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«Tu’uk ayuujk/Una palabra»: su significado cultural, lingüístico y pedagógico

BULMARO VÁSQUEZ ROMERO*

Después de haber leído pausadamente el libro Tu’uk ayuujk/Una palabra, creo de verdad que para los que estamos vinculados con el trabajo docente en las comunidades indígenas de Oaxaca constituye un gran regalo.

El significado de este libro como regalo tiene que ver con su gran valor cultural, lingüístico y pedagógico especialmente para quienes en la ENBIO se están formando para defender las lenguas indígenas y las prácticas culturales comunitarias de nuestros pueblos y comunidades.

Creo que este gran valor del libro a que me refiero puede ser apreciado y aprovechado por quienes trabajan y quienes estudian en esta institución si la lectura del mismo se hace desde algunas preguntas relevantes e indispensables:

¿Para qué nos puede servir este regalo?

¿A qué puede mover o motivar la lectura del libro en el trabajo como profesor formador o como profesor indígena en formación?

¿De qué corazón y de qué rostro viene este libro y hacia qué corazón y qué rostro apunta su aporte cultural, lingüístico y pedagógico?

Desde esas interrogantes quiero compartir con ustedes las reflexiones siguientes.

Está claro para todos nosotros que vivimos hoy en día situaciones muy críticas, amenazantes de la vida humana, a causa de la pandemia sanitaria que causa tantos estragos en el mundo entero. Es tal la crisis que tenemos en nuestras vidas cotidianas, personales y colectivas o comunitarias, que, se dice por todos lados, sólo podemos ocuparnos de nuestras relaciones en y con el mundo de aquello que sea verdaderamente ESENCIAL.

Y ¿qué es lo verdaderamente esencial para quienes vivimos acostumbrados a las prácticas comunitarias indígenas? Yo me atrevo a pensar que justamente en esta circunstancia es esencial defender, recrear y ampliar tanto como sea posible el modo comunitario de vida que es propio de nuestras comunidades y pueblos originarios.

Y ¿por qué pienso así?, pues porque veo que no sólo padecemos una pandemia sanitaria o que amenaza la salud y la vida humanas, sino peor todavía: llevamos muchas décadas bajo una “pandemia cultural etnocida”. Esta pandemia cultural etnocida, si ustedes quieren, es una metáfora, pero la denominación se funda en la terrible realidad que tenemos con el lento, pero casi irreversible, proceso de desplazamiento de las lenguas indígenas en Oaxaca y en todo México, en la pérdida de las prácticas respetuosas de la madre tierra o la naturaleza, depredando todos los recursos naturales: el agua, los bosques, los mares, las tierras de cultivo; también en la destrucción, el desplazamiento o la colonización de las identidades originarias al cambiar las prácticas de vida comunitaria de cuidado de la vida de todos los habitantes, la salud, la educación en y por el trabajo colectivo, la convivencia social con armonía; esto sólo para referirme a lo más visible e innegable.

Es decir, para el caso de México, el tiempo histórico de la colonización no ha terminado, a pesar del triunfo del movimiento de Independencia Nacional y de los cambios sociales propios de la etapa de la Reforma Juarista y luego de las transformaciones de los regímenes emanados de la Revolución Mexicana.

Dicho de otro modo, aún hoy que se pugna por hacer en el país la cuarta transformación histórica, vivimos en mucho avasallados por una gran enajenación cultural e identitaria muy dañina para la sobrevivencia de los pueblos originarios en cuanto tales, es decir, muy dañina para la preservación y el desarrollo de las prácticas culturales y las lenguas de pueblos y comunidades indígenas.

Y, ¿qué es lo que hace posible esta continuación de la colonización cultural enajenante que nos sigue llevando a la silenciosa pero apabullante pérdida de las lenguas, las prácticas culturales y las identidades indígenas a lo largo y ancho del país? Desde hace algún tiempo, a causa de mi trabajo como profesor en comunidades indígenas primero y luego como profesor en varias escuelas normales (y de ellos 17 años en la ENBIO), me he dado cuenta que en esto se juega mucho la complicidad nuestra como factor que ayuda o hace posible esa colonización vigente que nos está desapareciendo como pueblos originarios, con una visión y un modo civilizatorio propio, muy distinto al impuesto por el salvaje capitalismo imperante.

Lo que intento subrayar o enfatizar, entonces, es que estamos sometidos aún a una colonización hoy en día y que en buena medida eso sucede porque somos cómplices de esas visiones, prácticas y modelos impuestos por los que históricamente han sido y siguen siendo “los de arriba”, los que nos mandan, nos manipulan y nos someten desde los
poderes político, económico y cultural.

Desde el surgimiento y luego con el desarrollo del movimiento zapatista nos planteamos decir “YA BASTA” a ese proceso de destrucción de nuestros pueblos originarios. Pero debe quedar claro que no es suficiente con un discurso que se quiere alternativo a la colonización. Mucho más valioso que los discursos de emancipación son las prácticas individuales y colectivas emancipatorios. Es decir, lo que nos hace falta más que nunca es replantear y profundizar nuestras prácticas culturales, lingüísticas y pedagógicas, sobre todo quienes de una u otra manera hacemos parte de la educación indígena en este caso.

Y prefiero referirme a una educación indígena contemporánea, porque la denominación de “educación bilingüe e intercultural” ha sido pensada y ha servido más para disfrazar la colonización que se continúa a través de las prácticas de enseñanza en las escuelas indígenas. Por eso he apuntado que participamos como cómplices de esas prácticas que le dan sentido a lo que llamé la “pandemia cultural etnocida”.

