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Tamayo, rebanada de sandía

… mejor y mejor y más sencillamente…

Maupassant, Miscelánea

Para Carmen Elisa, por el viaje

La mañana del domingo, desde temprano, se escuchó la sierra eléctrica.

___ ¿Qué crees?, el vecino está cortando el árbol –dijo la mujer.

Monte Albán amanecía coronado de nubes, desde el patio de la casa, al levantar la vista se veía la loma cargada de casas de material (gris del cemento, blanco de cal, ocre de óxidos).

___ Los vecinos están construyendo –dijo el hombre.

A las faldas de Monte Albán, por la colonia Margarita Maza, a espaldas de la escuela primaria Policarpo, descendía el cauce del arroyo; era agosto, empezada la canícula, los migrantes deambulaban por las calles estrechas, ganadas a la loma.

En la mañana el zumbar de la sierra espantó a los pájaros, en el patio la mujer puso aceite a los frijoles, el hombre hacía leña de una rama de jacaranda.

La tarde anterior la mujer había comentado al terminar la comida: “mira, parece el campo de Tanzania”, señaló al fondo del patio el cielo azul: el árbol de framboyán agitaba su espesa copa reverdecida, frondosa.

A la hora del desayuno la sierra eléctrica no dejó de elevar su canto.

___ Quiero meter gallinas –dijo la mujer.

En la poza del patio los pichones se revolcaban en el agua estancada; muy temprano, cuando la vecina hacía tortillas, a la hora de lavar el nixtamal las palomas peleaban los amarillos granos caídos de la pichancha de barro: peleaban como ratas por el maíz cocido.

Al momento que dejó de zumbar la sierra se escuchó el canto de los pájaros.

___ Denúncialo –dijo el hombre.

___ No se puede, está en su terreno –dijo la mujer.

En la mesa estaba servido el chocolate de agua, el pan de yema; en la lumbre hervían los frijoles.

___ Los borrachos hacen menos daño –dijo el hombre.

___ Los borrachos no cortan árboles, alegan y luego duermen, no más –dijo la mujer.

Desde las calles de la colonia Margarita Maza se veía al fondo el río grande de aguas revueltas, la ciudad vieja, los cerros de San Felipe y El Fortín; las nubes de agosto cubrían el valle central.

___ Desayunaste poco –dijo el hombre.

___ Estoy subiendo de peso –dijo la mujer.

Al mediodía corrió un aire suave, en la loma árboles y casas peleaban el espacio en peligroso equilibrio. En la calle vagaban los perros. Había iniciado el temporal de lluvias; repentinamente los árboles peleaban la tierra con los vecinos.

Se escuchó el canto de los evangelistas, en el servicio religioso del domingo.

___ ¿Fue al templo Linda? –preguntó el hombre.

___ No, no fue –dijo la mujer.

Chirimolita, la perra, corría de un lado para otro en el patio; sacó la lengua, tenía sed.

El hombre despertó de la siesta del domingo, salió al patio; “tuve un mal sueño”, dijo a la mujer.

HAY UN AIRE de burdel sobre cubierta, navegan litros del alcohol en los pañoles; segundos antes de hacer la guardia, Rodrigo de Triana caminó aburrido sobre cubierta, levantó la vista, contempló el palo de mesana, luego subió por la escalera de gato. Oscuros peces salitrosos contemplaron los ojos abiertos de los navegantes. Calma chicha. La embarcación rayó el mar; la pleamar volvía a las islas, desmemoriada. Babor y estribor. No hay capitán que mande ciar en la hora del velorio, el barco deambula entre bostezos –clavó la proa sobre aguas oscuras de las honras funerarias. En la popa el viento agitó su corbatín, pedante padrote, mientras movía su cabeza de un lado para otro; en Palos, mi padre, crío yo, me fue a dejar con el Almirante para que integrará mi alta a esta tripulación exótica.




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