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«San Juan Luvina», del Blog literario de César Rito Salinas

Las palabras corren sobre lo perecedero, el papel flota repleto de tachaduras y flechas, indicaciones. La historia la contó Camilo, la tarde en que fueron al bosque a levantar los postes para señalar el camino hacia Luvina. La autoridad municipal me había invitado a subir al pueblo que lleva el nombre de uno de los cuentos de Juan Rulfo, San Juan Luvina.

En asamblea acordaron que el pueblo se sumara a los festejos nacionales por la celebración de los cien años del natalicio de Juan Rulfo, que a mediados del siglo pasado caminó por la sierra Juárez. “Se va a poner bueno”, dijeron, anunciaron la inauguración de la biblioteca; ese día los encontré en Bar Jardín, en el zócalo de Oaxaca, hacían gestiones para el festejo. El gobierno se mostró desconfiado, las autoridades del pueblo no lograron nada, pero nunca perdieron el ánimo amable.

– Quisiera pasar la noche en esa choza –dijo Pablo y señaló un claro donde unas paredes de tabla se levantan al fondo del barranco.

– Está ocupada –atajó Camilo con un gesto severo en el rostro; la camioneta de la policía municipal descendía por la brecha.  El sábado a la mañana se comunicó Pablo: “tienes que llegar a Cerro Perico”. Llegué al paradero sobre la carretera del bosque, caía el sol. Las copas de los árboles se agitaban allá abajo, desde lejos se veían como la panza de una bestia echada en el patio. En el restaurante del camino estaban dos personas sentadas a los extremos de una mesa, una mujer y un hombre. Ella miraba el fuego de la estufa, algo se cocía o recalentaba, olía a guisado; el joven miraba el televisor.

_ ¿Pablo? –dijo ella-, es mi cuñado.

La tarde caminó entre el bosque como niño que marcha perezoso al mandado.

– Viene –dijo la mujer del restaurante sin despegar los ojos de la lumbre.

Cuando llegó Pablo descendía la temperatura, pero dentro del restaurante el clima era tolerable.

_ ¿Ya comiste?

En el asiento trasero de la cabina iban tres hombres silenciosos, bebían mezcal. En cada tercer recodo Camilo ordenaba a Pablo detener la marcha. De la batea sacaban barreta y tablas, el polín donde fijaban la flecha con la ruta. El bosque mantenía ese silencio que se levanta en la cocina, junto a cacerolas y afilados cuchillos, cucharones; la quietud de los árboles cargaba una voz que no logré distinguir entre el frío y las sombras, y me resultó algo conocida. Los tres hombres que nos acompañaban en la cabina no decían palabra, de tanto en tanto se pasaban la botella de mezcal y bebían como obedeciendo una orden. El camino serpenteaba, descendía profundo, perseguido por la oscuridad de la noche que caía sobre el bosque

_ ¿De quién es? –preguntó Pablo con la vista fija en el camino, aludiendo al rancho de tablas.

_ Del Diablo –dijo Camilo.

Luvina aparece como una herida que cuelga al borde de la tierra, que se niega a caer; ella extendió la mano con su amplia sonrisa.

_ Me gusta leer –dijo.

María Isabel era la hija menor de Camilo. En la tarde del día siguiente a mi llegada, pasada ya la exposición de pinturas que llevó Pablo, colgada en la planta baja de la agencia municipal, Camilo me presentó a su familia, la mujer y su hija. La autoridad municipal tenía anunciado que en la tarde del tercer día de festejos se presentaría un poema en escena; no conocía a nadie en el pueblo, a parte de los integrantes de la autoridad municipal, el cabildo que me había invitado, la pieza requería la participación de tres mujeres.

– ¿Una mujer lectora? Preguntó Camilo con una sonrisa.

– Está mi hija –dijo y señaló a María Isabel, una adolescente- es lectora.

A espaldas de la agencia municipal dije a la pequeña:

– Vas a leer en el corredor de la agencia, en la noche, estarás entre el público mientras al frente la curandera hace el desalojo, la curación a otra mujer.

– Si, no hay problema –dijo.

Antes de montar el poema en escena en la parte alta de la agencia municipal -el espacio donde la autoridad dispuso que no suben las mujeres- recordé las palabras de aquella tarde en el bosque, cuando se pusieron las señales del camino.

– Esa es el agua del Señor -dijo Camilo.

– ¿Qué señor? –preguntó Pablo.

– El Diablo.



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