El-oficio-de-escribir

Calzones

 John Coltrane, Seraphic light

Para León Ricardo, Ericka Coral, y su madre, Coral

 

___ Me voy al lavadero a lavar calzones –dije aquella mañana a mi mujer que salió al trabajo.

___ Cuídate –dijo ella antes de besar mi mejía derecha.

¿Por qué tengo que ser yo quien se quede en casa a levantar todo el tiradero?

La perra Wislawa no entiende que no debe romper los periódicos. En la mañana amanece en el patio un río de papeles, letras, encabezados, fotografías partidas a la mitad. ¿Por qué debo ser yo quien limpie todo?

Cuando eran pequeños los hijos pensaba que en un momento de esta vida familiar terminarían las obligaciones, por ese entonces yo me quedaba a cuidarlos mientras mi mujer salía al trabajo. “Cuídate”, me decía mientras me daba un beso. Con los hijos pequeñitos tenía tiempo para quedarme en la cama mirando el techo. Cuando lloraban para que les diera de comer yo les leía historias de autores que estudiaba, Rulfo, Ruvalcaba. Y los niños miraban el techo, en silencio. Así los hijos se hicieron muchachos, yo me sigo quedando en casa y ellos hacen sus propias lecturas.

Escribo. En un tiempo hice historias de hijos de marinos fallecidos en el mar sin tumba para derramar sus lágrimas y del hombre que lee sus versos frente al bosque, la mole verde que se levanta y cierra los caminos; de cómo el mar o el bosque obedecen la voz mínima que se levanta frente al vacío o de cómo la inmensidad resulta aliada para combatir la pena, el dolor. No de cómo el mar o el bosque hacen silencio, eso nadie lo sabe, sino de cómo el hombre de voz mínima encuentra sosiego frente a las grandes moles y los pesares.

Tengo que lavar calzones, los míos. Cuando los hijos crecieron cada miembro de la familia se ocupó de sus necesidades. Los hijos, en la escuela. Mi mujer en el trabajo, yo en la casa peleando con la mugre y las letras. Así nos fuimos acomodando la vida, en espacios determinados. Tengo tiempo para lavar calzones, mientras escribo. O me hago un tiempo en la casa luego de la escritura. Porque para atreverse a lavar la ropa habrá que tener el alma decidida, con el suficiente valor, bien templada junto a lo adverso.

O los trastes. Para lavar los trastes, la montaña de grasa, hay que tener el corazón de un guerrero que se sabe derrotado por la superioridad numérica del adversario y sin embargo anida en su pecho la victoria en el combate.

El hombre no acepta que su vida genera tantos desperdicios. La presión atmosférica nos libera de algunos desechos, todo se lo lleva el agua por arrastre mecánico, el desagüe,  pero ante el resto tendremos que meter la mano para no vernos superados por la podredumbre. Todas estas actividades domésticas de soporte las encontré el día que descubrí que no tenía tiempo para la escritura. Que no encontraba la hora entre la gente, mi hora. Porque uno tiene el deseo de escribir pero no encuentra el tiempo para hacerlo, hay demasiada gente, demasiadas voces. Y las intenciones se pierden, se diluyen en la sucesión de pensamientos.

En un tiempo me aproximaba a la idea, a la solución literaria de un asunto buscado tantas veces y con la alegría del hallazgo salía a contarlo con los amigos, los amigos se llenaban de alegría y las copas se vaciaban de contento. Era como habitar el futuro, puro gusto y cuento. Al final era lo mismo, no tenía tiempo para escribir y no tenía la escritura. Y la idea que era grande perdía estatura, se quedaba empequeñecida en el silencio. O perdía el tiempo con lecturas. Esta era una forma exquisita de negar mi voz, leer lo hecho por otros. Leer es habitar el miedo con que uno disfruta de lo que otros hicieron.

