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Hora de locos

Una por una

las nubes no se cansan

de ver la luna.

ALBERTO BLANCO / «Maternidad»

Danzan ligeras, azules algunas flamas hoy; aprende a cuidar las plantas del patio, a abrazar tu sombrero; en mi cabeza está Banchot, El libro que vendrá, ella dijo: Te quiero. Blanchot es grande: “…el amo habla, la palabra es mandamiento. El esclavo oye. Hablar, he aquí lo importante. El que no puede sino oír depende de la palabra y viene solamente en segundo lugar. Pero la audición, esa parte desheredada, subordinada y secundaria, se revela finalmente como el lugar del poder y el principio del verdadero dominio”.

En el cielo de zafir tronaron los cohetes que llaman a velorio, los Valles Centrales van de duelo; ella, al ver que él no prestaba atención, reviró: “Quisiera arrojar a tu cabeza las cosas que tengo en la mano, el pan, el reloj. La cartera, la dona de mis cabellos, la plancha, la estufa, la taza, la jarra del café. Las pastillas, los lentes, el poema”.

Ladran los perros, hay tardes que en San Martín los perros resultan el único signo de vida; tardes con amenaza de pandemia, certeras para practicar lecturas.

Blanchot el grande: “… es necesario rescatar en la obra literaria el lugar donde el lenguaje sigue siendo relación pura, ajena a cualquier dominio y a cualquier servidumbre, lenguaje que también habla a quien no habla para tener ni para poder, ni para saber ni para poseer, ni para convertirse en maestro y amaestrarse”.

Hay silencios hondos, profundos que se cargan en el pecho, en los sueños; hay tardes por Monte Albán en que una mariposa sobre la piedra pesa más que el silencio.

Ella dijo: “blablablablablablablablablablablablablablablablablabla”, él le dijo “te amo, loca de ira dime que me amas”; ella guardó silencio, en el pozo del silencio algo se interrumpió, ella no volvió al patio a recoger sus barbies que se quedaron bien desnudas enseñando todo.

Ya en la cena, café caliente con pan, ella dijo “eres mamón como mamones son tus amigos escritores y los que hacen el viejo escribir, letra amarillenta que existe tan vieja como vieja se encuentra la pinche sintaxis.”

Ella no quería citas de lecturas, pretendía diálogo cierto; él dijo “amo tu cabeza en la hora de los locos”, ella dijo “estoy triste y esta noche tú no remedias nada”; la luna salió alta por San Felipe, él contó la historia de los migrantes para ocupar con palabras un espacio en la enloquecida cabeza de ella; “los dos migrantes que se convierten en desempleados”, dijo; ella dijo: “tú no sabes contar, ¿por qué dices valle de lágrimas por tierra de lágrimas?”.

En la noche de los augurios volvió el silencio, que hace el clima para que arribe aquello de lo cual nada se sabe, el destino. Ella dijo, “quiero dormir” y acurrucó su cabeza en la almohada.

Resulta difícil callar, dejar el vicio de las palabras, desconocer la impertinencia del habla; ella se sumió en un pozo lleno de palabras, repleto de signos profundos, intraducibles, él dijo para nadie: “necesito aprender a abrazar mi sombrero, quiero aprender a cuidar las plantas, ¿me enseñas?”.



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