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Iberoamérica, ni siquiera ya el “patio trasero” de EU

Los países de Iberoamérica y el Caribe han dejado de ser ya el patio trasero de Estados Unidos y se han convertido en la tierra de nadie, aunque sin futuro para sus pueblos. La Doctrina Monroe –“América para los americanos”– de 1823 justificó la expansión territorial de la segunda mitad del siglo XIX y luego la configuración de muros de agua para aislarlo de la tentación comunista de mediados del siglo XX.

El continente americano aparece hoy a la deriva en los planes estratégicos de la Casa Blanca. El aislamiento migratorio racista del presidente Donald Trump se manifiesta sobreviviendo en el aislamiento migratorio legalista del presidente Joseph Biden. El asunto radica en la imposibilidad práctica interna de Estados Unidos para recibir los millones de iberoamericanos y caribeños que marchan hacia territorio estadounidense en busca de empleo y bienestar que el capitalismo americano en sus países no les ha podido proporcionar.

La comunidad Iberoamericana y caribeña representa una población de más de 750 millones de personas, con países de diferente grado de desarrollo, con una engañosa herencia cultural ya dispersa y niveles de desarrollo desigual dependientes de la economía estadounidense. Del lado contrario, Estados Unidos ha demostrado con el Tratado de Comercio Libre con México que carece ya de la potencialidad económica y productiva para liderar la dependencia de otros países y que el capitalismo como modelo económico ha llegado a su tope productivo.

La ola migratoria Iberoamericana y caribeña hacia Estados Unidos se reduce a unos cuántos países: Haití con más de 11 millones de personas, Cuba también con más de 11 millones, Guatemala con 17 millones, El Salvador con 6 millones, Honduras con casi 10 millones y México con 120 millones, con un total de alrededor de 175 millones de habitantes, poco más de la mitad de la población total de Estados Unidos. Y aunque no todos los nacionales de países en crisis quieren ingresar a Estados Unidos, de todos modos, pudiera considerarse una población migrante de alrededor de 15 millones en busca de mejores condiciones de vida en EU.

El enfoque imperial de dominación de la Casa Blanca del territorio iberoamericano y caribeño como propiedad estratégica de seguridad nacional se ha convertido en una carga para el gobierno estadounidense. El problema se localiza en el hecho de que Washington nunca definió proyectos nacionales de desarrollo para los países de la región, de tal manera que la dependencia y subordinación se fue convirtiendo en un lastre para Estados Unidos.

Del lado contrario, los países iberoamericanos y caribeños se sintieron cómodos en su dependencia de la economía y la defensa por parte de Estados Unidos, a sabiendas de que implicaba un costo político soberano de subordinación de seguridad nacional. Los gobernantes de la Casa Blanca optaron por delegar el control de los países de la región a dictadores locales de todo tipo y les otorgaron el apoyo militar y policiaco para la represión de protestas y disidencias.

El Tratado de Estados Unidos con México tuvo una doble dimensión, a decir del embajador de Estados Unidos en México en 1991, el estratega y gran jefe de seguridad y espionaje de la Casa Blanca, John Dimitri Negroponte: absorber a México como mercado de consumo con sus potenciales 120 millones de personas como mercado para productos estadounidenses, al tiempo que esa subordinación desactivaría de manera permanente la rencilla histórica del nacionalismo mexicano que se nutrió del despojo de la mitad del territorio en 1846 para anexarlo al expansionismo territorial del imperio estadounidense.

El Tratado, en efecto, funcionó como subordinación política e ideológica, pero no potenció el crecimiento económico de México más allá del 2.2% del PIB promedio anual, en tanto que la meta real para generar riqueza y bienestar sin migración ilegal a Estados Unidos debía de ser de 6% del PIB. En los treinta años del Tratado comercial la migración forzada mexicana a EU no bajó de las cifras anteriores al acuerdo productivo, porque la multiplicación por diez del comercio exterior mexicano no aumentó la oferta de empleo. Como dato comparativo, el PIB promedio anual en el periodo populista mexicano 1934-1982 fue de 6%.

La respuesta de los gobiernos estadounidenses de Clinton a Biden, el gran período de aumento de la migración ilegal, ha sido policiaco y carente de entendimiento de las razones estructurales de esa movilización masiva. El sistema capitalista en los países de la región Iberoamericana y caribeña ha fracasado en la creación de empleo y bienestar y no ha sido capaz de arraigar a sus habitantes. Y a la situación de crisis económica del sistema productivo se agrega el auge de la violencia y el crimen organizado que nació y creció al amparo de la demanda de droga de los consumidores estadounidenses y a la falta de una previsión de seguridad estratégica de Estados Unidos porque la relación consumo de drogas-carteles nacionales fue automática.

La victoria estadounidense de la guerra fría ideológica y de modelo económico no tuvo en los sectores de inteligencia y seguridad nacional la reflexión necesaria para prever el colapso de los países dependientes en América. El volumen de migrantes de Haití, el triángulo del norte de Centroamérica y México ha sido potenciado por el crimen organizado y la fuga de personas de comunidades ahogadas por la violencia de grupos fortalecidos por el tráfico de drogas a los adictos estadounidenses.

Ante la falta de decisión de la Casa Blanca para combatir con efectividad el tráfico y consumo de drogas y agotarse solo en la atención médica de consumidores, la crisis de seguridad en los países iberoamericanos y caribeños seguirá creciendo y por tanto continuará el aumento de las olas migratorias que en el fondo reflejan la responsabilidad la de económica y de seguridad de Estados Unidos en su zona de dominación continental.

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