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Dos postales con Toledo

JORGE MAGARIÑO/ Fotografía EL PAÍS

Una mañana, que se pierde entre la bruma del tiempo, caminaba absorto mirando las casas  de cantera edificadas en  la calle Alcalá, de la ciudad de Oaxaca. Mis ojos se llenaban con la luz y el color del cielo, las flores, la vestimenta de las mujeres.

De pronto, una figura conocida apareció en la acera contraria a la que yo andaba. Un hombre delgado, de tez morena, bigote y cabello con canas; vestido con pantalón y camisa holgados, subía, llevando  sobre la espalda una rústica silla  de madera. Le seguí con la mirada hasta que ingresó al Instituto  de Artes Gráficas, el IAGO, como le conocen.

Al día siguiente me lo encontré sentado en una de las mesas del bar Jardín, en pleno zócalo. Esperé a que terminara el sorbo de café. Le saludé y pregunté en zapoteco si podía  sentarme con él. Asintió. Luego de conversar por unos minutos, le  recordé la escena de la  mañana anterior.

Dije que me sorprendió ver a un artista de su talla, cargando una silla por las calles de  la ciudad.

Sí –respondió-, la fui a comprar a la Central de abastos y de allá  me la traje. Es que los del INBA mandaron sillas metálicas para el IAGO, y no van con la casa ni con el mobiliario. No quise pedir que  me la llevaran, preferí hacerlo yo, está cerca.

Mis ojos se abrieron como  platos, y el maestro Francisco Toledo sonrió. La Central dista unas quince cuadras del Instituto.

Como diez años después, acometí la empresa de compilar material para  un libro que se llamó Laguna superior Poetas del Istmo oaxaqueño, en cuyas páginas centrales aparecen imágenes en colores con obra de artistas plásticos  de  Juchitán,  uno de mis dos pueblos (el otro es Santa María Xadani, donde actualmente  vivo).

Una vez que mi querido amigo Carlos Montemayor había aceptado escribir el prólogo, lo más lógico para el proyecto era que la portada mostrara algo  del  genial pintor juchiteco Toledo.

Apronté  mi itacate y me dirigí hacia Oaxaca  para buscar al Maestro. Luego de viajar por cinco horas en autobús, llegué a mi destino y tomé un taxi que  me llevó a los baños Reforma, ya desaparecido. Una vez que disfruté del vaporazo y la ducha, encaminé mis pasos al café La Antigua, donde apuré mi desayuno.

Hacia el mediodía fui al IAGO, me habían dicho que ahí podría encontrar  al gran pintor. Quiso la fortuna que lo hallara en el patio central del edificio, así que sin más le expuse lo del libro, cosa que le pareció interesante, y aprovechando el viaje le pregunté  si me autorizaba a utilizar la foto de una obra suya, para  la portada.

No lo pensó más de unos segundos y aceptó. Por supuesto que durante ese lapso mi corazón latió tan fuerte y apresuradamente que él debió haberlo notado y afirmó, antes de que  algo pudiera sucederme.

Llamó a un asistente y le indicó que me llevara a la Biblioteca, para que yo eligiera la imagen. Me  gustó un lagarto azulenco. Llevamos el libro ante  el genio y miró la página.

-Mmm, no creo  que quede bien, por el color puede perderse un poco, pero si es lo que te parece  apropiado, pues  adelante.

Llamó de  nuevo a Luis Manuel, que tal es la gracia del entonces asistente, poeta y arquitecto.

-Dile al fotógrafo que haga una toma y la guarde con alta resolución, para que Magariño pueda utilizarla.

-Sí, maestro –contestó aquél.

Siéntate, me dijo enseguida. Tomó una hoja blanca en tamaño carta y un lápiz.

Mientras esperábamos a que trajeran la memoria usb con la foto, platicamos un poco, escuché cómo le llamó la atención a una mujer que trabajaba con él, cómo le salían expresiones  entrecortadas a la reprendida y su regreso al ágil movimiento del lápiz.

Vi la conformación de un insecto inventado, una suerte de zancudo trazado con líneas quebradas, muy de su estilo. Había leído un par de anécdotas en las cuales  se  contaba de conversaciones  sostenidas con Francisco, al final, el interlocutor recibía de regalo un dibujo hecho al momento. Juro que los nervios me invadieron, pensando en que estaba ante algo similar.

Al poco  rato, Luis Manuel trajo el dispositivo y me lo entregó.

-Bueno, espero que salga bien el libro –dijo. Me extendió la hoja con el insecto y una enorme firma donde se podía leer Toledo.

Salí a la calle con las manos llenas de tesoro, como escribió Jorge Alberto Manrique, después de visitar una exposición del genio que, el cinco de septiembre, cumple un año de haber dejado esta pandémica tierra.

Santa María Xadani, 4 de septiembre 2020.




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