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«La Máquina» invita a la exposición «Trama Canora» de Guillermo Roel

OAXACA, Oax. (sucedióenoaxaca.com/vía COMUNICADO).- Nacido en México en 1970, se mudó a Barcelona en su fase inicial, posteriormente a Nueva York, se estableció en París y después en Berlín. Actualmente, radica en México.

La carrera del Maestro Guillermo Roel comprende una amplia gama de exposiciones durante los últimos 28 años entre México y diversos países del mundo como lo son Alemania, Argentina, Brasil, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Italia, Polonia, Suiza, entre otros.

Fue el primer artista en exponer individualmente en 1997 en el Museo Nacional de Arte de la Ciudad de México. Su producción abarca diferentes medios: pintura, video, instalación, dibujo, fotografía y escultura. Fundador del Museo Itinerante Individuo Colectivo. MiiC a.c

Trama canora

¿Porqué somos tan afectos a la música o al canto de las aves? Quizás porque el órgano que nos mantiene vivos es un corazón sonoro. Bombeando la irrigación de nuestra sangre, el ritmo cardiaco suena desde nuestros adentros, el ritmo propio de nuestra existencia. Así, en la entraña del árbol, las aves irrigan sus melodías, pero su canto sí escapa al cuerpo del árbol, sale de la densidad de los follajes y se enlaza con otras melodías emplumadas, y la trama de trinos se hace. Ahí entre las ramas y las hojas de diversos especímenes arbóreos, se orquestan los sonidos que enlazan el jardín o el bosque.

Cuando visitamos el taller de Guillermo Roel, los grandes ventanales nos enseñan una sucesión de troncos de pinos añejos, el sotobosque desde donde las aves canoras se engarzan con el quehacer artístico, traspasan los vidrios con sus cantares, se internan hechas sonido en los oídos y la mente y los trazos del artista, como un hilo que nace en el interior del ave y sale en los gestos pictóricos. Esas entradas y salidas de los melódicos silbidos, graznidos y trinos, transfigurados en sensaciones, ideas, pintura, fueron traducidos en perfiles chisporroteantes de color que tratan de significar el crepitar de cantos y alas batientes, como si cada ave fuese un contenedor palpitante denotas cromáticas. El artista reflexiona en esta serie de cuadros en torno a qué es el interior y qué es el exterior en nuestra existencia: ¿Está dentro de nosotros el mundo que vemos, oímos y olemos, aunque siga afuera su existencia autónoma de nuestra percepción?.

Entonces, para llevar a un extremo estas reflexiones, el artista recicla una serie de paneles que en algún momento conformaron parte de un dibujo orográfico para una instalación. Las líneas que capturaban las ondulaciones y protuberancias del manto de la tierra, se transforman aquí en las ondas sonoros que salen de la garganta de las aves, recortando en positivo los coloridos seres emplumados y en negativo las siluetas entre esas geografías reinventadas en metáforas de lo audible; los pájaros son embonados en cada uno de los paneles y entre sus colores, zonas de un dibujo similar pero más pequeño se expande entre su cuerpo pictórico y colorido.

Accidentes en el trabajo creativo despegan zonas del cartón sobre el que están plasmadas las obras y las rugosidades del material se dejan a la vista, pues sus entrañas aportan y refuerzan a la expresión de la pieza. Por lo demás, quién hubiese escuchado los cantos de las aves entre montañas y cañadas, los ecos reflejando las notas, sonidos de cristal rodando entre los pliegues de la tierra, entenderá que la orografía se vuelva partitura de pájaros. Así, ese ir y venir entre el adentro y el afuera, entre los sonidos que se transforman en metáfora topográfica y los silencios del dibujante que se tornan en imágenes que intentan el imposible salto de lo visual a lo sonoro y que sin embargo se logra con la sencillez de la línea como se logran las imágenes en las sílabas del poeta.

Y hablando de escritura, en el idioma árabe de Egipto, para referirse a la escritura ideográfica de la antigua civilización, se le llama el lenguaje o el idioma de los pájaros. Y es que desde que el hombre tiene registro de su pensamiento, sus creencias y su sensibilidad hacia el universo, una constante ha sido intentar dialogar con las aves y sus prodigiosos ritmos, quizás para preguntarles el secreto de su vuelo o del diseño y color de sus plumajes. En ese intento de dialogo y en esa búsqueda del diccionario ornitológico de la humanidad para comunicarnos con los pájaros, estas tramas canoras de Roel, cuyas ondas pueden empalmarse todas y sus líneas coincidirían, son los multiversos con los que se engarza el artista a esa traducción y tradición milenaria que llena de alas y picos y cantos y vuelos la historia del arte y el pensamiento humano, como aquella cabeza pintada por el renacentista Arcimboldo para simbolizar el aire en su serie de cuadros dedicados a los cuatro elementos, hecha de ruiseñores, gaviotas, garzas, golondrinas, cuervos, pavorreales, gallos.

Fernando Gálvez de Aguinaga



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