Zavala dijo, a las diez.
A temprana hora, cordial, la ciudad despierta, se despereza, en las lomas estira los brazos, se arremolina en su cama de canto de aves .
En la secundaria 106 tomé el camión de la Ruta 20, pude mirar desde la ventanilla las casas rotas, la calle con su banqueta destrozada, los colores de la tristeza.
Zavala me había dicho que ya contaba con una oficina por Santa Lucia, que habría de darle uso.
Hay que ponerle mezcales, dije.
¿Mezcales?, preguntó sorprendido. Sí, hay que armar degustaciones, saboreadas mezcaleras a bajo precio para compartir con los degustadores de mezcal la historia de la bebida y de la ciudad.
No hay tradición sin geografía, eso tenía claro. Y no hay geografía sin literatura.
Desde hace años traigo una pregunta en la cabeza, ¿desde cuándo Oaxaca y su mezcal se convirtió en símbolo de la poesía?
Hablamos de Malcolm Lowry, de Rulfo, de Fuentes, de muchos autores que han incluido al mezcal en sus textos, pero nada sabemos de quién, en qué obra, en qué año el mezcal entró a una obra literaria.
Saber este dato nos dará rumbo para iniciar la historia del mezcal.
Tengo ya la respuesta, estoy dispuesto a compartir con los degustadores la información.
El nombre lo es todo, lo saben las ciudades y lo saben los seres humanos.
¿Desde cuándo lo que conocemos por mezcal se llama mezcal? Nadie lo informa, ni productores, ni acaparadores, ni comercializadores lo conocen.
Se olvidaron del nombre.
Por estás fechas, los que se asumen «cultos», hablan de los mezcólatras. ¿Quién utilizó el término por vez primera? En qué obra literaria quedó escrito? ¿En qué año?
Beber forma una cultura.
Para disfrutar del mezcal habrá que levantar preguntas, seguir indicios.
Zavala dijo, el viernes nos vemos en el zócalo, a las diez.