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CInéfago*: El ombligo de Guie’dani

     Deje todo y corra a verla

A Guie’dani (Sótera Cruz) le cuesta trabajo dejar el lugar donde nació y creció, en donde está enterrado su ombligo. Xavi Sala nos muestra con un plano secuencia inicial cómo la adolescente trata de prolongar esta despedida lo más posible, y ante la impotencia de no poder quedarse, opta por llevarse consigo “un puño de tierra”.

La forma de viajar de Lidia (su madre) y Guie’dani denota su situación económica: llevan comida para no gastar en el camino y llegan a la terminal Tapo en un autobús que no es ni ADO ni OCC. En pocas escenas el contraste entre la vida rural de Oaxaca (donde se irriga el campo) y la citadina de la Ciudad de México es evidente: Lidia batalla con el español que apenas puede deletrear al pedir un taxi, ya a bordo las noticias que oye el conductor hablan de violencia, inseguridad y corrupción en niveles tan escandalosos como absurdos.

Cuando Lidia recibe instrucciones de su ahora patrona, la señora Valentina, mientras le muestra la casa, le dice que la cocina será su “cuartel general”, un espacio de refugio o campo de batalla para Guie’dani, escenario de interacciones amables, condescendientes o ríspidas con su madre y el resto de la familia que las empleó. Mientras para la señora Valentina su casa es un recinto de tranquilidad, orden y confianza ante un mundo exterior conflictivo, y para Lidia una fuente de empleo y trato digno, para Guie’dani es una especie de prisión en la que se siente discriminada, pues aunque se les considerará “de la familia”, el hecho de que se les pida que no hablen en su lengua o que duerman en un espacio separadas es un recordatorio de su posición social dentro de la casa. Así, no será extraño que Guie’dani encuentre en el exterior una posibilidad de amistad liberadora.

La separación simbólica y el contraste social entre empleada y empleadores se percibe cuando Guie’dani, quien proviene de un lugar con escasos o nulos servicios básicos, al no estar familiarizada con el uso de la regadera opta por usar una jícara para bañarse. O cuando la señora Valentina pide algo más light para desayunar y ante la poca familiaridad de Lidia con este término o con los electrodomésticos, le explica qué significa y cómo funciona una cafetera para que no haga café en la estufa; o para que ella no barra todo el tiempo, también le muestra un robot que barre pero que “a veces necesita ayuda”, algo que, aunque bienintencionado y moderno, hace sentir demeritado y anacrónico el método de trabajo de Lidia. Esta separación simbólica se refuerza cuando se les indica que hay un juego de cubiertos para ellas en el segundo cajón de la alacena al notar que Lidia y Guie’dani sólo comen con tortillas en lugar de usar cuchillo y tenedor.

La familia de la señora Valentina es partícipe de esta separación simbólica al comunicarse en inglés cuando no quieren que ni Lidia ni Guie’dani sepan de lo que hablansobre todo cuando hablan de algún conflicto familiar (consumo de mariguana) o cuando se trata del sueldo de Lidia acerca de si es justo o no lo que gana ($2,300.00 pesos a la semana); pues para David, el padre de familia, esto es más de lo que gana un profesionista hoy en día, pero para Andrés, el hijo adolescente, le parece algo denigrante al mismo tiempo que pregunta si Lidia cuenta con seguro social, más en un intento de molestar a sus padres que por un genuino interés; lo que pone en evidencia el sistema económico actual de subempleo, y en perspectiva el valor que se le da al trabajo físico en comparación con el intelectual en función del mito de que “a las trabajadoras domésticas les va ‘muy bien’; trabajan unas cuantas horas y hasta ganan más que una”.

La desvalorización del trabajo doméstico es parte de la discriminación social que han sufrido a lo largo de la historia las trabajadoras domésticas, lo que propicia una tendencia a crear mitos en torno a ellas en vez de querer comprender su situación. En la escena en la que Guie’dani se asoma a la sala donde conviven la señora Valentina y su familia, escucha cómo hablan despectiva y burlonamente de su “dialecto” y de “su pinche jeta” (como si estuviera obligada a sonreír). Sobre el asunto del “dialecto”, el señor David será más pragmático al contratar por algunas horas a un maestro particular para Guie’dani con el argumento de que el español la vuelve menos vulnerable en esta ciudad tan peligrosa, un acto que se torna más como una evidencia de colonización cuando el profesor de Español descalifica la ortografía de Guie’dani señalando que es un vicio heredado de su lengua (el zapoteco).

