JO KER

CINÉFAGO / Guasón

El Menú

Guasón

⋆ ⋆ ⋆ ⋆ ⋆ Deje todo y corra a verla
⋆ ⋆ ⋆ ⋆ No se la pierda
⋆ ⋆ ⋆ Vale la pena
⋆ ⋆ Puede verla
⋆ No se moleste
∗Evítela como la plaga
 

El Plato Fuerte

⋆ ⋆ ⋆ ⋆ 1/2  No se la pierda

Desde sus orígenes la figura del payaso ha sido un vínculo entre las la clase dominante y los dominados, arlequines al servicio de la élite como instrumentos de entretenimiento, y bufones que divierten a la clase popular con burlas (por lo general de gobernantes) disfrazadas de chistes. El payaso ha sido y es, un sensor del sentir popular y un instrumento de los intereses privados, un individuo cargado de tanta verdad que es necesario ocultarla bajo maquillaje para aparentar ser ingenua e inocente.

Arthur Fleck (Phoenix) ve en la figura del payaso no sólo una manera de empleo, sino un puente a la comedia profesional, una manera de poder vivir en la risa de los demás pues su condición psiquiátrica le impiden tener una risa genuinamente propia así como empatía por los demás. Su vida, aún no sabe por qué, está más cerca de la lágrima que de la sonrisa, algo que lo vuelve vulnerable como se ve en la secuencia inicial de la película, pero que será algo que lo desbordará tal y como indica la tipografía del título JOKER a ras de pantalla.

La ciudad Gótica de Arthur Fleck aunque ochentera, señala los males que habrán de poblar las urbes del siglo XX: ratas gigantes, violencia, inseguridad, contaminación; todo al borde del caos, por lo que no es de extrañar que Fleck tenga pensamientos como: “Espero que mi muerte valga más que mi vida”, pues incluso en el autobús donde todas y todos deberían ser iguales, él es discriminado por su condición mental: Labilidad Emocional, ataques de risa incontrolables que lo hacen ver y sentir como bicho raro, excluido, marginado, indigno de vivir con y como el resto de los demás; algo que hace que el mundo se sienta como escalones en contrapicada, difíciles de conllevar, casi imposibles de subir, agotadores.   

Por suerte existe la televisión, el mejor aliciente de las clases populares que nos permite soñar, alucinar, una vida de fama y reconocimiento donde creemos que nuestros más puros anhelos harán de magnates como Thomas Wayne buenos gobernantes, que conductores de shows como Murray Franklin (De Niro) nos puedan llegar a considerar casi sus hijos, o que la chica que nos gusta por fin sepa que existimos.

Pero la realidad siempre nos alcanza, ya sea en el trabajo, en el metro o la casa misma, y Arthur Fleck lamenta tener que darse cuenta que “lo peor de tener una enfermedad mental, es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”; algo que comienza a escribir en su diario con la mano derecha, y que termina de redactar con la mano izquierda, símbolo de su bipolaridad y esquizofrenia latente que se agravará con la falta del suministro de medicamentos por parte del Estado, a quienes personas como Fleck son como si no existieran.

Es así como Arthur pasará de ser un simple payaso del que todos se burlaban, a uno que se burla del mundo en el que vive, haciendo pagar con sangre a los que lo han humillado y menospreciado de manera cada vez más ascendente como violenta, apropiándose de la figura del payaso como el mejor camuflaje y símbolo de venganza de los más desfavorecidos, que como siempre, la clase alta asocia con los delitos. La figura del payaso como una forma de hacerse existir ante aquellos a los que no les importamos.

Paradójicamente su fracaso en un show de stand up le darán a Arthur la posibilidad de la fama en televisión, pero es algo que se fraguará al final de la historia; de mientras su mente en voz de Sophie Dumond (Zazie Beetz) le confirma que los muertos en el metro son tres imbéciles menos en este mundo, y que aún faltan un millón. Como los muertos eran ‘niños bien’ la clase alta se siente indignada, lo que polariza la afrenta entre ricos y proles (chairos y fifís) lo que hace que la figura del payaso se confirme como un símbolo social, y una máscara que mantiene unido en el anonimato a los que protestan.

Aunado a esto hay una carta que comienza a indagar en el pasado y origen biológico de Arthur, quien se confrontará con la familia Wayne de tal manera que el universo Batman mantiene el génesis que predilectamente siempre ha manejado, así como con el hospital psiquiátrico de Arkham donde conocerá su verdadero pasado, un caso clínico que despoja de toda ambigüedad a la biografía del Guasón, tan detallado que no deja ningún hueco abierto, y tan violento que Arthur Fleck decide acabar con el último eslabón que lo conecta con ese pasado, al mismo tiempo que una verdad se le revela: “Solía pensar que mi vida era una tragedia. Pero ahora me doy cuenta, es una comedia”.

Convencido de que la risa no es felicidad, pero sí una herramienta de caos ante un mundo decadente, vemos el nacimiento del Guasón en su estado más puramente violento, ayudado de la figura del payaso como una forma de burlarse del sistema y de quienes los gobiernan y controlan; vemos a un Guasón bajando por los mismos escalones pero ahora iluminado por un nihilismo (pareciera lúcido) que sólo proporciona la demencia, donde no tener nada es no tener nada que te lastime.

Dejándose llevar por sus pulsiones más oscuras, vemos a un Guasón cuestionar el statu quo en plena televisión, e increparlo (literal) con un arma contando su mejor chiste, estallando los sesos de las buenas conciencias y disparando el gatillo que hacía falta para desatar el efecto dominó en ciudad Gótica, una ciudad envuelta en las llamas de la locura donde qué más da que haya un loco más; un loco que aún sin tener plena noción de lo que es capaz de llegar a hacer (sólo querer ver arder el mundo), palpa en propia sangre el sabor de la venganza, la sangre de la victoria y la sonrisa de la maldad.

*Cinefágo: El que tiene el hábito de comer y devorar cine.

#SeValeLaGula




No hay comentarios

Añadir más