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San Martín, al regreso

¡Nos enfrentamos a tantos misterios!

EZRA POUND, Writers at Work / The Paris Review Interviws

Ya viene la luna con su música de los mosquitos.

Pegada al muro aguarda la obediente guitarra prieta.

“Usted está aquí”, enfrente el papel arrugado con los trazos de un mapa, “usted está aquí”, la superficie lisa de la mesa, distingo la cara de algunos montes, “usted está aquí”, bien mirado en el filo de la izquierda aparecen letras chiquitas con el nombre de la calle donde vivo,  usted está aquí, “usted está aquí”, creo ver la representación de un océano, aprieto los párpados para distinguir mejor, afuera de la habitación se escuchaba el grito largo del vigilante, sobre el papel los mares parecen el mismo mar, “usted está aquí”, logro distinguir la rosa de los vientos, diminuta, la rosa náutica que guía las derrotas, “usted está aquí”, creo reconocer que entre los pliegues del papel arrugado se forma el contorno de mi país, su división política me recuerda el rostro de alguien amado, quizá el de mi padre, “usted está aquí”, quizá de mi madre, “usted está aquí”.

Ella regresó del baño, alcancé a ver su sombra en la ventana como en una película, fugaz y lento en mi memoria.

Por la mañana, en calzoncillos, me puse a preparar los huevos revueltos, recordé de pronto otra mañana de invierno mientras el gato asomaba por la ventana, oh. Los calzoncillos blancos, con bolitas azules. Canturrear un folk en el frío de la ciudad para espantar al Demonio y a sus elegantes amistades, sí. La calle larga con la guitarra prieta que conoció a mi padre, si. Andar en invierno buscando dónde pasar la noche como si nunca hubiera tenido amigos, entrar a un pleito de borrachera, perseguir entre grises edificios la cuenta por cobrar. Ganarse la vida, oh. Las empleadas del restaurante del camino gustan extraviar a los viajeros cuando se les piden información, si. No importa de dónde vienes. No importa dónde vas. Lo que importa es la belleza de las piernas de la señorita mesera en el frío del camino, si.

La madrugada adelanta al día, laboriosa como mosca de alas verdes.

El lunes por la mañana ella me acompañó a la frutería por las naranjas, de regreso a la habitación cargué la bolsa por las calles de San Martín, abiertas por la obra pública; el gobierno no se cansa de hacer dinero, no respeta ni las fiestas de Año Nuevo; el polvo sobre sus brazos, caminé junto a ella. Cuando salió la luna en la misma calle de escombro y polvo pude distinguir que el perro de la partera cruzó la esquina, distraído; una oreja en alto, la cola mocha –“usted está aquí”.



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