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Parque Álamos

Aún recuerdo la última vez que hablé con mi primo Servando Sosa y con mi tío Darío Fernández. Cómo olvidar esa terrible tarde de septiembre. Lo más seguro es que ambos murieron ese día. Incluso se podría decir que yo participé en la muerte de Servando.

Todo empezó alrededor de las seis de la tarde. Había salido temprano del trabajo y estaba recostado en mi cama. Trasmitían un programa de concursos en la televisión.

Me estaba quedando dormido cuando mi celular empezó a vibrar.

Durante un momento pensé en no contestar, pero al final me incorporé, tomé el móvil que estaba en el buró y respondí la llamada.

– ¿Bueno?

– Pablo, ¿eres tú?

– Sí.

– Primo, ¿Cómo estás? Soy Servando.

– Qué milagro, primo. ¿A qué debo el honor?

– Estoy en medio de una situación complicada. Nada del otro mundo. Nada peligroso. Disculpa que no haya podido llamarte estos últimos meses. Casi siempre estoy muy ocupado desde que me vine a vivir a Jalisco. La cuestión primo, es que ahora mismo tengo un pequeño problema y tú me puedes ayudar a solucionarlo.

– Claro, Servando. Dime… ¿Para qué soy bueno?

– La vida es extraña. Resulta que tu número es el único que conozco de memoria. Supongo que se me quedó por todas esas veces en las que te llamaba desde el teléfono de mi casa, en esos jueves cuando nos reuníamos en tu departamento a jugar póker con los otros cabrones. ¿Te acuerdas?

– Sí, me acuerdo muy bien.

– Tengo que ir al grano, primo. El punto es que vengo bajando de un taxi y mi celular ya no sirve. Estoy en un teléfono público. Debo moverme rápido. Tengo entendido que tú tienes el número telefónico del tío Darío, ¿cierto?

– Sí, lo tengo.

– Perfecto. Necesito que le llames cuanto antes y le des un recado de mi parte. ¿Puedes ayudarme con eso?

– No le veo mayor problema.

– Está perfecto. Llámale y dile que ya estoy en Tapalpa. Listo para cerrar el negocio de las frambuesas.

– ¿Frambuesas?

– Sí carajo, primo. De las jodidas frambuesas. ¿Puedes hacer eso por mí?

– No veo porque no.

– Gracias Pablo, te debo una. Prometo llevarte una botella de Etiqueta Roja la próxima vez que vaya a la Ciudad de México.

– Me gusta esa idea. Me gusta mucho.

– Bueno, te dejo. Cuídate… y gracias.

Colgó en ese momento. Abrí el menú de mis contactos en el celular y busque a Darío Fernández. Marqué el número y comenzó a sonar. Al cuarto pitido alguien descolgó. A los cinco segundos escuché la voz de mi tío. No sonaba normal. Parecía como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por hablar. Como si hubiese corrido varios kilómetros sin detenerse.

– ¿Quién es?

– Tío… soy Pablo. ¿Cómo estás?

– Pablito, qué gusto escucharte. Llamas en el mejor momento, querido sobrino. Estoy seguro de que esta será la última llamada que contestaré en mi vida. Me alegra que seas tú quien esté al otro lado de la línea.

– ¿De qué hablas?

– Estoy en un lugar hermoso. Ojalá estuvieras aquí para verlo. El sol se esconde entre las montañas. Las olas del lago se mecen con suavidad. Una gaviota nada frente a mí. Veo las aletas de unos peces a la distancia. Supongo que muy pronto seré su cena.

– No entiendo lo que dices.

– Me dieron sobrino. Una maldita bala fue más que suficiente para quebrarme. He perdido ya mucha sangre. Se acerca mi final.

– ¿Dónde estás tío?

–  En Jalisco. Siempre supe que era mala idea permanecer aquí. No te preocupes por mí, sobrino. Ya esperaba esto desde hace tiempo.

– Servando me pidió que te dijera algo.

– ¿Servando? Carajo… ¿Dónde está? ¿Cómo lo contactaste?

– Me llamó hace un par de minutos. Dice que está en Tapalpa.

– Mierda… puta mierda. No debería estar ahí.

– Dice que ya está listo para cerrar el negocio de las frambuesas.

– No… que no lo haga… es una puta emboscada. Ya lo están esperando. Le mandé un mensaje al celular para que abortara la misión.

– Me dijo que su celular se descompuso.

El tío Darío comenzó a toser varias veces y se escuchó como si escupiera algo. Su voz era más tenue cuando volvió a hablar.

– No puede ser… no puede ser. Me queda poco tiempo, sobrino. Debes llamar a Servando y decirle que abandone la misión y se vaya de Jalisco cuanto antes. De lo contrario lo van a matar. Se puso muy caliente la situación. Ya no me quedan muchas fuerzas. Ni siquiera puedo sostener el teléfono. Prométeme que le vas a decir que aborte la misión.

– Lo prometo.

– Gracias sobrino. Nos vemos en la próxima vida. Adiós.

En ese momento colgó el teléfono. Busque Servando Sosa en los contactos del móvil y justo antes de marcar recordé que Servando no traía celular y me había llamado desde un teléfono público. Busque en mis llamadas recientes pero aparecía como número oculto. No había forma de contactarlo. Intenté volver a localizar al tío Darío pero me mandaba directo al buzón de voz.

Pude haberle dado desde un principio a Servando el número telefónico del tío Darío para que él lo llamara directamente. ¿Por qué no se nos ocurrió a ninguno de los dos? Ahora ya no había nada que hacer. Me recosté mientras pensaba en lo que acababa de suceder… y en lo que sucedería muy pronto.

Pasó una media hora y me levanté de la cama, me puse una chamarra, salí de mi departamento y cruce la calle de Cádiz hacia el Parque Álamos. Me senté en una banca y encendí un cigarro y luego otro y luego otro más.

Los aviones volaban por encima de los árboles dirigiéndose hacia el Aeropuerto Benito Juárez. Un hombre le arrojaba una pelota de tenis a su perro. El animal corría a través de los carrizos que rodean al Planetario, la recogía con su hocico y se la regresaba a su dueño. Ninguno de los dos se aburría de hacer exactamente lo mismo una y otra vez.

Eran aproximadamente las diez de la noche cuando me levanté de la banca y regresé hacia mi departamento. Estaba por cruzar la calle cuando miré hacia el oriente. Un automóvil negro muy antiguo bajaba por la calle de Fernando. Entró hacia Cádiz y pasó lentamente frente a mí. Las ventanas de atrás estaban cubiertas por cortinas negras y el conductor utilizaba una boina. No se veía su rostro. Había una muñeca de porcelana incrustada en la defensa a modo de insignia. Cuando llegó a la esquina con Andalucía, aceleró de la nada y lo perdí de vista cuando tomó la calle de Alfonso a toda velocidad.

Y eso es lo último que recuerdo acerca de ese día.

 

 

 

 




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