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La visita del Cuarteto Ruvalcaba

CARLOS SPÍNDOLA PÉREZ GUERRERO

OAXACA, Oax. (sucedióenoaxaca.com).- Uno de los atractivos y placeres más gratos de la ciudad de Oaxaca es asistir a los conciertos nocturnos que organiza la Fonoteca Juan León Mariscal, bajo la dirección de Ricardo Rodys, en el Centro Cultural San Pablo.

El trabajo que ahí se realiza es digno de todo encomio, al ofertarse un promedio de tres conciertos a la semana, sumando a ello sesiones de escucha que permiten al público asiduo a las actividades de la Fonoteca, apreciar de mejor manera la música y participar de la cultura del sonido, tan necesaria en tiempos donde es el ruido lo que impera a todos los niveles.

Precisamente en este recinto, se presentó el pasado miércoles 25 de septiembre el Cuarteto de Cuerdas Ruvalcaba, fundado en el año 2017, que toma el nombre de un violinista mexicano excepcional, Higinio Ruvalcaba (quien fuera concertino en la Sinfónica de México en la época de Carlos Chávez y, a su vez, primer violín de Cuarteto Lehner, cuya importancia es sumaria en la historia de este tipo de formación camerística).

Los integrantes de Cuarteto Ruvalcaba (Fernando Vizcayno, violín I; Alejandro Serna, violín II ; Mauricio Alvarado, viola y Rodolfo Jiménez, violonchelo), todos ellos egresados de las mejores escuelas de México y del exterior, además de incluir a ensambles de primera línea entre los que podemos citar al Trío Maisky, al Cuarteto Latinoamericano, al Ensamble Curtis o al Penderecki String Quartet, en su formación especializada.

El concierto inició con el Cuarteto de Cuerdas número 19 en do mayor,  Catálogo Köchel (KV) 465, mejor conocido como Disonante. Este Cuarteto tiene la peculiaridad que tiene un comienzo muy serio y sombrío, derivado de algo que en música se conoce como ambigüedad tonal, es decir que las notas parecen estar ahí, flotando, sin llegar a resolver su propia lógica, generando en el escucha un estado de ansiedad (el nombre de Disonante le viene, precisamente, de la perplejidad que generó en su estreno).

Mozart hizo esto adrede no solo para atrapar la atención del público, sino señalar caminos nuevos al arte sonoro (este recurso lo repitió de nuevo, por ejemplo, en el Adagio y Fuga en do menor KV 546, también para cuarteto de cuerdas y compuesto en 1788).

Adicionalmente, este Cuarteto es el sexto de toda una serie dedicada a Franz Joseph Haydn (seis en total) y tiene como fecha de composición enero de 1785.

Desde el principio, el Cuarteto Ruvalcaba tomó el control de cada compás. Por ejemplo, en el primer movimiento, luego del Adagio introductorio, la música cambia de modo radical pasando a un Allegro de pleno optimismo. Después de la ambigüedad inicial, la música adquiere su tonalidad, en este caso la de do mayor. En ritmo de ¾, el violoncello sujeta la dinámica atmósfera con un sextillo, reforzado con un motivo en crescendo de la viola; el violín segundo emite una frase completa en su registro grave y el primer violín exalta una melodía de inconmensurable nobleza. Todo ello, marca la partitura, pasando del piano (volumen bajo y delicado) a forte (volumen moderadamente alto) en cuestión de 4 compases, regresando al piano y volviendo al forte en lo sucesivo.

La música de este primer movimiento deambula plácidamente en dichosa ventura. ¿Se logró tal efecto en la ejecución? En todo su esplendor. El fraseo que posee el Cuarteto Ruvalcaba, su musicalidad, el comprender el carácter de cada obra, los matices y adornos que trabajan son admirables, solo hay que oír la forma en que abordaron la stretta y coda final del primer movimiento del Cuarteto Disonante, con ese trinado y eufórico final, para darse cuenta del nivel que en tan poco tiempo han adquirido estos músicos. En los siguientes tres movimientos el estilo mozartiano, con esa gracia y elegancia propias, fluyó de las manos de nuestros instrumentistas.

Puedo resaltar la versión del Cuarteto Ruvalcaba del trío en do menor del tercer movimiento, con esa oscuridad que será característica del Mozart maduro y la exultante alegría del Allegro Molto final.

El Cuarteto para cuerdas, número 14, en re menor Deutsch (D.) 810, de Franz Schubert es uno de los grandes retos para todo cuarteto. Su monumentalidad, su fuerza y su coherencia interna como composición suponen un trabajo de bastante tiempo para ser asimilado y tener derecho a presentarse en público, a riesgo de ser el más estrepitoso de los fracasos si se hace incorrectamente. Compuesto en 1824 toma su nombre de un Lied del propio Schubert, facturado previamente en 1817, con texto de Matthias Claudius y que aparece de forma instrumental como motivo en el segundo movimiento del cuarteto.

¿Es la muerte ese ente terrible que prolonga nuestro sufrimiento en otra etapa? O es ese tránsito sereno hacia algo mejor. El Lied trata precisamente de eso, del diálogo entre una persona joven con la muerte (o el sujeto llamado muerte, en masculino, como es en realidad en alemán), de la desesperación ante una propuesta sabia. Schubert lleva eso de tres minutos que dura el Lied a casi cuarenta minutos que se prolonga en el Cuarteto.

La madurez que presentó el Cuarteto Ruvalcaba ante tan imponente obra no debe pasar desapercibida. Por ejemplo, cada variación del segundo movimiento (Andante con Moto) se trabajó con todo rigor y los demás movimientos rápidos se ejecutaron con sobriedad, evitando caer en excesos interpretativos que pueden desviar la atención de lo que Schubert nos plantea. Solo hay que recordar su ejecución de los pasajes en staccato y sforzando del tercer movimiento (Scherzo-Allegro Molto) o la fiereza de los movimientos extremos (Allegro como primer movimiento y presto como último).

Tras el respeto y deferencia del público, el Cuarteto Ruvalcaba interpretó un arreglo de boleros mexicanos, en versión del viola del Cuarteto Latinoamericano, Javier Montiel. Cerrando así, en pleno mes patrio, la segunda visita a Oaxaca de un ensamble que va a seguir siendo nota en el ambiente musical por su profesionalismo y compromiso real con el arte sonoro.   




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