Porque los maestros decían que era necesario estar informado de las soluciones literarias de los grandes autores. Yo leía como desesperado, hasta quedarme vacío de energía. De la experiencia lectora salía sin fuerzas para levantar mi escritura, derrotado. Ahora que lo menciono, que hago este recuento de pretextos yo nunca aprendí las diferencias entre velorios, bodas, bautizos y cumpleaños. En la casa de mis padres todos se hacían en el patio. Yo sólo sé que crecí con esta nostalgia, tristeza, con todas las razones del malcontento. Porque así me decía mi madre, malcontento. Siempre fui un niño que obedeció y quiso a sus mayores, nunca los contradije. Malcontento.

La primera mañana que amanecí con mi mujer, se llama Laura, ella se llama Laura, al levantarnos de entre las sábanas revueltas me dijo:

___ Ahí te encargo la casa –y me dejó solo.

Para no sentir tristeza la obedezco, para que pasara el tiempo me pegué al lavadero, a la escoba. No cocino, sólo limpio. Como ella tardaba en llegar, abrí un libro. Así hasta que llegó ya en la noche y volvimos a revolcarnos entre las sábanas. Al día siguiente volvió a salir, me dio un beso y dijo: “Cuídate”. Yo no sé de alegrías ni de tristezas, no sé diferenciar un bautizo de un velorio, sólo sé que hay que levantar la basura que deja la fiesta; sé que soy malcontento porque mi madre lo dijo, con esa certeza hice esta existencia.

En la casa encuentro el espacio de las letras, el vacío necesario para levantar la voz. Los escritores son seres domésticos, pienso en Gothe, necesitan de un espacio, su espacio, regularmente no debe pasar de 1.5 metros por 1.5 metros, el sitio de la mesa. Un lugar que sepan y hagan suyo. El hombre no requiere más espacio que la medida de su cuerpo. La barra del desayunador, la mesa de la cocina, una tabla en el patio. El lugar donde el que escribe acepte que será el sitio de la descarga de toda su energía sobre el trasto de las palabras.

La escritura es más delicada que cuidar a un niño, requiere todos los sentidos. Sólo es superada en atención por las mujeres. Escritura y mujeres compiten y en algún momento se juntan, o el hombre puede hacerlas coincidir. Entonces pobre del cabrón que lo hace pierde la vida. Porque nada hay de mayor enamoramiento que el ver a una mujer leyendo. Tan atrayente como el verla orinar, metida en sus pensamientos mientras escurre el orín tibio y oloroso entre sus piernas. Escribir y amar en el mismo tiempo son dos pasiones que te conducen a la aniquilación, sin remedio.

No tengo teléfono, me mantengo incomunicado. Para poder concluir mis quehaceres me aparto de la urgencia de los demás. La gente pone por encima de los otros sus propias necesidades y pretenden que se les escuche al momento que les urge hacerlo. Por eso me encierro en la casa con Wislawa, la perra, ella es tan territorial como esta escritura, no permite que nadie rebase los límites. La gente que por equivocación llega a buscarme, al encontrarse con los ladridos fieros de Wislawa desiste, se marcha. Y yo me quedo en paz, con los quehaceres. Cuando escribo no me levanto ni para ir al baño.

En el preciso momento en que cerré la puerta de la casa al despedir a mi mujer que se marcha al trabajo como todos los días de nuestro matrimonio tuve la relevación. Clavos. Acero forjado de tres pulgadas. Clavos que se utilizan en la industria de la construcción para levantar y unir la cimbra. Los clavos preceden a toda arquitectura, toda proyección. Mi madre guardaba en el techo de la casa los clavos oxidados que encontraba en el patio, para que no pudieran causar daño a nadie y estuvieran en un sitio preciso al momento de necesitarlos. Tengo el mismo hábito para prevenir accidentes, levanto y pongo en el techo todo el metal que pueda herirnos.

___ Nadie sabe cuándo necesitará un clavo –decía mi madre.

Los clavos, tan necesarios para dejar bien cerrado el ataúd. De la madera claveteada no logra salir ningún muerto. Junto a la puerta se levantaba el rosal flojo que durante muchos años se negó a echar rosas, nadie lo extrañaría si llegara a removerlo del panorama limpio y ordenado.

San Martín por la Secundaria, Oaxaca, 8 de febrero de 2017.

 

 




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