diego

Satanás

Todo comenzó una noche cuando caminaba hacia la parada de trolebús que estaba en la esquina de Independencia y Eje Central. No recuerdo el día exacto… y ahora que lo pienso ni siquiera recuerdo el mes… aunque debió haber sido en julio, porque en esos días las nubes de la Ciudad de México solían ponerse aún más grises alrededor de las seis de la tarde y con la brisa de la noche también aparecía la tormenta.

Justamente empezaba a llover cuando llegué a la parada. Éramos tres o cuatro personas quienes esperábamos el trolebús. Ya se le veía venir a la distancia como una mancha verde. Estaba unos quinientos metros al norte, a la altura del Palacio de Bellas Artes… y se acercaba lentamente.

Saque mi cartera del bolsillo izquierdo del pantalón y abrí el monedero. No traía ni una sola moneda. No tuve tiempo de pensar en una solución a ese problema en particular, porque al ver la cartera me di cuenta de otra cosa. Mi tarjeta de débito tampoco estaba ahí.

Caminé lo más rápido que pude hacia la calle de Madero. Unos quince minutos antes había sacado dinero de un cajero automático que estaba en el Sanborns de la Casa de los Azulejos y pensé que seguramente la había olvidado después de retirar el efectivo. Sentía una punzada fría en el cuello. Había una posibilidad de que la siguiente persona en pasar al cajero hubiese aprovechado la oportunidad para llevarse una buena parte de mis ahorros.

Cuando llegué al cajero, mi tarjeta ya no estaba ahí. Habré permanecido unos dos minutos parado en ese lugar, con la ropa empapada… hasta que un guardia de seguridad del Sanborns se me acercó.

– Déjeme adivinar. Se le olvidó sacar la tarjeta después de utilizar el cajero.

– ¿Cómo lo sabe?

– Hoy es su día de suerte, amigo. La persona que pasó después de usted me dejó esto.

El guardia de seguridad sacó la tarjeta de débito de su bolsillo y me la entregó.

– Tenga más cuidado la próxima vez.

Tomé la tarjeta, la introduje en el cajero y consulté mi saldo. Era exactamente el mismo. Justo cuando me disponía a salir del lugar, el guardia de seguridad pareció recordar algo importante y me detuvo.

– Una última cosa. Quien me entregó su tarjeta, también dejó esto.

Me dio una carta de presentación. La puse en el bolsillo de mi camisa y seguí mi camino.

Esa misma noche, cuando estaba a punto de dormir, me senté en el escritorio que estaba junto a mi cama y revisé la carta de presentación que me había entregado el guardia de seguridad. Era negra y únicamente tenía un número de teléfono escrito con letras blancas. Solo eso. No había ningún nombre.

Al día siguiente decidí marcar el número. Eran las ocho de la noche y estaba sentado en una banca del Parque Odesa fumando un cigarro. Al tercer pitido, una mujer contestó el teléfono.

– Horacio, esperaba tu llamada.

– ¿Cómo sabes mi nombre?

– Abre tu cartera.

Abrí mi cartera.

– Extraje tu tarjeta de débito – para ese punto lo había comprendido. Mi nombre estaba escrito en la tarjeta.

– Ya entiendo. Pero aun así, ¿Cómo sabías que era yo?

– Eso no es importante.

– Lo es para mí.

– ¿Crees en casualidades, Horacio?

– Disculpa…

– ¿Qué si crees en casualidades? Sucesos imprevistos que no tienen ningún significado real… y que son únicamente el resultado de una serie de circunstancias aleatorias… ¿crees en eso?

– No lo sé. Nunca lo había reflexionado.

– Respondiste muy rápido. Tal vez eres más estúpido de lo que pensé.

– Oye… espera un momento…

– Basta, Horacio. Debes ser capaz de mantener firme tu propio corazón.

– ¿Qué?

– Qué no te debes ofender por tonterías. El objetivo de esta llamada no es insultarnos, sino todo lo contrario. Creo que eres la persona que he estado buscando. Solo tú puedes ayudarme a conseguir el objetivo que busco desde hace años.

– No entiendo lo que…

– No entiendes porque no me dejas terminar. Escucha bien. Mañana mismo depositaré una cantidad de dinero considerable en tu cuenta bancaria. Lo que debes hacer es utilizar ese dinero para venir a mi oficina… ¿tienes pasaporte?

– Sí.

