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Apaga la luz y cierra la puerta

Todo inicio será un recomienzo; debo aceptar que en las primeras horas del Año Nuevo el cerebro recurre a los lugares comunes del lenguaje, se desordena luego de la fiesta; debo reconocer, también, que el lugar común me permite mover los dedos para alcanzar las letras, ponerme activo en esta primera mañana del 2020.

El hecho de la escritura se reduce a esto: un baile donde el estilo se muestra en las caderas, pasos cortos, movimiento lento. Cadera y estilo, la forma literaria.

Comienzo, recomienzo.

Primeras horas del Año Nuevo, me levanto a escribir la colaboración, inicio con un recurso del lenguaje, el lugar común que será como comenzar desde el lenguaje escrito mismo: todo ya está dicho, fijado en la forma repetida que se utiliza para fijar la expresión.

Antes de mí escribieron este tema del inicio de año otros, desde ahí parto, desde lo que ya fue escrito en fechas antiguas.

La forma repetida busca hacer compañía; acercarse al posible lector, que lo habrá, me digo, porque por ahí habrá gente que no sólo tenga puesta la cabeza en la fiesta, alguien que busque las letras para quitarse de la cabeza una pena, un tormento, un tiempo duro de pasar. 

 Leer es estar solo, dice Piglia.

Primeros instantes del Año Nuevo, se puede palpar la soledad, todos duermen, se puede tocar el silencio en el aire donde flota el olor a pólvora de los cohetes, el olor de la fiesta.

Nos guiamos por los sentidos, el olor de la alegría en nuestra infancia está en el humo, la pólvora de los cohetes.

En mi cabeza resuena la frase de Piglia, “leer es estar solo”.

La soledad pesa al inicio del año, se hunde en la piel como embarcación ligera, navega sobre procelosas aguas, el cuerpo mismo, espacio de las tormentas. Por un instante perturba la mentada soledad, aunque los sentidos se reordenan al instante siguiente con imágenes de la fiesta.

Quien escribe busca establecer el ciclo de la comunicación, ser visto, interactuar con otro humano a partir de signos, ideas, pensamientos que se expresan en la escritura; en otras palabras, quien escribe es un bailarín que se atreve a iniciar el baile, romper la pista.

Leer es estar solo, dice Piglia, aseveración dura ésta, pero real. ¿Quién busca estar solo? El que escribe; el que lee.

El ritmo de la música cambia, los pasos en la pista exigen precisión, una actitud echada para adelante al bailarín.

Y el escritor bailarín no se arredra, acomete con pasos precisos una bachata, adelanta un paso: será necesario estar solo para sentirse acompañado. Otro lugar común, esto ya lo dijeron otros, antes, pero resulta efectivo para dar el saque, avanzar unos metros con el cuerpo entumido de calambres, bailar sin que nadie note la rigidez de la pierna izquierda.

La música, las letras, forman la atmósfera, ya andaré por los mil 600 caracteres con espacio, ya esta columna y su lectura se hará larga.

Por la extensión vendrá el regaño de las editoras, los ángeles de la guarda.

Enfilaré el final: Mañana de Año Nuevo frente a una taza de avena, la casa en silencio, sol sobre las silenciosas calles de la ciudad.

Sí, será necesario acudir al lugar común en estas primeras horas del 2020 para desearte, querido lector, un Feliz Año Nuevo, que la dicha anide en tu corazón, tu hogar; que la tristeza esté lejos, muy lejos de la puerta de tu casa.

Abrazo grande.  




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