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Diario de San Martín

Hasta que lo dejas ahí, ¿qué es lo que dejas ahí? El artificio. ¿Dónde estaría ese ahí? Resulta ser el baldío, el traspatio, el callejón oscuro, la cerca de palos con alambre de púas, la obra literaria. Pongamos por caso, un ayudante de cocina que lava la loza, junta manteles, los restos de cena; deposita por separado lo que se tenga que enviar a lavandería y lo que debe salir del espacio por la parte trasera, de servicio; al callejón oscuro, al bote de los desperdicios. Imagino ese momento supremo, el hombre frente a la elección.

– ¿De qué está hablando amigo?

– De la novela.

Resulta digo que quien friega pisos, el que ayude a que el servicio esté correctamente presentable, el que selecciona los materiales y deja arreglado el espacio para el día siguiente -el que no aparece como protagonista- es el que tiene en sus manos el final de la obra; quien, con su temple, un estado de ánimo determinado, logra que la cena vuelva a
estar puesta en la noche siguiente. Habla del que apaga la luz y cierra.

Porque de eso se trata el juego, de que exista la representación al día siguiente, más allá de flaquezas y desengaños.

– ¿Quiénes llegan a presidir la cena? ¿Los personajes?

– El espacio, la narración que elabora los personajes; críticos y autores lo conocen como ‘La Forma’.

Antes de los personajes, la luz, las velas, cierta música o el cuchicheo que se escucha como música de fondo; las copas de cristal, las limpias manos y la blanca sonrisa -los pulcros manteles- está el que mete las manos, arruga la cara, hace la chamba cuando los demás se marchan.

Lo imagino joven, lleno de sueños; lo veo viejo, plagado de desengaños. Para hacer el trabajo sucio cualquiera sirve, cualquiera, hasta el sepulturero.

– ¿De qué hablamos?

– Del que elabora la historia; escenario y personajes serán resultado de un trabajo previo, el trabajo de quien selecciona los materiales. Alguien tiene que llegar temprano al local para recibir carne y verduras, los vinos, las especies. Alguien, digo, tiene que no figurar para que el espacio dispuesto interactúe con el que mira y se imagina que está ahí, en la escena, el lector. Para que se elabore el diálogo que hace posible la literatura.

Alguien tiene que llegar temprano a recoger el tiradero que hicieron gatos y perros, policía y adictos en la madrugada en el maloliente callejón. Dejar libre la puerta. Alguien tiene que estar ahí para recibir la luz del día armado con la escoba y un recogedor, la bolsa de la basura. Y estar ahí con la voluntad dispuesta a volver a mancharse las manos entre los desperdicios.

– ¿Usted habla del puerco?

– Usted acierta, mejor no lo hubiera podido definir; mire usted, quien abre la puerta para recibir los materiales, quien tiene en la cabeza el espacio, cada sitio para cada asunto y guarda la disposición, el orden de los materiales, tiene mente de cerdo.

– Entiendo, una novela es una propuesta de orden, una intención de lectura.

– Eso.

Porque quien camina de noche, quien se levanta en la madrugada dispuesto a realizar su trabajo por encima de su propio sueño es el novelista; quien no tiene cabeza para otras cosas más que para los materiales que están por disponerse.

– Algunos escritores de renombre recomiendan dormir, soñar, levantarse con la novela en la cabeza; cohabitarla a todas horas.

– Estimado amigo, nos olvidamos que los novelistas mienten; tienen el mentir como requisito para el buen desempeño de su oficio, su desempeño profesional. Para escribir ficciones no será necesario obsesionarse con nada; sólo, quizá, tener oído, buen oído. O tal vez ni eso, no es necesario cargar un tono en la cabeza las veinticuatro horas del día (por ejemplo, no puedes tratar a tu hijo ‘irónicamente’). Tal vez lo único que se requiera para conjuntar los materiales sea el espacio vacío en el corazón.