– Perfecto, porque mi oficina está fuera del país. Debes venir y entonces te explicaré lo que sucederá a continuación. Solo te voy a decir una cosa. Esta misión que deberás llevar a cabo cambiará para siempre tu forma de ver y vivir la vida. ¿Comprendes? No hay vuelta atrás. Muchas preguntas serán respondidas y tal vez no te gusten las respuestas. Deberás tomar decisiones muy fuertes.

– Pero…

– No digas nada. Piénsalo y mañana cuando veas que el dinero es real, esperaré tu llamada. Adiós.

En ese momento colgó el teléfono, y yo permanecí un rato más en esa banca viendo los minutos pasar frente a mis ojos.

Al día siguiente sucedieron tres cosas que son determinantes para esta historia.

La primera debió haber sucedido alrededor de las cuatro de la tarde. Tuvo que haber pasado cuando me dirigía hacía San Juan de Letrán en la línea ocho del metro. Así es como sucedieron las cosas… cuando el tren se detuvo en la estación Chabacano, unos tipos con pinta de pandilleros se subieron al mismo vagón en el que yo estaba. Estuvieron parados cerca de mí y bajaron rápidamente en Salto del Agua.

La teoría que he construido al respecto, es que en algún punto de ese trayecto, uno de ellos vio que yo guardaba el celular en una bolsa de mi saco y pudo extraerlo fácilmente sin que me percatara. Quién sabe si eso haya sucedido en realidad. Lo relevante de la historia es que cuando salía de la estación San Juan de Letrán, metí la mano en el bolsillo de mi saco para sacar el celular y ya no estaba.

La segunda cosa sucedió una media hora después. Fui al cajero y al revisar mi saldo, me percaté de que efectivamente alguien había depositado una cantidad considerable en mi cuenta. Recuerdo que salí del banco y cruce Avenida Juárez para sentarme en una de las bancas de la Alameda.

En ese momento sucedió la tercera cosa. Saqué mi cartera y busque la tarjeta de presentación que me había entregado aquel guardia de seguridad del Sanborns el día anterior, pero no pude encontrarla.

Estuve buscándola durante semanas, pero jamás apareció. No pude regresarle la llamada a esa mujer misteriosa. No toque el dinero durante un par de meses, pues pensé que volvería a ingeniárselas para contactarme, pero al parecer se rindió rápido… porque nunca más volví a saber de ella.

Eventualmente empecé a gastar el dinero. Me compré un nuevo celular e incluso un Grand Marquis seminuevo que me sirvió bien durante algún tiempo.

Sin embargo, perdí el coche hace medio año cuando lo estrellé contra un poste en la Avenida Cuauhtémoc. Estaba ebrio y eran las cuatro de la mañana. Afortunadamente nadie murió en ese accidente. Solamente destruí el automóvil y me lastimé la pierna. Gasté lo último que quedaba del dinero en rehabilitación médica y en el pago de diversas multas por daños a la propiedad pública.

A raíz de ese suceso, tuve que reconocer mi problema de alcoholismo. He estado yendo a un grupo de ayuda y me ha servido bastante. Llevo varios meses sin probar ni una gota de alcohol. Me he convencido a mí mismo de que lo importante es seguir los doce pasos y ser disciplinado al respecto.

Debo confesar que aún a veces, cuando no puedo dormir, me pongo a pensar en esa mujer misteriosa del teléfono. Realmente no pienso nada en concreto. Ella es solo es una idea que me distrae del insomnio y de alguna manera, me quita las ganas de consumir alcohol. La realidad es que al final del día no hubo misión secreta ni respuestas a mis preguntas. Pero ya me he resignado a vivir de esa forma.

Nunca terminé de sanar completamente la pierna y ahora tengo que utilizar un bastón quirúrgico para caminar… lo cual hago muy seguido pues ya no tengo automóvil.

Justamente hace un par de días caminaba en esa parte de la ciudad que los inversionistas han querido convertir en el nuevo Polanco.

Pasé frente a una agencia de automóviles lujosos y me detuve un momento.

Al otro lado del aparador, un hombre con barba blanca y traje negro hablaba con uno de los empleados de la agencia mientras revisaba detenidamente un deportivo rojo.

No sé porque me pregunté a mí mismo si de verdad ese hombre pensaba comprar el automóvil… o solamente era una de esos personajes que van a preguntar precios a las agencias automotrices cuando no tienen nada que hacer los domingos por la tarde.

Habré estado ahí parado por unos cinco minutos… hasta que empezaron a caer las primeras gotas de lluvia y decidí seguir caminando hacia la estación de metro más cercana.




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