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En los mares de Tonayán

… y se aprestan a tostar en la llama

y a moler con piedras

los granos salvados de la tempestad.

Virgilio / LA ENEIDA

El saxofón de Samperio aparece en estas páginas.

San Juan vivía en las escaleras de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, junto al andador turístico, una cuadra antes de Santo Domingo; a los músicos se les permite la vagancia –la gente anticipa que los músicos hablan con el aire, inofensivos-, en otro tiempo conoció fama, tuvo dinero, días buenos con hartos amigos, pero eso se había terminado; lo encontré pegado a la maleta oscura.

___Mira, encontré el saxofón –dijo.

Como nacen las flores del campo -sin que nadie pudiera explicar aquella aparición entre piedras y espinas-, salió la maleta con el saxofón; San Juan había colocado hacía pocos días en la revista que un alumno suyo se había llevado el saxofón para que él dejara de beber, abandonara la calle, terminara con la vida de músico que lo llevaría a la muerte; yerba mala nunca muere, de la nada apareció el saxofón.

El saxofón iluminó su rostro cargado de arrugas, empezó a darle a la música aquella tarde en que el andador turístico parecía un ataúd que flotaba en la hora triste de los muelles, abandonado –al fondo, sobre el cerro de San Felipe se divisaban las nubes gordas, negras, que anticipaban aguacero; regresó a la música con un aire oaxaqueño.

___ Nereidas, de Pérez Dimas, de Zaachila –dijo.

Aquella tarde en que apareció el saxofón movió los dedos como lo que era -ágiles dedos de sus sesenta y tres años cargados de horas dichosas-, un maestro.

Las horas se reducen a recuerdos, todo se convierte en pasado, razón para hacer la plática y hablar sólo o con alguien que se acerque, delirar frente a los ojos de la gente, desplazarse ligero como un pez en el océano mientras llega el alcohol.

 Los buenos borrachos se conocen en las malas, se recuerdan; porque de las buenas, nadie las recuerda, las olvidan.

Llegué a conocer a San Juan como se conoce a los músicos, por su genio; un domingo lo encontré con Rodolfo Popo Sánchez, en el concierto Bajo el Laurel, discutían la conveniencia de que San Juan improvisara con la Orquesta Primavera, que dirigía Popo Sánchez; al final no lo dejaron tocar.

___ Te invito un mezcal –dijo San Juan- y agarramos camino al Tercer Mundo.

En un texto de Cortázar encontré esta frase: “A París llegó Loui Armstrong y su banda, con Lester Young”; sería que estaba crudo cuando leí aquello porque bien que la recuerdo alguna tarde en que crece la soledad sobre el andador turístico.

San Juan representaba las noches de fiesta en Oaxaca, había llegado para impartir un curso, por una gira, un amor; no lo sé, pudo ser por el olvido de un amor, el hastío, para finalizar la racha de infortunios, siempre habla de sus noches de éxito.

___ ¿Traes un diez?

Un mes sucede a otro, en la ciudad de la cantera verde el calor de abril dejó el infierno de mayo, tardes de extravío, prisas por llegar a la sombra; arriba junio con amaneceres de lluvia tímida, con aguaceros vespertinos, cuando la lluvia cunde entre los framboyanes; los montes que rodean el valle reverdecen, se coronan de nubes oscuras Fortín y San Felipe, las noches que refrescan, como un trago.

Por esas fechas de medio año pululan de punta a punta por el andador cantores ciegos, vendedores de dibujos, piedras de la suerte, pulseras de piel, collares de perlas; niños, niñas que cantan con el acordeón sobre huesudos hombros  -con los ojos cargados de indiferencia-, madres indígenas que imploran caridad con la receta médica pegada al pecho, pintores que realizan la obra frente a los que caminan; contorsionistas, mimos, bailarinas, perros callejeros; vagabundos, artistas incomprendidos, dealers de cocaína, reporteros de la sección cultura del periódico local.

___ Si me acuerdo, ya no me acuerdo; poco importa.

Tengo preferencia por la música del saxofón, desde los tiempos de Tehuantepec; encuentro una extraña relación entre la narrativa, los viajes y la vida de los saxofonistas (no propiamente los viajes sino la idea de emprender el viaje, el momento de partir); será la noche, -las horas de la noche en que me despierta la resaca- que relaciona la fiesta que llevan hasta el amanecer los músicos que beben dispuestos a partir, junto a su inseparable maleta oscura.

___ El saxofonista siempre se despide –dijo San Juan.

La imagen del saxofonista casa con el andén, las despedidas abruptas –pañuelos blancos del triste adiós-, el ferrocarril, los barcos, los andenes, los muelles; el paisaje de una ciudad que arde fuera de los cristales de la ventanilla del camión; la terminal de los aviones.

___ ¿Ya te conté de la mujer de Huatulco? 

El alcohol es la pista recién abierta por donde se deslizan las historias; beber aligera la plática, a eso vinimos, a beber y platicar.

___ ¿Traes un diez?

San Juan viene de todas las fiestas, está de vuelta junto a la botella de Tonayán.