– ¿Eso será la ficción’

– Acertó, “consideramos la ficción como el resultado de un proceso intencional”, dijo Reyes.

– Los escritores mienten, lo acaba usted de decir.

– Esto resultará incómodo, hasta doloroso, ¿está usted preparado para recibirlo?

– Acepto, venga.

– Dice Reyes: “Ficción verbal de una ficción mental. Ficción de ficción: esto es la literatura”. ¿Qué se puede entender por ficción? Si los sentidos nos aportan un impulso, añoranza en una tarde con lluvia, por ejemplo, y queremos llevar ese impulso de añoranza a la escritura realizamos una ¿traducción? El llamado “sentimiento” que dejamos en lenguaje escrito no es más que una traducción de aquello que no tiene presencia en el mundo real; no es que sea la añoranza puesta en el papel, no; en el papel están puestas las letras que simbolizan la añoranza. Ficción de ficción.

– Por partes, dijo Jack, ¿no hay un sentimiento verdadero en las letras?

– No lo hay; en las letras hay leyes de la gramática, una sintaxis que ordena los símbolos; sólo eso existe en la literatura. Esto es duro, anticipé la pregunta que si usted estaba preparado.

– Pienso en los poetas.

– Los poetas son los primeros deshonestos, plagiarios. Habitan la nación de bucles y caireles almibarados, rococó.

– Cuántas mujeres cayeron en sus brazos

– Las letras son responsables de lo que ocurre en una página; los seres humanos son responsables de lo que generan sus palabras, no hay que delegar responsabilidades a quien no tiene vela en el entierro.

– ¿Y los sentimientos?

– Los sentimientos son característica de la especie humana, no requieren de ninguna hermenéutica.

– Suena hueco.

– Las letras son el espacio vacío, la nada que intenta llenar el espacio de la nada; representaciones que se ordenan con manos sucias, por quien porta el mandil percudido.

– Como en un callejón lleno de gatos em brama; lo dijo Faulkner, “sobre sus cabezas el cielo repleto de estrellas”.

– Si lo permite, le explico: gasta el siglo XVI, en Inglaterra, sólo existían “las bellas letras”, ahí estaba incluido el periodismo y el teatro; no había el concepto de ‘literatura’, como siglos antes no existía el concepto de ‘poeta’, hasta Petrarca, que se inventó cuatro heterónimos.

– Habla usted como un maestro.

– Por favor, como alumno rezagado querrá usted decir.

– La novela depende de los materiales, su disposición.

– No; depende del destino de los materiales; volvamos al ejemplo del ayudante de cocina, si el pobre sujeto abatido de cansancio en horas de la madrugada confunde la bolsa de la carne buena, reutilizable con los desperdicios y mete a la congeladora la bolsa con la basura, al día siguiente perderá su empleo. Podría darse la equivocación, elegir y equivocarse es humano. En este destino fortuito ubico, en ese instante del destino de los materiales, está la
grandeza o la derrota de las obras literarias.

– Porque al día siguiente habrá quien juzgue el trabajo nocturno.

– “Lo que de noche se hace, de día se mira”. Habrá quien mire el resultado con ojos fieros, repletos de desconfianza.

– ¿De dónde aprendió el humano esta selección de los materiales?

– De los animales, del perro, los gatos, de la fauna próxima. La naturaleza opera por reducción, por elecciones; verde, maduro, sazón, podrido. La forma última es el resultado de una selección.

– Hace frío. Está duro en este enero.

– Pongo tres, ¿vamos con Tina?

Y así aquellos dos hombres se perdieron en la luz del día, metidos en su conversación sin final; de cosas que no existen, que están en la cabeza de dos o tres desmañanados. Las calles de San Martín estaban repletas de ruinas; el polvo necio voló de la esquina de la terminal Sertexa a la frutería que atiende antes de la secundaria 106, por un tramo impúdico, veinticinco metros de hoyancos, soledad y silencio.



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