Gao-Xingjian

Sanbalilú

Le has preguntado a dónde iba.

-A Lingnshan.

-¿Qué?

_A Lingnshan, a la Montaña del Alma.

GAO XINGJIAN

 

Leo La montaña del alma, de Gao Xingjian (Jangsu, China, 1940), Premio Nobel 2000, la escritura sobre lo inmediato; el autor no requiere de la representación, sólo es un hombre que viaja sin propósito por las provincias de su país. En alguna parte, en el tren, al chocar lkas tazas de té, encuentra a un pasajero que le dice su destino; cualquiera está dotado para empuñar el pincel y dibujar letras, narrar sobre rostros y geografías.

Lo mismo ocurre con Haruki Murakami (Kioto, Japón, 1949), en sus obras cuenta del que se sienta a escribir sin saber del oficio, que junta las palabras como si hiciera una traducción; el tiempo está ahí, es suyo y puede hacer con él lo que quiera, escribe. Murakami, con su primera novela, fue ganador del premio al que convoca una revista literaria de su nación; atendía un bar, estaba plagado de deudas, un mediodía en el estadio de béisbol de su ciudad tuvo la revelación, escribir su novela.

Gao Xinngjian vive en Francia, exiliado por cuestiones políticas; en su nación se desempeñó como dramaturgo, director de teatro. La montaña del alma es su primera novela editada; Murakami cuenta con más de treinta y cinco años publicando novelas, cuentos, traducciones. Ambos autores parten de su cultura y de elementos occidentales para desarrollar su escritura; Murakami, aunque se declara no tocar ningún instrumento, es fanático del jazz.

Pasan las horas, la lectura de autores orientales me deja un momento para leer noticias próximas, de los pueblos que rodean a la ciudad de Oaxaca: me entero que el 9 de este mes un grupo de hombres armados baleó a campesinos en Cuatro Venados, cuando éstos salieron a dar de comer a sus animales en aquella localidad distante a hora y media de la capital. La noticia corre en redes sociales ecologistas, un amigo poeta la compartió en su Facebook. Encuentro relación entre lectura y temas de la escritura, en los casos de los autores orientales y el hecho violento en una comunidad campesina que sufrió un asalto armado; las narraciones surgen de “no profesionales” de la escritura.

Encuentro que el “no profesional” puede nombrarlo todo mientras el autor profesional tiene que ajustarse a las formas que rigen en la comunidad de escritores –fama, prestigio, estilo definido. No leemos a los autores, consumimos un producto del mercado.

Me animo a escribir desde el “no profesional”.

Acordes de Sanbalilú –guitarra de madera, tres cuerdas- animan al viento, que vuelve a levantarse sobre la tierra roja.

Tengo la herramienta necesaria para elaborar un libro de cuentos, ¿cuál es? Un mazo de hojas escritas a máquina, ochenta páginas. Puedo acercarme a la mesa y leer, la herramienta hará el trabajo de narrar. No requiero de otra cosa más que de una mesa y silencio. Salgo a la cocina. Tardé cincuenta años en descubrir la herramienta para narrar; ahora cuento con ella, y deseo utilizarla.

Cada intento será un intento por saber qué es aquello que guarda en el corazón.

Antes de sentarme a leer me pregunto: ¿qué saldrá del trabajo?, no lo sé, ni me interesa saber, quizá un libro de cuentos; designar el producto no está en mi mano. Nada está en mi mano, salvo el mazo de hojas de donde parto para hacer la lectura. Con los años, considero que la voluntad del autollamado autor poco influye en las razones de las letras; las letras tienen alma. Con seguridad el producto del trabajo será un libro, resultado del trabajo con la herramienta. Y del silencio. Y de la luz del día.

Tal vez entre a ese resultado las voces que corren por el patio de una casa en San Martín, agencia municipal empobrecida; frente a la mesa se levantan las piedras antiguas, Monte Albán. Leo frente al monte que guarda las piedras antiguas, ruego porque Monte Albán derrame generosidad sobre la herramienta.

Tengo conmigo quizá otra herramienta, el torno que le dará forma a las palabras, la pandemia. Descubro que escribir en tiempos de enfermedad y muerte, temor al contagio, la “sana distancia” resulta una bendición. Agradezco, sé que cuento con el tiempo a favor de este trabajo. ¿A quién agradezco este hecho?, a las piedras, al viento.

Tengo entonces dos herramientas para hacer el trabajo; veo venir el tiempo de la labor, escucho la canción de Sanbalilú; “Veinte gente pobre”, que cantan en la fiesta de boda, cuando sacan a pasear en andas a la novia –música de guitarra de madera, de tres cuerdas, acompañadas por el violín, en los pueblos cercanos a Cuatro Venados.

El hombre no es dueño de la obra, ni de lo que llama “sus ideas”. Sólo puede ser dueño de las herramientas, y en eso en contadas ocasiones. La mayoría de las veces en que el hombre posee su herramienta, se acobarda y no cumple su trabajo; permanece el viento que carga todas las historias, flota sobre la tierra roja, los adobes. Corre el tiempo entre temores, creo que desde el inicio de los primeros tiempos (no poseemos nada, ni siquiera nuestro miedo).

Entra la tarde, suena el pregón de los panes: “pan horno de leña”; escucho música. Davis y Coltrane, en aquel concierto del 21 de marzo de 1960, en el Olympia Theatre de Paris (puedo escribir ladra el perro, pero el perro no ladra en la tarde; sólo zumban insaciables los zancudos, cada sonido escuchado trae noticias de aquello que cada persona guarda en el corazón).



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