FERNANDO AMAYA*
Un solo de trombón, un coro a contra-canto, la puesta en escena de un tema antiguo que no había ganado la fama que le correspondía, y un nombre, a partir de esos hechos, imperecedero. Sí, ese nombre, durante mucho tiempo asociado al de otros grandes de la salsa neoyorquina, Héctor Lavoe y Rubén Blades, alcanzó su nivel más alto en la recreación de un tema que se constituyó en bandera de la rumba del corazón. Por supuesto, es amplio el repertorio de Willie Colón, pero sobresalen El gran varón, Oh qué será, qué será, Hasta que te conocí, Gitana y Talento de televisión, porque marcaron, a generaciones de receptores humanos de la fabulosa salsa caribeña, apropiada y diseñada desde la ciudad de los rascacielos y las emigraciones.
Incluso a quienes no tuvieron como preferencia especial escuchar salsa, las canciones de Willie Colón les llegaron a infundir el gusto de algún recuerdo, un paseo por parques y alamedas, y hasta el convivió en donde se prendaron de amores fortuitos o cautivos que, al final, amores eso es lo que son. En especial “Idilio” habla de un amor de la madurez, de su dificultad, pero también de su inminencia, de su improbabilidad, pero también de su realización.
Son esas las contingencias que hacen un momento especial de la experiencia humana, la aspiración del más noble de los sentimientos que cualquier ser humano pueda experimentar. Su incumplimiento o realización son punto y aparte, motivo de otro formato o de otro estilo no el que se da en la secuela de lo que escribiera Lope de Vega en su Siglo de Oro: “dar la vida y el alma a un desengaño”, para creer que el cielo en un infierno cabe. Otros son estos tiempos en los que se prohíbe hablar del desamor en el canto, la narrativa y la poesía, pero también harina de otro costal y no de este que estamos llenando a la inmediata memoria de un sonero mayor, tan mayor como Cheo, como Maelo, como Moré y tantos más.
Pero para este caso es la voz de Willie Colón, sonando en los temas enunciados y en tantos más donde aparece como voz líder o escoltando a otros grandes en álbumes señeros de la salsa mundial. Esa voz que no tiene los timbres brillantes de las otras, pero sí matices que nos remiten a los sitios de origen de los ritmos caribeños englobados en la salsa, empezando por Cuba, pasando por Puerto Rico, Dominicana, Colombia y Panamá, hasta llegar a Nueva York con el fenómeno de la Fania y el perfil del jazz latino, que de ahí se echó a recorrer el mundo sin asumirse, obligadamente, a un sitio de formación o pertenencia. Vamos a dejar que esa voz nos siga cantando en el tema de nuestra preferencia y que el trombón de Willie nos suene en los intros de La Murga, para dar paso al incentivo vocal de Lavoe, y después al timbre broncíneo del cuatro de Yomo Toro. Y a desear una paz sin tregua para nuestro artista predilecto, por generoso y humano, por entusiasta y valiente.