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Oaxaca, palabras para un aniversario

En el vado que arde, a las faldas de Monte Albán, la ciudad construida sobre los escalones de otras seis ciudades perfectamente conservadas (Antonio Caso, 1932), cantan los pájaros; dos veces periférico -desde Oaxaca, en San Martín- intento hacerme preguntas en esta celebración fundacional de la ciudad cumpleañera (25 de abril, 1532).

Pertenecemos a la cultura de la efeméride, nuestra admiración y reconocimiento buscan celebrar el pasado, lo inasible, ¿de dónde nos viene este principio de existencia? Entiendo que, sin pretender desmesura, de la familia, que de ese núcleo parte la conducta de los individuos.

En la familia nos enseñan a recordar los hechos realizados por abuelas y abuelos, reinventados por los padres; las voces amadas nos enseñan a mentir o reinventar, apropiarnos de aquello que no podemos testimoniar, pero consideramos verdadero.

La existencia humana, su tiempo, se concreta en el lenguaje, lo que conocemos como el transcurrir del tiempo -pasado, presente, futuro- sólo se concreta en el lenguaje; toda memoria está cargada de invención, subjetividad, porque es expresada; dicho de otra forma, porque parte de una interpretación cultural, de seres humanos con término.

Lo que conocemos como Historia, con mayúsculas, si bien nos va, será una serie de buenos deseos, interpretación de interpretaciones que, al paso del tiempo -uso del lenguaje-, llega hasta nuestro tiempo; esto ocurre con la fundación de las ciudades.

De una ciudad, pongamos como ejemplo, Buenos Aires, dice Borges en su poema Fundación Mítica de Buenos Aires (cito de memoria, invento): “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:/La juzgo tan eterna como el agua y el aire. (Cuaderno San Martín, 1929).

Los poetas en sus trabajos tienen esa condición de contundencia, lo verdadero, de lo esférico o cerrado, competo; y tienen, también, el impulso para recomenzar. Del poema surgen otros poemas, interpretaciones, copias, pastiches, una suerte de saga o literatura, seguidores y plagiarios.

Del poema de Borges, digo, surgen estas letras sobre Oaxaca en el día acordado por historiadores y autoridades como fecha de su fundación.

Lo dice Borges, claro, “La juzgo tan eterna como el agua y el aire”. Los poetas, al momento de elaborar sus asuntos tienen lo que la cátedra y la ciencia literaria denominan licencias, salvedades en el uso del idioma porque, aseguran los estudiosos de las letras, los poetas parten del mundo inasible, subjetivo, y tienen como destino los sentimientos. Pues ahí, en el mundo de lo subjetivo, encuentro el origen de los trabajos de los Historiadores y de aquellos que con el tiempo los reconoceremos como forjadores de efemérides, los políticos.

Bien pensado la memoria colectiva de las ciudades está hecha por gobernantes e historiadores, sus empleados.

De lo subjetivo está hecha la Historia, al igual que los poemas; en esta serenata -valga la expresión-, por la fundación de la muy noble Antequera, diré un ejemplo de los buenos deseos, la buena intención, las mentiras de la administración municipal y la gente de letras, de la historia.

Ya Henestrosa lo cuenta en su Agua del tiempo, su columna periodística, la llegada de Alexander von Humboldt a Oaxaca; visita que nunca existió. De la llegada de Humboldt a la Verde Antequera tenemos el nombre de una calle, un municipio y un poema.

De la calle diré que es pequeña, sin más señas que aquella que indica que parte de El Llano y llega a Macedonio Alcalá, en el Centro; del municipio, mapas y cartografías señalan su ubicación al norte del Istmo de Tehuantepec, en la zona del Bajo Mixe, se reconoce a la localidad como el punto donde se origina una falla geológica, Guevea de Humboldt; del poema diré algo simple, no existe, nunca fue escrito, aunque consta en narraciones de la Historia. En unos papeles del maestro Salvador Elizondo, el innovador de las letras mexicanas, se habla de Humboldt y de Oaxaca, del poema, aunque, debo decir, Elizondo tenía grandes razones para ensalzar la historia local, una bella novia oaxaqueña. 

Alguien, algunos, tuvieron la idea de echar a andar la siguiente historia: que el barón Von Humboldt, a su paso por la ciudad, fue invitado a mirar y dar testimonio de la grandeza del árbol del Tule, que Alexander, impactado por el viejo ahuehuete, al momento sacó la pluma y dejó, sobre el tronco del viejo árbol, como testimonio de su visita, un poema. Debo aclarar, que el célebre visitante, aunque políglota y hombre de ciencias, no hablaba español y no contó con las luces para “escribir” el poema

No es verdad, no existió la visita de Humboldt que da origen a la calle, el nombre de un municipio, el nombre de la falla geológica, ni al poema que celebra al viejo árbol; pero, las autoridades locales en Honorable Sesión de Cabildo, hicieron develación de placa y acto inaugural de la calle y en más de un libro de conocido investigador local se dice del paso de Humboldt por estas tierras.

Lo aprendemos en la familia, durante los primeros años, el amor de los mayores hacia sus pequeños hijos es tan grande que los lleva a mentir sobre el pasado, a dibujar y compartir inventos con la noble intención de hacer menos duras, en esta tierra sin esperanzas, las horas que esperan a la criatura; de ese noble gesto de los mayores, el origen, los políticos hacen campaña, gobierno.

En este día de cohetes y discursos, de felicitaciones para celebrar a la ciudad centenaria, me quedo con dos asuntos: el canto de las aves sobre el vado que arde a los pies de Monte Albán y el poema de Borges, porque, bien mirado, de lo sencillo cotidiano podremos contar nuevas historias sobre el hecho memorable.

¡Feliz cumpleaños, Oaxaca¡



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