La pandemia sanitaria nos ha puesto a todos a implementar ACCIONES EMERGENTES, orientadas a mantenernos a salvo del contagio del virus letal. En buena medida esas acciones emergentes llegaron para quedarse pues el virus no va a desaparecer, aún con las vacunas que se están produciendo.

En el caso de la pandemia cultural etnocida, igual de silenciosa y aniquilante que la pandemia sanitaria, tenemos que preguntarnos cuáles son las ACCIONES EMERGENTES que nos pueden salvar del desastre, es decir, de la desaparición de nuestras lenguas y culturas originarias. Y aquí, de nuevo, me encuentro en posición de decir que lo importante no está en los discursos que portamos o reproducimos, por muy emancipatorios que sean, insisto en que la descolonización cultural, lingüística y pedagógica requiere del replanteamiento de nuestras prácticas cotidianas, individuales y colectivas.

De verdad creo que esta es la cuestión nodal que nos requiere y en el interés de precisar este planteamiento intentaré ahora esbozar solamente esas acciones o prácticas que tenemos que replantear y/o profundizar y digo esbozar porque ha de ser el trabajo continuo y esforzado de quienes compartan este mismo interés el que vaya mostrando el camino correcto y sus avances posibles.

Como prácticas culturales emergentes hoy en día es fundamental que en las escuelas (desde el nivel básico hasta el superior) se ponga en el centro del trabajo formativo eso que le da sentido al modo indígena de vivir: las prácticas centradas en el modo comunitario de existir, poner el interés mayor en el bienestar de todos y no el individual, a través del tequio, de la guelaguetza o intercambio material y simbólico, el servicio a la colectividad o comunidad como propósito central al ocupar cargos, las convivencias, celebraciones o fiestas colectivas que fortalecen la identidad entre nosotros y nuestros pueblos.

Las prácticas lingüísticas emergentes comprenden:

-La producción de libros en lenguas indígenas y español, al modo de este libro o de otras maneras, ocupándose de temas de interés formativo sobre la propia historia, la poesía, el cuento y todo lo que tenga que ver con una narrativa propia de nuestras comunidades y sus intereses para los niños, las mujeres, los jóvenes y los mayores.

-Instituir eventos para revitalizar las lenguas originarias por medio de la literatura, la música, el teatro, la danza e incluso el cine. Ahí están las experiencias y oportunidades que ya ha venido adelantando el CASA con sus premios a diversas producciones, pero hay que buscar para esto apoyos como los que le corresponde otorgar al INALI, al INPI, incluso los que pueden obtenerse de algunas universidades, fundaciones y otras organizaciones sociales dispuestas a un trabajo colaborativo o compartido.

-Producir más materiales didácticos para la alfabetización en lenguas indígenas y para la enseñanza de temas relevantes de la propia historia, la geografía y los saberes sobre prácticas de sanación o de cultivos, por ejemplo.

Y las prácticas pedagógicas emergentes comprenden por ejemplo:

-Cambiar el sentido bancario de la educación y de la escuela, es decir, asumir que un educador/a indígena contemporáneo/a no enseña a los niños y jóvenes depositando en ellos cúmulos de informaciones de las asignaturas, sino se convierte realmente en educador-educando, capaz de aprender de y con sus alumnos, investigando con ellos, experimentando o construyendo nuevas experiencias con ellos, atreviéndose a crear otros currículos, otros modos de ver, de pensar y de hacer el mundo en que vivimos.

-Devolver las escuelas a las comunidades para que éstas participen en las formas de educar a niños y jóvenes como pertenecientes a un pueblo con una cultura, una lengua y una historia propias. En este mismo terreno sitúo la obligación que se tiene de que los egresados de la ENBIO vayan a servir a las comunidades y pueblos originarios a los que pertenecen y no a comunidades con lengua y cultura ajena a la suya, si esto no se respeta entonces me atrevo a decir que no habrá nada de Nueva Escuela Mexicana, como dice la SEP que se pretende.

Para una casa de formación de los educadores y educadoras indígenas contemporáneos, esto implica una  participación crítica y autocrítica muy fuerte, decisiva, incluso audaz. Porque no es posible pasar de la colonización a la descolonización de nuestras identidades sino a partir y por medio del ATREVIMIENTO. Los profesores formadores y los profesores en formación en esta casa que es la ENBIO, han de ser cada vez más atrevidos, individual y colectivamente, para repensar, replantear y reconstruir las propuestas pedagógicas y didácticas que requerimos hoy para una auténtica educación indígena contemporánea, esto es, una educación centrada en prácticas culturales, lingüísticas y pedagógicas que de verdad salven a nuestros pueblos y comunidades manteniendo con vida el proyecto civilizatorio que les es propio.

Y por eso vuelvo a la idea de que este libro del maestro Federico Villanueva Damián, es un gran regalo, especialmente para los habitantes de esta casa de formación. Insisto, la lectura de este libro puede ser muy sugerente para ustedes, sobre todo en el marco de las preguntas y las reflexiones que aquí les he compartido. No dudo que habrá quienes disfruten y asuman entonces esta oportunidad de usar el libro como herramienta para pensar y mejorar las prácticas lingüísticas, pedagógicas y culturales que nos resultan hoy por hoy esenciales y emergentes. A quienes se atrevan, les deseo mucho éxito en esta digna tarea.

*El autor del texto, leído durante la presentación del mencionado libro el pasado 12 de febrero, es ex director de la ENBIO con un amplio historial en materia de pedagogía en comunidades indígenas. 




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