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La guadalupana

ERNESTO REYES/Arte en portada: GUILLERMO RITO

El 8 de diciembre es una fecha emblemática, pues se celebra en muchos hogares y pueblos a la Inmaculada Concepción de María, es decir a la virgen de Juquila. Hacia el santuario juquileño y, otro tanto, al templo de San Juan Chapultepec, hasta el año pasado peregrinaban miles– se calcula que más de dos millones de personas por año- a venerar la imagen y agradecerle favores solicitados, así como a cumplir mandas.

Asediada por cacicazgos ancestrales y una ingrata lucha por el Pedimento, Santa Catarina Juquila, debería tener mejor destino ahora que Oaxaca, con la Cuarta Transformación, comienza a recibir recompensas del progreso, gracias a los proyectos carreteros que unirán tanto al istmo como a la región de la costa. Habilitar un ramal que enlace a Juquila con la súper carretera, es una deuda pendiente, ahora del gobierno de López Obrador.

El día 12, en todo México, el fervor religioso crece a niveles inconmensurables, porque el culto a la Virgen María, en su advocación de Guadalupe, está enraizada en el imaginario popular, desde los tiempos de la Colonia. Pero contrario a las multitudes que atraía en su santuario, este fin de semana todo estuvo cerrado para evitar la propagación del virus.

No es un secreto que el guadalupanismo en México haya ido creciendo a lo largo de nuestra historia política y social, paralelo a la devoción que el pueblo mantiene a su favor, porque hay una extraña pero entendible razón por atribuirle poderes milagrosos. Por esto, como producto de la pandemia actual, que nos ha costado cientos y miles de vidas, ha sido difícil pero no imposible limitar los actos públicos, concentrados en la  Basílica de la Ciudad de México, pero también en las diócesis católicas, no tanto por los curas, párrocos, y demás representantes del clero, sino por quienes tienen la costumbre de repetir la veneración año con año.

Sin embargo, mantener la sana distancia y evitar el contacto cercano, es favorable a nuestra salud, por lo que no deberán existir pretextos para que en ciudades grandes, medianas y chicas, pero particularmente en los pueblos, el culto esté concentrado ahora en los hogares, donde las familias creyentes, por lo regular, poseen una imagen, y le tributan oraciones en la intimidad, con flores, velas, veladoras y arreglos en sus altares.

Así deberá ser, seguramente, a fin de que una vez superada la emergencia de salud, vacuna de por medio, que nos ha mantenido relativamente aislados, volvamos a las calles con menos temores, aunque las medidas preventivas no se vayan a terminar por mucho tiempo.

En nuestra historia política, la imagen de la Guadalupana, como bandera de la insurgencia, la llevaron a cuestas nuestros libertadores de la Independencia, Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón. No hay que olvidar que la organización clandestina y guerrillera que apoyó esta guerra se llamó Los Guadalupes; que durante el Primer Imperio, Agustín de Iturbide, creó la orden de la virgen; que el primer presidente se impuso el nombre de Guadalupe Victoria; que Antonio López de Santa Anna restauró la orden de Guadalupe, como también lo haría Maximiliano de Hasburgo, y que el mismo Benito Juárez, a quien la jerarquía católica imperialista detestaba, estuvo al tanto de que las Leyes de Reforma no dañaran el santuario del Tepeyac ni “el calendario emocional” de los mexicanos. Tampoco tocó sus bienes ni borró el 12 de diciembre como fiesta oficial.

El historiador Fausto Zerón Medina nos recuerda, que los liberales Guillermo Prieto e Ignacio Manuel Altamirano, además de solicitar amparo a la virgen, en plena guerra de Reforma y contra la Intervención extranjera, proclamaban igualdad ante ella como el último vínculo que nos unía “en los casos desesperados”, pues creían como Dante, producto de esta devoción, que ella siempre lograba, cuanto quería.

Así hemos empezado, con un sabor agridulce, las fechas emblemáticas de diciembre, que escalan el día 18 cuando se venera a la virgen de la Soledad; el 23, con la Noche de Rábanos y las calendas del 24, cuando culminan las Posadas, que tampoco serán posibles. Estamos obligados a evitar, con responsabilidad y respeto a la vida, la cadena de contagios. Ello no logrará, sin embargo, alejarnos nunca, de nuestros seres queridos, en este periodo especial, porque todas y todos nos queremos vivos y con salud.

@ernestoreyes14



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