albanil

La canción de la Nueva Normalidad

Las calles empobrecidas cantan la canción del sábado:

3 pm

los viejos

albañiles

El ojo atento aletea perfumes, colores; busca el hombro derecho de la mujer que transpira contra el muro; la tarde brinca sobre espinas de jabón chiquito, olorosa; la risa se escapa, huye, mordida por el chicle. La vieja canción de los albañiles vuelve a escucharse por los rumbos de la Central de Abasto.

3 pm

los viejos

albañiles

El viento alcahuete agita cabellos que en la esquina avientan besos a los hombres; tarde de sábado, al regreso del edificio en construcción. El mismo finge aires del pueblo, la sonrisa esquiva, la mirada al piso.

3 pm

los viejos

albañiles

Una tarde del sábado se levantaron los muros de la ciudad que tanto amamos, sobre la soledad del hombre que paga por mujer. El hombre pega ladrillos, incendia su sangre, aguarda que corran siete largos días, duras jornadas, hambre para volver a caminar entre sabios edificios que entonan la canción del sábado.

3 pm

los viejos

albañiles

Entre sonrisa cambian de mano los billetes en la sombra; hombres de pecho dispuesto al sol, la cal, el cemento. La tarde del sábado.

3 pm

los viejos

albañiles

El hombre por un momento olvida su destino de bestia, la tarde del sábado; la canción de los viejos albañiles anda sobre muros de sueños, piernas de acero. Los viejos albañiles bien saben que nada les pertenece, ningún edificio será suyo, ninguna casa; pretenden ser dueños de nada, sólo buscan andar una tarde de sábado con billetes en la bolsa.

3 pm

los viejos

albañiles

Eligen mujer de sonrisa fresca, manos inquietas; la tierra nunca será suya, ni la mujer, ni la cama. La dicha del hombre olvida el número de muros que levantaron sus manos (olvida, quizá, el nombre de la mujer del sábado). Aman caminar por la ciudad con dinero en la bolsa, la plata de la tarde del sábado.

3 pm

los viejos

albañiles

El sábado pasará, volverán a dormir en el patio de la Central de Abasto; en su pueblo dejaron la siembra, la mujer, los hijos; allá está la tristeza, el hambre. La alegría de los viejos albañiles camina sobre andamios, en el aire; sobreviviente de la madrugada. La dicha y la desdicha, la felicidad de este mundo no es asunto de los albañiles; lo duro, bien lo reconocen, será apaciguar su deseo.

Los viejos albañiles construyen paredes mientras, en tiempos del Coronavirus, llega la tarde del sábado. Hay algo sexual en la ciudad, quizá la certeza de que entre calles pavimentadas nadie juzga los pasos del anónimo perfecto. Como marineros náufragos construyen paredes, trepan andamios, meten las manos sobre la propiedad de otro. El albañil, la tarde de sábado, sólo quiere olvidar esta vida.

3 pm

los viejos

albañiles

Algún temor por la pandemia anida en su pecho, pero la certeza del hambre y el desempleo les resulta más amenazadora. Los resignados obreros lomo de acero, cabello recortado, ropa limpia. Humildes oaxaqueños. Albañil fue su padre, chalán su hermano, su hijo; albañil será su nieto. La ciudad despierta la tarde del sábado a la vieja imagen de migraciones; cientos, miles de obreros reingresan a la industria de la construcción. Construir es la política de este gobierno.

Los albañiles son campesinos, en el pueblo dejan la tierra ya sembrada, a la mujer, los hijos; en la ciudad despiertan con un cosquilleo de la adolescencia entre sus piernas.



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