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Tres cacahuates para el almuerzo

La prueba de fuego del poema y el poeta será que le preste atención un crudo, el resacoso, un urgido de palabras –en opinión de Eusebio Ruvalcaba esas letras enfrentarán la prueba del ácido, la lectura del sediento.

Lustroso acero, las palabras ante el necesitado, singular medida; pondré aquí un río, la playa del mar, una ciudad que crece junto a un río anchuroso, una fiesta, el lugar no es exacto, lo exacto será nombrar el clima del hombre que necesita romper el silencio del alcohol.

Sábado, avanza la tarde, el calor, llega la noche, saldré de casa,

sopla el viento fuerte.

Dentro del calor -los zancudos, la tarde, la noche, el mismo calor, la repetición que desespera los nervios-, llegaré a la carretera, atravesaré el puente (en la vida de un hombre que bebe aparece un puente, a veces infranqueable, a veces oportuno), desde la plataforma bajaré las escaleras, llegaré a las vías del tren –puedo distinguir la piedra blanca, diminuta entre los durmientes-, divisaré la explanada del palacio municipal donde corre el viento entre los muros del edificio; llegaré al parque –serán antes de las ocho de la noche.

Sobre el mismo calor, transpiradas las espaldas, llegarán los amigos, harán una invitación, aceptaré la cerveza (una fiesta, una cantina, la calle repleta de conversaciones bajo las estrellas; en cada fiesta se instalan mujeres junto a frías neveras que contienen entre el hielo pequeños envases de cristal oscuro, cervezas de cuartito, las mujeres son conocidas como taberneras).

El calor cesa cuando se dicen palabras que hablan del futuro –como si en la conversación el tiempo transcurriera de otra forma, un poco veloz, un poco lento, memorable. Convencido, aquella noche dije a mis amigos, “seré escritor”.

Me enamoré del calor cuando en la penumbra la tirita que sostenía la blusa de Constanza se deslizó sobre su hombro.

Busco el espacio –solución salina intravenosa-, que alivia la resaca. ¿Qué puedo hacer para que pase el mal tiempo que brota del pasado? ¿Dónde me pongo? Extravié en la cantina el ojo de venado que me regaló mi madre (las palabras ocurren en el orden mágico, pero el escritor se pretende moderno y rechaza la presencia de la magia en sus palabras).

Montar un poema será lo más frío que exista, tan frío como la práctica de la autopsia en el anfiteatro de una ciudad cocida a balas; hay imágenes que me acompañan, en el patio de la casa de mi madre pude ver correr en la carrera a un pollo sin cabeza, perseguido por el cuchillo, del pescuezo roto brotaba roja sangre devorada por una nube de insaciables mariposas blancas.

En la madrugada hablan las piedras, recuerdo que en aquellas horas de la adolescencia tenía prisa por sufrir.

Volveré a casa, atravesaré el puente, la carretera, el río, los perros, llegaré al patio de la casa de mi madre -el mismo patio donde abuelo plantó un limonero-, abriré el portón sin hacer ruido (mi madre acostumbra dormir bajo cadenas, candados), me desnudaré frente a la hamaca, me acostaré pensando en la plática con los amigos –entre el silencio crece el tiempo amargo, doloroso, sin futuro. Repito una frase, “seré escritor” –pasado el tiempo, esta será la frase que sea lo único que recuerdo de los días que pasé en la tierra de mis padres.

Lo que nunca muere es el calor, esta sed no se marcha ni bebiendo cerveza con cubitos de hielo.

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En los días de la juventud desconfiamos de las palabras de los maestros porque pensamos que el punto final se encuentra muy lejos de nuestras horas.

Entre las letras aparece un puerto, un río, la playa del mar o la guerra; servirán de escenario para quien pretende tomar las negras letras por el sustento de su existencia.

El barrio carece de alumbrado público, desde el patio de la casa distingo la luna alta. ¿Por qué en la hamaca recuerdo el nombre de una mujer? Constanza. En la borrachera el nombre se hace eterno, resuena, repica, llama a los necios, a los sordos, reclama la presencia de quien recuerda (debo escribir del acierto de la letra n, trabaja desde la voz enunciada, cierto pasado, la letra n hace la música en las palabras).

Aquella noche, alguien en la borrachera mencionó el lucero flojo de la mañana, pero no recuerdo quién lo dijo, ni por qué. Lo que recordamos de borracheras pasadas son atmósferas, climas, tonos de las voces en la conversación y luego nada, pura imagen, palabras que corren como agua de lluvia (este recuerdo se hermana con el recuerdo de lecturas, las primeras lecturas donde ya se olvidó el nombre del autor, el título de la obra, el texto mismo). Las borracheras simulan en tiempo de las primeras lecturas, algo de gozo y delirio las cargan de emociones.

Conversaciones de borrachera, lecturas pasadas que retienen en el recuerdo aquel tono de las palabras, “seré escritor”.

Marché tras el camino de los cirios, (en la adolescencia fue la sed, era un niño briago pasada de la muerte de mi padre), llegué al puerto pesquero del Pacífico, Salina Cruz. ¿Seré el único hijo que busca a su padre en las procelosas aguas del mar? Desde los primeros recuerdos -foto en blanco y negro- aparece el bosque espeso que se agita en los muros del foro de la escuela primaria, mientras una sombra declama.

Desde ese tiempo puedo decir que la poesía salva; de no haber sido por aquella imagen de la sombra que declama en el foro de la escuela primaria me hubiera extraviado en el mar de las cantinas, en el Golfo de Tehuantepec, recuerdo la lluvia repentina, el calor, el viento que corre necio de un pueblo a otro cargado de polvo y de historias, imágenes que vuelven y emergen sin razón alguna.

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El maestro Ruvalcaba tenía razón, hay una prueba de ácido para toda escritura. Me detengo ante las letras, mi cuerpo permanece en el sitio que no existe –las letras guardan algo de pasado y de futuro, medicina para el presente.

Si, la prueba del poema y el poeta, ir y volver, será hablar con los muertos

y salir con vida.




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