Me dio por la cantada, cantar fue mi suerte; lo que más me gusta es la música del saxofón.

Encontré a San Juan sentado en las escaleras del atrio de Nuestra Señora de los Ángeles, veía la distancia como si avistara el incendio de un mar apacible; regresan en mis palabras las imágenes del mar, será que nunca se abandona el mar.

___ Aquí es mi oficina –dijo San Juan.

Poco antes de llegar a Santo Domingo el andador turístico se eleva como loma del puerto desde donde se puede ver el cielo limpio de nubes, ilusionado; por ahí nos poníamos a beber, confundidos entre la gente.

Tengo en el recuerdo la imagen del hombre que hace la música cuando sopla como un dios necio –imagino que, con dolor, encorvado sobre sí mismo, pegado el relumbrante metal al cuerpo como huérfano abrazado a la tumba de su padre obtiene desde su pasado toda la música como si volviera de un viaje a sus entrañas-, la imagen del saxofonista me llega desde la infancia, en Tehuantepec, cuando acompañé a mi madre a las fiestas del barrio Santa María.

___ El mezcalito está bueno ¿quieres un trago?

De aquellas fiestas tengo el recuerdo de las carretas adornadas de pálido papel de china, bueyes que rumian mansedumbre con ojos sorprendidos, adornas las astas con racimos de flores; músicos que cargan platillos y tamboras por la calle, como si hubieran salido de una revista de otro país, de una película de enamorados; de puentes, cantinas.

___ El mezcalito estaría mejor si tuviera su puñito de chapulines.

Las notas del saxofón acompañan el final disperso de los sones del Istmo de Tehuantepec –el final de los sones como el principio de la borrachera-, llama, truena, resuena en mi cabeza.

___ ¿Ya te conté de las fiestas en Santa maría? Llegan mujeres bien bonitas.

San Juan me contó una tarde que en Oaxaca encontró a la dueña de la música; en el andador turístico, cuando baja el sol y la tarde refresca, el músico sale de su oficina y cruza, se pone en la banqueta, junto a las señoras que comercian mantas bordadas.

___ ¿Cómo es eso? –pregunté a San Juan.

Pensé en espías, en un grupo siniestro, coordinado por el ayuntamiento, que censura la música que escuchan los turistas; a los políticos les da por censurar aquello que no conocen.

___ El alcohol me deja delirio de persecución ¿tú no tienes delirios?

En mi adolescencia solía llegar a las fiestas en el barrio Santa María –eran célebres los bailes del 14 de agosto-, amenizaba Adelaido Peña, el Negro Laido y su Gran Combo; con aquella música entré al alcohol.

San Juan abrió la maleta del saxofón y cayeron las monedas, como por acto de magia, sobre el terciopelo rojo.

___ La música tiene dueña –dijo San Juan.

El gobierno quiere jodernos, el otro día escuché que llegaron al andador turístico unos inspectores municipales por los poetas que leían sus versos, les pidieron documentos, permisos, el recibo del pago por uso de la vía pública, vámonos, dijeron y cargaron con libros y poetas.  

___ Pobre banda, sufre los desplantes del maldito gobierno.

Te lo digo, San Juan y su música eran la noche oaxaqueña, charla y amigos, camaradería; en junio teníamos que buscar un sitio para protegernos de la lluvia, pero, a veces, el trago sabe bueno bajo el aguacero.

___ Con un diez la hago.

San Juan convirtió a su inseparable maleta oscura en una extensión de su cuerpo, se le podía ver en la calle como el anciano que partía a un largo viaje o el abuelo que recién retornaba de un sitio lejano, sin desempacar.

Hay noches que de tan bullicioso el andador parece la calle de otro país, se le mira la luna alta, quieta sobre la cantera verde; la noche oaxaqueña se hunde en tus huesos, busca el calorcito del pecho y ahí reposa, asustada.

Me dijo San Juan que una tarde llegó Pamela a los escalones de Nuestra Señora de los Ángeles, tocó su hombro para despertarlo.

___ Maestro, vámonos, no se puede quedar aquí a dormir, se va a mojar –dijo Pamela.

___ ¿Qué es esto? -dijo San Juan cuando abrió los ojos-, no te conozco, ¿es un secuestro?

Pamela le dijo que la había enviado su mamá para llevarlo a dormir a casa.

___ ¿Eres prostituta? –preguntó San Juan.

___ Me ofende, maestro –dijo Pamela.

___ ¿Qué quieres?

___ Soy la hija de la señora que le invitó el otro día un vaso de agua de horchata –dijo Pamela.

San Juan recuerda la música, pero olvida rostros.

El viejo anda bien, sólo le falla un remo.

Se lo llevaron a vivir a la colonia Jardines, tres mujeres –la señora y las dos hijas.

___ Ya tengo casa –dijo San Juan.

Te lo digo, hay distinguidos guerreros que caen bajo las armas enemigas, maldito alcohol; el pueblo de la borrachera puede llamarse Oaxaca o llevar cualquier otro nombre, ponle el nombre que más te guste.




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