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El monólogo del deseo

(La mujer del umbral, poema de Araceli Mancilla, en Mano Santa Editores)

EFFE MONTESDEOCA / Fotografía: ARACELI MANCILLA

La flautista que se va regresa.

No es la misma.

Es otra.

Es el deseo encarnado

(el deseo encarado)

que vuelve sobre sí mismo y no se alcanza.

No habla

(la flautista)

Observa, pero nos habla

en esa voz que piensa

(que la piensa).

Y narra

Es la voz que la poesía le otorga.

La voz que sin hablar estuvo ahí y en todos los banquetes de la historia.

Nos habla como música

La música del deseo

La música que es deseo

La música de las palabras y todas las músicas

La del cortejo

La de la espera

La que no alcanza

La que toca la flauta con palabras.

 

Pero quien habla es la poeta transfigurada.

Toma las voces del deseo.

Del deseo constante que nos persigue

pero no se sacia

Desea como un latido de palabras,

no en un diálogo,

sino en el monólogo del deseo que se habla como si le hablara a lo deseado,

allá del otro lado,

del lado de lo que no se posee y por eso se desea

(le enseña Diótima a Sócrates, y se parece a Lacan en que lo deseado es fantasma);

pero la flautista que piensa en secreto

hace con las palabras un cuento.

El cuento de la espera.

Mesurado.

En ritmo pausado.

Una respiración.

serena

y suave,

pero que desea.

Imagina

Teje

Con otra sabiduría

La sabiduría

de la respiración que no se agita.

Prudente y sin sobresaltos

Fiel a su música,

se mece

duerme

y sueña.

La flautista despierta en un sueño en donde otra voz la hace hablar.

Es una historia dentro de otra historia

la historia de la flautista que llegó al banquete con los borrachos y no dijo nada: escuchó.

Es una metaficción

Pero, se preguntaría Sócrates, que todo preguntaba: ¿es la poesía ficción?

Y uno no puede saber qué respondería Sócrates.

 

Desde el umbral,

la flautista-poeta nos cuenta su deseo que se le desliza por el cuerpo mientras las palabras de los hombres, al fondo, piensan.

Ese ruido de fondo: las palabras pensadoras.

Hombres.

 

El umbral es la escena en donde transcurre el cuerpo que desea

en la serenidad de la contemplación,

antes del disturbio,

en la armonía de la distancia

en el equilibrio de la composición.

 

El umbral es el lugar en donde la poesía fulgura

es, ni más ni menos,

el daímona, el daemonium, el demonio que une lo terreno con lo divino,

le explica una vez más Diótima a Sócrates.

El amor y la poesía son un demonio

porque buscan lo eterno (y lo divino)

La flautista desnuda es el deseo autocontenido.

En un vaso.

Sagrado.

El cuerpo.

En un altar con las velas encendidas,

que late y pone en juego la materia del deseo, que es el fantasma:

esa visión de la flautista

(la única entre hombres)

esos hombres que la rodean y a quienes en realidad ignora,

porque esta vez la única voz que habla es la suya,

la escena es la suya,

las otras voces son sólo ecos,

los fantasmas del deseo

que se vuelven, en su hambre evocada, su cuerpo de palabras.

 

Se parece a lo que Linda Hutcheon llamó “metaficción historicista”:

una manera “posmoderna”, la llama ella, de reintegrar la historia desde el presente, de reinventar el pasado y de crear, al mismo tiempo, el presente. La voz de la flautista-poeta, muda (y nula) en el banquete del amor, hace su música desde el presente con la entera voz de su deseo.




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