan, pero entonces no. Era una miserable tasa de consomé -no había aperitivo, no había whisky-, un pedacito de carne, pollo o pescado rodeado de basuritas que ustedes llaman ensalada -comida de conejos-, dos copas de vino rojo, dos de vino blanco, un coñac -pero poquito-. Yo nunca he tenido inhibición alguna y le decía: Señora ¡qué mal comen ustedes los ricos! veo que la servidumbre come muy bien. Vaya a comer con ellos, me decía. Y dejaba yo la mesa en que estaba sentado el presidente Portes Gil y me iba a la cocina a comer frijoles con nata, con chicharroncitos, y volvía yo a la mesa elegante a tomar café.

Un día me dijo la señora: usted lee precariamente en inglés, lee poco francés, no lee italiano; yo quisiera cuidar de su cultura, usted va a leer libros que ahora son los famosos universalmente, pero van a pasar cincuenta años para que se traduzcan ¿Por qué no se los leo de una vez? Yo le traduzco en voz alta del francés, inglés e italiano. De modo que los muchachitos que me salen ahora con Kafka, con Joyce, Rainer María Rilke, Anderson… todo eso lo leí chiquitito. Como dicen en mi tierra: chiquitito yo leí todo eso, me lo leyeron. ¿Kafka? ¡Que coman “kafka”!

Después me dijo: no puedo ayudarlo a usted como yo quisiera, Andrés, porque vengo tarde a comer, vuelvo noche a cenar ¿Por qué no hacemos una cosa? Hay dos recámaras, murió mi papá y se casó mi hermano Mario ¿Por qué no elige una cama y se queda a dormir para que después de la cena le pueda leer en voz alta para cuidar su cultura literaria? ¡Bonita trampa! Y yo sabía que era trampa e hice como que había caído en la trampa.

A partir de entonces pasé del huarache al Packard último modelo; de a pie o de camiones destartalados a coche con chofer uniformado, de huarache al Florsheim; de la manta o la mezclilla que ahora se ponen ustedes como máxima elegancia pasé al casimir inglés; del percal a la camisa de seda y a la corbata, y de los chicharrones, de los tacos, al caviar, al salmón. Je je je. ¿Fue muy  violenta la transición verdad?

Del huarache al Packard último modelo; a chofer uniformado. Le preguntaban a Moreno Sánchez – yo era alumno de Leyes- ¿Qué pasó con Andrés? y él decía: él siempre fue rico lo que pasa que estaba peleado con su familia. Ahora mismo, mamacita, me da lo mismo comerme unos taquitos que caviar, tomarme un mezcal que tomar champaña. ¡Me da igual!

Nota de la redacción: Mañana la parte IV




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