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«El viento de agosto», en el Blog literario de César Rito Salinas

La cámara que nos tomó la foto pasó de moda

El viento llega, se va, arrasa; como los amores, las tristezas, sin advertencias. Uno lo mira venir y ni tiempo tiene de levantar los brazos, protegerse; y se espera que termine sin hacer nada, como si uno estuvieras en la sala de cine o lo que es más, dentro de una película de terror que anticipa su escena de miedo con la música, el ruido, los silencios del horror.

También los pájaros entran, su trino, la rama, las hojas. El alba -polvo sobre la esperanza. La tierra, las piedras, la sequía, sed de los ojos, la loma, la luna, cierta oscuridad silente, elegida por los grillos. La mula, la leña, los suspiros, la muela de la noria, su memoria de la cal, imborrable. La mirada lenta del fuego, el paso de líquido a gaseoso, el sinfín, ese choque de las temperaturas que concreta el milagro; la gota minúscula cargada de sed -ilusión sin medida, necedad cierta que anhela tiempos mejores.

Todo cabe en el segundo destilado, mezcal caballito de mezcal.

Y entonces llega el viento y carga con lo nombrado y lo innombrable, hasta con los suspiros. O con los suspiros, que salen disparados, presurosos se integran con el viento que baja y azota y destruye y todo lo levanta, lo eleva como si fuera protagonista de una cinta de terror, el Mal, la maldición y empuja y hace ligero aquello que tú creías que permanecería sin moverse por los tiempos de los tiempos, los recuerdos.

Oscura como la tumba en que mi amigo yace. Fernando está enterrado en Villahermosa. Asesinado. Bebía demasiado mezcal. Güisqui mehicano. (…) El título es demasiado largo: “Mi amigo yace” (Lo sugirió Primrose.). (…) La tripulación arranca las hojuelas del moho: martillazos en el cerebro. (…) Me temo que eso fue la consecuencia de una caja de no muy buen Whisky americano comprado en Los Angeles porque me gustó su nombre, Green River. (Malcom Lowry, Por el canal de Panamá, con traducción de Salvador Elizondo). “¡Adiós, territorio de La Mordida –adiós y que Cristo te envíe el mayor dolor! (Bueno, retiro esto último: Cristo ya te ha envidado suficiente. ¡Mejor vive, maldito México, y seas ejemplo para los hombres de la caridad cristiana que profesas y, si no, que la abominación te destruya!) Imagino la cara de Elizondo aquélla madrugada de tabaco y voces en que tradujo la maldición lowryana a la nación.

La tarde de la desgracia llega puntual, será agosto, el octavo mes, cuando las cortinas de la ventana se enamoran del viento y miren desde el travesaño cómo el aire carga con la ventana, la estructura rígida le ponga alas, la echa a volar como una paloma que se aleja por el puro gusto de mover sus alas-hojas, sus recios cristales por los aires, como marioneta, cirquera que hace suertes, evoluciones allá arriba.

En la adolescencia entrenaba los diez kilómetros, al terminar pasaba a ver a mi novia (ella vivía junto al panteón, Colonia San Juan, Calle Hidalgo s/n), así las tardes de lunes a viernes, correr, ponerme en movimiento, escuchar el viento que subía por mi rostro mientras trotaba, transpirado; podía sentir los brazos humedecidos, empujar la nada, cargar de aire los pulmones. El viento trae música que llena la sangre de bruscos motivos; al caer la noche llegaba a ver a mi amada, ella pegada al muro del panteón me abrazaba, sus labios abiertos sobre mis labios buscaban mi lengua hasta que salía la luna allá arriba, como mango de sazón en la loma.

El viento baja, golpea, ¿quién nos protege? ¿Los señores bomberos? ¿El abuelo, la amada? Padre y madre están muertos, los mató el COVID. Para mí que el viento miró tanta tristeza que somos y bajó a darnos consuelo, pero no supo dominar su fuerza y golpeó en lugar de dar cariños; cuando termina todo, cuando llega la calma, antes de levantar los destrozos, recoger la higuera de doscientos años derribada, pienso que somos el pueblo que ama el viento, que nunca nos abandona, ni en los tiempos del coronavirus, cuando todos se alejan.

Si te asomas, desde alguna de las ventanas vacías, si levantas la mirada, podrás ver a Monte Albán -que desde hace miles de años se mantiene firme.

En las tierras del viento los antiguos domesticaron el maíz, hay restos de viejas semillas en las grutas que guardan desde lo alto el valle de Tlacolula; cuando llega el viento fuerte de agosto confirmo la sabiduría de mixtecos y zapotecas, que reconstruyeron seis veces Monte Albán (según datos de Antonio caso), en lo alto, lejos del valle grande, la casa del viento fuerte, la tromba que pega en el octavo mes, agosto, antes de las fiestas de la Asunción de María (entre los días 13 y 14, cuando siembran el Cempaxúchitl para Muertos).



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