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Diario de Tehuantepec

En el libro encontré reconciliación, paz para la violencia que padecía, perdí a mi padre a los nueve años de edad, no encontraba sosiego; en Tehuantepec, mi pueblo, la gente se encerraba pasadas las ocho de la noche, cuando dejaba de transmitir su señal la XEKZ, estación de radio local, a esa hora me llenaba de ira, soledad, violencia contra los míos y contra la gente que me quería y que yo quería, así cada noche; era un huérfano, no encontraba paz, en  mi cabeza hervían imágenes, en el libro encontré la reconciliación.

En aquellos años, década de los stentas, nada sabíamos del país de huérfanos por el crimen en que se convertiría nuestra nación, sólo era un huérfano más entre la gente pobre, indígena, marginada en una entidad marginada.

Mi madre dijo: estudia, eso te ayudará en la vida; pero era un necio metido en pendencias, un inconforme más, huérfano de mí mismo.

En el Día nacional del Libro quiero contar esta historia: En los libros encontré mi destino, un camino para hacer mi tiempo, un sitio seguro del cual salir y volver, el lugar que me aguarda y me recibe en cualquier condición en la que me encuentre.

El libro ofrece un espacio para quien lo frecuenta, una relación fraterna, de viejos conocidos; en aquellos años en el Istmo de Tehuantepec no existían espacios de progreso, los jóvenes tenían oficios que heredaban de sus mayores: músico, campesino, comerciante; la vida ocurría de celebración en celebración, borrachera tras borrachera. En mi corazón estaba la violencia, el encono, no quería cargar ese sentimiento, pero el sentimiento doloroso no se movía ni un centímetro en mi pecho.

En la secundaria, en Salina Cruz –Escuela Técnica Pesquera #20-, frente al mar embravecido de Playa Abierta, seguía la ruta del desesperado, le sumé alcohol, me convertí en un niño alcohólico, ingobernable.

Un profesor me dijo: lee, te ayudará a desplazar tu violencia; nadie aprende en cabeza ajena, perdí la vergüenza, fueron frecuentes mis borracheras, llegué y salí de la cárcel, volvía a entrar, nada me contenía y nada me ofrecía la oportunidad de componer el desastre que dejaba a mi paso, estaba orgulloso de ser violento.

Me hice huraño.

El libro me quitó lo soberbio, pude mirar más allá de mis enconados sentimientos, buscar el aire, la libertad.

Porque quien pelea quiere ser visto, quien lleva su vida violenta quiere ser escuchado porque no se siente libre.

Y aquí entra el libro: un espacio de silencio donde puedes escuchar tu propia voz, hablar de los asuntos que te inquietan, contigo y con las letras; decir tu dolor, las páginas impresas son las mejores confidentes.

Eso es el libro: el espacio del diálogo contigo mismo, forma el tiempo para ti.

Hice carrera como alcohólico.

Salí adelante, tuve horas de dicha y alegría –el violento es triste, no se logra integrar a ningún grupo, ninguna comunidad lo recibe, el violento está solo y eso le genera más ira, violencia sin tregua.

Al paso de los años cambié la vida, ya no bebo; busco integrarme, dejar atrás la soberbia.

El tiempo aquel cuando descubrí el libro permanece, lo requiero. Y ahí está.

Los tiempos para el país, la región, nuestra entidad no mejoran: como en mi adolescencia el libro funciona para hacer el sitio de la paz, la tranquilidad. Puedo llegar a las comunidades, los municipios y transmitir mi experiencia como lector: pude estar muerto, pero estoy vivo, pequeña gran diferencia, nunca me separo de la lectura, el libro.

¿Y mientras tanto, qué pasa en México? Considero que habitamos el tiempo del resentimiento, la protesta: echamos la culpa al gobierno de nuestros males, las carencias que nos agobian.  Y no está mal salir a gritar, tomar la calle, armar el hecho de la protesta, nadie tiene duda de eso; lo que estará mal será no saber por qué lo hacemos.

El libro nos ofrece información, conocimiento sobre nosotros mismos y del futuro, de las cosas que haremos.

Nadie llegará a tener más información de nosotros que una página de un libro.

En un tiempo fueron los libros sagrados.

La lectura guarda el orden lógico de las palabras, si frecuentamos esta práctica nuestro cerebro se hará a esa forma y la repetirá en los actos cotidianos: el orden lógico, tendremos preguntas, buscaremos respuestas, mantendremos nuestras acciones informados.

Será importante saber para qué se hacen las cosas, en el libro se encuentra el para qué de nuestros hechos porque las palabras hacen el pensamiento.

No habrá tiempo, ni dirigente político, ni políticos que nos gobiernen.

Leer es el mayor acto de rebeldía que puede realizar el ser humano, porque cambia el futuro; se sabrá el porqué de sus actos, de su tiempo, de sus sueños.

Porque el libro habla con nuestros sueños, nuestros anhelos, ocupa el lugar que ninguna autoridad, gobierno, sistema puede ocupar: las palabras.

Estamos hechos de historias, la vida misma es una larga sucesión de historias; y las historias están hechas de palabras.

El ser humano es un animal que habla, se comunica, retiene imágenes mentales con las que hace referencia para expresar anhelos, miedos, deseos al momento de hablar. Toda la vida es una representación mental

¿Y dónde encontrar las palabras necesarias para hacer la vida? ¿Quién sabe cuáles son mis miedos, mis temores, mis alegrías? Las palabras.

Y ahí tenemos al libro, que contiene todas las palabras y nos las ofrece como un viejo amigo entrega su mano solidaria más allá del tiempo y las circunstancias.

Esta es la historia quería contar.

El libro cambió mi vida, me alejó del espacio de la soledad, pude comunicarme con muchas más personas porque con las palabras supe lo que quería.

El sitio violento se forma cuando la gente no sabe lo que quiere.

Así de sencillo, quien tiene las palabras tiene el tiempo, las horas; sus sueños.

¿Se atreverá usted lector a ser el dueño de sus horas? No lo sé, yo sólo me levanté a escribir con muchas palabras una historia que tenía clavada desde el pasado.




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