El idioma entonces es presentado como un instrumento de poder, pues mientras la señora Valentina se dirige a Lidia por su nombre o con la palabra “mujer” en vez del distante “muchacha” o “tú”, y trata de hacerla sentir más incluida al pedirle que se dirija a ella como Valentina sin el prefijo señora, para Guie’dani su lengua ya no sólo será un signo de identidad personal sino también de insubordinación social, pues incluso su madre le pide estudiar (castellanizarse) para que los patrones no se enojen, cuando para Guie’dani son su lengua y cultura lo que la ha dotado de una identidad propia frente los demás.

Este intento de “colonización” sobre Guie’dani y su madre también es evidente cuando Valentina les regala ropa que ya no ocupa y que ellas pueden usar para “modernizar su closet”, demeritando con ello su forma de vestir e imponiendo un concepto de moda occidental, algo que Lidia parece asumir por conveniencia sin recatos mientras que Guie’dani lo toma como una afrenta más contra su espacio personal: el cuerpo. Es por eso que Guie’dani encuentra en Claudia, la hija de otra trabajadora doméstica de una casa vecina, la válvula de escape y de resistencia para desobedecer a su madre y a los patrones, volviéndola no sólo una amiga y cómplice, sino también un receptáculo del zapoteco al enseñarle algunas expresiones básicas (y no necesariamente la más pulcras); pues la lengua para Guie’dani es algo que la dota de personalidad y, al compartirlatambién comparte una forma de ver el mundo y una posición frente a él.

La otra resistencia de Guie’dani es irrumpir el espacio físico, ya sea cuando mete la mano en la pecera (“son peces muy especiales”) o cuando se recuesta en el pasto del patio a disfrutar de la brisa y la luna, o al hacer uso sin permiso del trampolín de la casa junto con su amiga Claudia, acto que pone en un predicamento escalonado a Lidia ante Valentina, y a Valentina frente a su madre, quien le reprocha que “no la entrenó bien” y quien antes de tratar de conocer a Lidia cuestiona su altura: “pareces del Norte”, le dice, según la creencia de que todas las mujeres indígenas deben ser de complexión pequeña.

La secuencia de la celebración de Navidad da una pequeña tregua a las fricciones entre los patrones y Guie’dani, pero sin dejar de ser un momento en el que los primeros se hagan ver bondadosos con Guie’dani y su madre, quienes a pesar de recibir regalos y compartir un momento de celebración con la familia de los señores, extrañan los cuetes, la música y quemar el año viejo. Lidia está resignada a ya no volver pero Guie’dani se inquieta por querer regresar, pues le queda claro que ella no aspira a la vida que tienen los empleadores de su madre, a congeniar con ellos (“Adriana es asquerosa, sólo me dirige la palabra cuando necesita algo”), ni a vivir en una ciudad que le insiste en desapropiarse su lengua.

Es cuando Guie’dani, con la casa completamente sola para ella, decide subvertir toda esa separación simbólica y social de la que ha sido objeto profanando cada uno los espacios físicos y reglas subyacentes que rigen la vivienda: hurga en los clósets, escupe en un vestido de Valentina, parodia la forma de hablar del señor Carlos, usa la tina de baño y la cama para sí sola, invita a Claudia y rayonean un póster del cuarto de Adriana, Guie’dani toma directo de la botella de leche, usan los cubiertos de plata, descubren el sabor del vino y el cigarro, y ambas deciden no abrir la puerta ante un timbre que toca insistente, mientras ven en la televisión la película Juan de los muertos (símbolo de resistencia contra el alineamiento), para finalmente inundar la casa con música zapoteca a todo volumen del grupo Guendanabani Bruma Band y quemar en medio del patio un año viejo.

Gue’dani no se arrepentirá de nada sino al contrario, lo describirá como el día más feliz de su vida, y aun asumiendo las consecuencias de su comportamiento y lo complejo de su movilidad social ante la señora Valeria y el señor David, le dirá a su madre: “No quiero ser una esclava como tú”, pues aunque sabe que quizá su madre no tiene otra opción, Gue’dani considera que su ombligo está lejos y anhela regresar a él, o al menos estar en cualquier sitio donde su cultura y su lengua estén fuera del estigma y los prejuicios, y al igual que la docu-ficción de la película misma, puedan ser parte de una realidad compleja pero también diversa.

*Cinefágo: El que tiene el hábito de comer y devorar cine.

#SeValeLaGula




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